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Paso de la laguna Estigia, El
[Patinir]
1519-1524, óleo sobre tabla, 64 x 103
cm [P1616].
Considerada como una de las obras
maestras de Patinir, corresponde al
último periodo del maestro en que
alcanza gran fama, no solo por la
brillantez de ejecución sino por su
creatividad. Perteneciente a las
colecciones de Felipe II, el
inventario del Alcázar de Madrid
(1636-1666, vol. II) la recoge con el
n.º 2814 «en la pieça en que duerme
su majestad en el cuarto bajo de
verano». Salvada por fortuna del
incendio del Alcázar en 1734 y
atribuida todavía en 1799 en los
inventarios del Buen Retiro a El
Bosco, pasa finalmente al Museo del
Prado. Felipe II pudo descubrir y
sentirse atraído por la obra de
Patinir entre 1549 y 1551 cuando,
siendo todavía príncipe heredero,
visita los Países Bajos. Al
terminarse el monasterio de El
Escorial en 1584 figuran, entre los
setenta y siete cuadros
inventariados, cinco obras maestras
de Patinir: El descanso en la
Huida a Egipto, Paisaje con san
Jerónimo, El paso de la laguna
Estigia, Las tentaciones de
san Antonio y San
Cristóbal. Las cuatro primeras
pasan al Prado mientras la última
permanece en El Escorial. Todas ellas
constituyen la colección más
importante de la obra de Patinir. El
pintor se muestra en esta obra como
un excelente paisajista. El paisaje,
que a lo largo de la pintura flamenca
había ido cobrando importancia hasta
ser revalorizado de forma especial
por Gérard David, alcanza su punto
más alto en Patinir. Le concede un
carácter casi de género
independiente, con una original
utilización del color, desplazando la
importancia del tema principal.
Consigue así un paisaje panorámico
que fue precedente del utilizado por
los pintores flamencos de los siglos
XVI y XVII. El tipo de paisaje que
vemos en la obra supone pues una
novedad frente a los utilizados en su
tiempo. Aunque el horizonte alto se
mantiene, como en los primitivos
flamencos, presenta un corte radical
que permite observar la curvatura de
la tierra en el horizonte otorgando
una visión en perspectiva, sin duda
en relación con las nuevas teorías de
la esfericidad de la tierra. El
artista aborda en la tabla una de las
grandes preocupaciones del hombre en
todos los tiempos: la muerte y su
destino final. La escena, presidida
por Caronte con el alma del hombre,
representa la metáfora de la elección
de los caminos a través de la vida.
De un lado vemos la laguna Estigia
que según la mitología clásica era
uno de los ríos infernales griegos,
situado entre los Campos Elíseos y el
Tártaro y constituía los dominios de
Caronte. Por ella, Caronte con su
barca cruzaba las almas al reino de
los muertos tras el pago de una
moneda, que era preciso colocar en la
boca del fallecido. Pero, por otra
parte, el artista va más allá en esta
escena y, con sorprendente habilidad,
conjuga conceptos de la mitología
greco-latina con el pensamiento
cristiano medieval presente en la
representación del Paraíso en el que
el ángel señala el buen camino,
mientras el Infierno y sus castigos
aparecen en el lado opuesto. Es, por
tanto, el momento en que el hombre, a
lo largo de la vida y especialmente
en el momento de morir, ha de elegir
entre el camino del bien, siempre
difícil, y el del mal, fácil y
placentero. En cierta manera se
puede interpretar como el memento
mori tan arraigado en el mundo
medieval, que introduce un mensaje de
carácter moralizante. En este
sentido, algunos autores han creído
ver en la representación una relación
con el ars moriendi medieval
tardío que reflejaba cómo el estado
de ánimo a la hora de la muerte
determinaba el futuro en la otra
vida. Fuera de este simbolismo
religioso, estamos ante una obra de
ejecución perfecta, en la que junto a
la audacia técnica hemos de ver un
valor estético. Con excepcionales
efectos atmosféricos y una original
utilización del color, despliega una
nueva concepción del paisaje en el
que incorpora multitud de elementos
fantásticos, que nos hablan de una
imaginación próxima a El Bosco. Llama
la atención en el centro de la
composición el ancho río que, desde
el primer término hasta el horizonte,
divide verticalmente el paisaje en
dos zonas contrapuestas: a la
izquierda, los Campos Elíseos y a la
derecha, el Averno. En el centro, en
el eje de la composición, en las
azuladas aguas que separan el Paraíso
del Infierno, destaca la figura del
barquero (Caronte), semidesnudo, con
el cabello en desorden y barba
descuidada, que dirige la pequeña
embarcación en la que, a sus pies,
aparece una figura diminuta desnuda,
que representa el alma del difunto.
