Entre 1956 y 1961 Bacon viajó mucho, pasando temporadas en lugares alejados del mundo del arte: Mónaco, el sur de Francia y África, particularmente con Peter Lacy en la comunidad de expatriados de Tánger. En ese contexto un tanto nómada ensayó nuevos modos de ejecución, pasando a una pasta más espesa aplicada con violencia y un colorido intenso que denota su encuentro con la luz del norte de África. El caso más extremo sería la serie basada en un autorretrato de Van Gogh, El pintor en la carretera de Tarascón (1888, destruido). A pesar del aplauso inicial, las obras de Bacon sobre Van Gogh fueron pronto criticadas por su “energía irreflexiva” y vistas como una aberración. Ahora se comprende, sin embargo, que fueron determinantes para su evolución posterior, a la vez que permiten asomarse a su búsqueda de otras técnicas. Sus innovaciones eran quizá una respuesta al expresionismo abstracto americano, que públicamente rechazaba. Aunque finalmente retomase un enfoque más controlado de la pintura, la introducción en esta época del azar y de una paleta vibrante dejó huellas duraderas en su carrera.

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