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Concierto

Venta de entradas. Entre lo divino y lo humano. Homenaje a Murillo Lunes, 18 de septiembre de 2017 9:00

Venta de entradas. Entre lo divino y lo humano. Homenaje a Murillo

Programa de música instrumental de compositores europeos y españoles coetáneos a Murillo dentro de la programación conmemorativa del Aniversario Murillo organizada por el Museo del Prado.

Fecha

Viernes 6 de octubre a las 19.00 h.

Lugar

Auditorio del Museo del Prado

Precio

10 €

Entradas

Compra entradas

Entradas online a la venta del 18 de septiembre al 2 de octubre.

Y en las taquillas 1 y 2 del Museo del 3 al 6 de octubre.

Programa

Dario Castello (ca.1590-1658)
Sonata Decima quinta à quattro, para cuerdas y B.C de las "Sonate concertate in stil moderno, libro secondo", Venecia, 1644
Bartomé de Selma y Salaverde (ca.1595-después de 1638)
De las Canzoni fantasie et correnti da suonar ad una 2. 3: 4. con basso continuo’, Venecia, 1638
Canzon 11 a 2, Basso& Soprano
Susana Passeggiata – Basso solo, para viola da gamba y b.c.
Francisco Correa de Arauxo (1584-1654)
Cantollano de la Inmaculada con tres glosas, del ‘Libro de tientos y discursos… intitulado Facultad organica’, Alcalá, 1626
Johann Rosenmüller (1619-1684)
Sonata Nona a 5, de las ‘Sonatae à 2,3,4 è 5, stromenti da arco et altri’, 1682
Grave – Allegro – Adagio – Presto – Adagio – Largo – Adagio – Presto
Heinrich Ignaz Franz Biber (1644-1704)
Sonata I La Anunciación, de las ‘Rosenkranz Sonaten’, ca. 1678
Praeludium – Variatio – Aria allegro – Variatio – Adagio – Finale
Johann Heinrich Schmelzer (ca.1623-1680)
Lamento sopra la morte di Ferdinand III, ca. 1680
Adagio –Allegro. Die Todetenglockh. Adagio. Allegro – Adagio
Die Fechtschule (La escuela de esgrima)
Aria I& II – Sarabande – Courente – Fechtschule – Bader Aria
Orquesta Barroca de Sevilla
Dirección: Hiro Kurosaki
Hiro Kurosaki y Alexis Aguado, violines
Kepa Artetxe, viola
Mercedes Ruiz, violonchelo
Ventura Rico, contrabajo
Alejandro Casal, clave y órgano
Juan Carlos de Mulder, cuerda pulsada

Nota de programa

La Sevilla que vio nacer a Bartolomé Esteban Murillo en los días finales de 1617 quizá no fuera ya la ciudad floreciente del siglo anterior, pero seguía siendo puerto de comunicación con las Américas y conservaba el carácter de urbe bulliciosa. En aquellas fechas se encontraba agitada y convulsa por los tumultos a cuenta de la controversia inmaculadista. Aparentemente solo se trataba de un asunto teológico, o sea, teórico, pero, sin embargo, despertaba pasiones encendidas y movía a las masas como no habría podido hacerlo ni siquiera la amenaza de un ejército enemigo. La música jugó en aquellas multitudinarias manifestaciones populares un papel fundamental con las coplas Todo el mundo en general, escritas por Miguel Cid y puestas en música por Bernardo del Toro. La hoja impresa que vehiculó su difusión pedía que “se enseñe en las escuelas a los niños, para que lo canten en sus casas y por las calles a todos tiempos, de día y de noche”, y los cronistas dan testimonio de que así se hizo. Juan de Roelas y Francisco Pacheco pintaron sendos cuadros a este propòsito, aparte de las innumerables Inmaculadas que produjeron los pintores sevillanos durante todo el siglo. Ni que decir tiene que las de Murillo son, sin duda, las más famosas. Francisco Correa de Arauxo, a la sazón organista de la colegiata sevillana de El Salvador, elaboró sobre aquella sencilla melodía tres glosas, impresas en 1626 en su magna recopilación titulada Facultad orgánica. La música nos sitúa así en el meollo del ambiente que rodeó al pintor durante toda su vida.

