En la producción de Bacon a mediados de los años cincuenta se adivina una sensación de temor que impregna la brutalidad de la vida cotidiana. No es un mero resultado de las zozobras de la Guerra Fría; parece reflejar una conciencia de amenaza a nivel personal, fruto de su caótica relación con Peter Lacy, un hombre proclive a la borrachera violenta, y las presiones externas que engendraba la persistente condición de delito de la homosexualidad. La serie Hombre en azul concentra esa atmósfera en la figura de un hombre anónimo de traje oscuro al que se muestra solo, sentado a una mesa o mostrador de bar sobre un fondo azul casi negro. Dentro de sus sencillos marcos pintados, esos personajes en posturas incómodas parecen patéticamente aislados.

El interés de Bacon por las situaciones en las que lo banal coexiste con un malestar agudo se evidencia también en otras obras de la misma época. Sus Papas pasan de ser figuras de autoridad angustiadas a adquirir atributos malignos y deformaciones físicas que tienen un eco directo en las pinturas de animales cuya actividad es a la vez siniestra y rastrera. Algunas de esas imágenes proceden de un atento examen de las fotografías secuenciales de animales y personas tomadas por Eadweard Muybridge (1830-1904), de las que Bacon afirmó que constituían “un diccionario” del cuerpo en movimiento.

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