Final
Cuando en 1979 Bacon cumplió setenta años, tenía por delante más de una década de actividad. Ni el legendario hedonismo de su estilo de vida ni sus pautas de trabajo parecían envejecerle, pero continuamente se le hacía presente la mortalidad en la muerte de sus amigos. Esa confrontación inexorable, aunque compañeros jóvenes como John Edwards la mitigaran, fue el gran tema de su estilo tardío. Siempre estimulado por nuevas fuentes y materiales –como la poesía de Federico García Lorca, que precipitó sus pinturas de toros–, supo adaptarlos a su permanente preocupación por la vulnerabilidad de la carne. Explorar nuevas técnicas también reafirmaría su fascinación por la idoneidad de la pintura al óleo para plasmar la sensualidad y la sensibilidad del cuerpo humano. En el lanzamiento violento de pintura que domina algunas de estas obras finales también se puede sentir cierta energía desesperada: el azar controlado como gesto de desafío. Es muy apropiado que su último tríptico, de 1991, retorne a la imagen clave del combate sexual que tantas veces se había repetido en su obra. Bacon afrontó la muerte con una concentración desafiante en la exquisitez del momento vivido.