La devoción inmaculadista era propagada por los franciscanos frente a los dominicos, que se oponían al posible dogma, y ese fue el origen de la intensa polémica. Por su parte, los dominicos promovían tradicionalmente la práctica del santo rosario, devoción mariana ya secular, que se vio favorecida por la Contrarreforma. En Sevilla existían varias cofradías y hermandades del Santo Rosario, a una de las cuales perteneció el propio Murillo. Precisamente entre sus primeras obras, de cuando todavía no era más que un aventajado aprendiz en el taller de Juan del Castillo, se cuentan dos versiones de La Virgen entregando el rosario a santo Domingo, en cuya composición el pintor incluyó varios ángeles músicos –laúd, violín y órgano–, siguiendo una tradición que venía de antiguo, aunque el pintor en este caso se inspirase en modelos angélicos plasmados en grabados flamencos. En etapas posteriores volvería a pintar a la Virgen del rosario, pero ya sin ángeles músicos, que con el tiempo y las modas se habían convertido en un asunto arcaico.

El bello manuscrito que contiene las 15 Sonatas del rosario, de Heinrich Ignaz Franz Biber (1644-1704), está fechado en 1678 y dedicado al arzobispo de Salzburgo Maximilian Gandolph von Künburg, en cuyo servicio trabajaba como violinista el compositor. Cada sonata está encabezada por un pequeño dibujo circular con el motivo del misterio correspondiente. Se trata de una de las colecciones violinísticas más originales y más exigentes del siglo XVII. Aunque escasean los datos biográficos de Biber, se supone que fue discípulo de Johann Heinrich Schmelzer (ca. 1623-1680), violinista que trabajó durante medio siglo en la corte austríaca, alcanzando finalmente el puesto de Kapellmeister en 1679.

Completa el grupo de violinistas centroeuropeos Johann Rosenmüller (1619-1684), nacido y muerto en Wolfenbüttel, aunque trabajó en Venecia durante varias décadas de su vida. El brillo de estos violinistas germánicos no debe hacernos olvidar que, como en tantos otros asuntos musicales, Italia fue el terreno en el que se impulsó el desarrollo de la música instrumental y, en concreto, el incipiente arte violinístico. El presente programa nos remite por varios caminos a Venecia, otra ciudad portuaria y cosmopolita como Sevilla. Allí trabajó intensamente Darío Castello como Capo di Compagnia de strumenti en la basílica de San Marcos, durante los mismos años en que Claudio Monteverdi era el maestro de capilla. Castello no era violinista, sino quizá tañedor de corneta o bajón, instrumentos para los que también se exigía un alto grado de virtuosismo. También excelente instrumentista de fagotto fue el –probable– madrileño Bartolomé de Selma y Salaverde, perteneciente a una familia de constructores y tañedores de instrumentos de viento, que trabajó en varias cortes centroeuropeas y publicó en Venecia su única colección de composiciones.

La Susana passeggiata, de Selma, nos devuelve al mundo pictórico. El asunto bíblico que da origen a esta música no es otro que la conocida historia de Susana y los dos viejos, narrada en el Libro de Daniel y plasmada en el lienzo por tantísimos pintores. Pocos casos hay tan claros que ejemplifiquen el ideal horaciano de la reunión de pictura, poesis y música. En 1548 el compositor Didier Lupi publicó la canción Susanne un jour d’amour solicitée, tomando como texto un poema de Guillaume Gueroult. La canción se hizo famosísima y muchos compositores se animaron a reelaborarla a su gusto, entre ellos Orlando di Lasso, que consiguió aumentar mucho más su popularidad. La obra de Selma testimonia que un siglo más tarde todavía resonaban los ecos de aquella canción.

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