Caronte guía al alma hasta el punto
en que ésta ha de elegir entre los
dos caminos. La posición de la figura
indica claramente haberse decidido
por el Averno. A la izquierda del
canal se abre un río que, de forma
sinuosa, corre entre las rocas a
través de un paisaje boscoso en el
que al fondo se percibe una
construcción fantástica, a modo de
fuente globular de cristal, para
perderse entre las colinas del último
término. El camino difícil que
conduce hacia el Paraíso se expresa
no solo por los accidentes del
terreno sino a través del simbolismo
religioso que se deduce de la
representación del gladiolo, el
nenúfar o el coral de la orilla, que
hacen alusión a la Pasión y muerte de
Cristo, cuyo sufrimiento debe ser
imitado por el hombre para lograr la
Salvación. Su profunda emoción ante
la naturaleza se percibe en el
carácter naturalista y el preciosismo
con que ejecuta los animales, los
árboles frutales y la vegetación, que
permite casi la identificación de las
especies. Estamos ante una
representación del Paraíso terrenal
con la Fuente de la Vida, los ángeles
y almas que vagan por el jardín.
Motivos que parecen inspirados en
textos visionarios medievales
(visiones de Tundal y de san
Patricio), en las que las almas son
conducidas por los ángeles. La Fuente
de la Vida, con los cuatro ríos,
responde a las descripciones bíblicas
del jardín del Edén en el Génesis y
en san Juan. La ciudad del último
término es, pues, una alusión a la
Jerusalén celestial, destino final de
los elegidos. En la orilla derecha,
el camino fácil está representado en
una cala que lleva a las orillas
fértiles y verdes de la tierra,
poblada con las mismas especies de
árboles frutales que el huerto del
Paraíso. En el primer recodo el canal
desaparece a las puertas del Infierno
custodiado por el monstruo de tres
cabezas, el Cancerbero, perro
guardián del Averno. Hacia el fondo
se desarrolla un impresionante
paisaje iluminado por el resplandor
del fuego en el que se perciben seres
monstruosos y se desarrollan los
castigos. En esta zona es de señalar
también la construcción fortificada a
modo de torre circular, que presenta
igualmente conexiones con El Bosco.
El cuadro es, pues, una compilación
de motivos de diferentes tradiciones
iconográficas. Patinir, manteniéndose
fiel a las representaciones de los
juicios particulares y finales de la
pintura flamenca, representa el
momento en que el alma toma la
decisión que determinará su salvación
o condena. Según el pensamiento
medieval, el hombre con su libertad
debía elegir entre la vida virtuosa o
la pecaminosa. En último término
podemos ver en el programa
desarrollado por Patinir el concepto
bíblico del «Camino», descrito por
san Mateo, 7, 13-14: «Entrad por la
puerta estrecha, porque ancha es la
puerta y espaciosa la senda que lleva
a la perdición y son muchos los que
por ella entran... ¡qué estrecha es
la puerta y qué angosta la senda que
lleva a la vida, y cuán pocos los que
dan con ella!». Patinir fundiendo
pues metáforas bíblicas y clásicas
consigue dar a la obra un sentido
moralizante y escatológico. Mezclando
lo real y lo simbólico, ofrece una
imagen de meditación que parece
anunciar al espectador para que se
prepare para la hora de la muerte y
siga el verdadero camino. Pero al
margen de este simbolismo religioso,
el óleo, de ejecución perfecta, se
convierte en una pieza maestra en el
tratamiento del tema mitológico en el
que la luz, la prodigiosa gama
cromática y la atmósfera anticipan
las obras holandesas del siglo xvii.
Mª Ángeles Blanca Piquero López
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