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El retrato español en el Prado. Del Greco a Goya

12.06.2007 - 02.09.2007

Comisariada por Leticia Ruiz, jefe de departamento de pintura española del Museo, la exposición cuenta con una completa selección de obras dado que el Museo del Prado, como principal depositario de las colecciones pictóricas de la monarquía, conserva un fondo fundamental de retratos en el que están representados los mejores artistas españoles y europeos de los siglos XVI al XVIII. El Greco, Velázquez, Murillo o Goya conformaron una parte sustancial de la pintura nacional, destacando en sus respectivas carreras su condición de retratistas. De ellos, la exposición cuenta con importantes ejemplos de su producción, como Un caballero del Greco, Felipe IV de Velázquez y cuatro obras más de su taller, Nicolás Omazur de Murillo y hasta un total de seis retratos de Goya: Doña Tadea Arias de Enríquez, Carlos III cazador, El General Don Antonio Ricardos, Retrato de Carlos IV, Retrato de la Reina María Luisa de Parma y la Infanta Doña María Josefa.

Pintores de retratos también fueron Luis de Morales, con el magnífico retrato de San Juan de Ribera en la exposición; Alonso Sánchez Coello, del que se incluyen Autrorretrato y La dama del abanico; Juan Pantoja de la Cruz, representado con La Infanta Isabel Clara Eugenia, el Retrato del Emperador Carlos V (copia de Tiziano) y otros dos excelentes ejemplos; Juan Bautista Maino, con Retrato de Caballero (el único retrato firmado por el artista que se conoce); Juan Carreño de Miranda, con Doña Mariana de Austria y tres pinturas más; Claudio Coello, con El Padre Cabanillas; Luis Paret, con su Autorretrato; y Mariano Maella o Agustín Esteve, con dos retratos en la muestra cada uno. Todos estos artistas, junto con otros nombres menos célebres representados también en la exposición, contribuyeron de forma decisiva a dar continuidad al género del retrato convirtiéndolo en la espina dorsal de la historia del arte en España. Una historia cuya conformación y desarrollo no podría entenderse sin la participación de pintores extranjeros. El más sobresaliente de todos fue desde luego Tiziano, aunque la lista se completa, entre otros, con Luca Giordano o Anton Rafael Mengs, presentes ambos en la exposición con destacadas producciones como Doña María Ana de Neoburgo, Reina de España, a caballo y Carlos II, a caballo, del primero, y El Infante Don Gabriel de Borbón, María Carolina de Lorena y María Luisa de Parma, del segundo.

Casi todos estos artistas, con las excepciones del Greco o Murillo, fueron los encargados, como pintores del Rey, de fijar la imagen del monarca y su familia, asumiendo tácitamente un cúmulo de tradiciones y múltiples referencias heredadas que, sin embargo, fueron transformándose a lo largo del tiempo. La exposición describe este devenir del retrato español bajo el hilo conductor que conforma la Corona española.

Las sesenta y dos pinturas seleccionadas, obra de un elenco de treinta y seis artistas diferentes, muestran ese desarrollo del retrato en España durante tres siglos, con sus distintas tipologías y los cambiantes significados de estas. El montaje expositivo se ha organizado a través de siete secciones que vertebran las tres centurias: El inicio del retrato moderno, La creación del retrato de Corte y La tradición del retrato en Toledo, dedicadas al siglo XVI; Velázquez y la madurez del género y El retrato fuera de la Corte. Otras tipologías, que corresponden al siglo XVII; y,finalmente, La incorporación de los modelos europeos durante el siglo XVIII y Goya: tradición y modernidad, que concluyen el recorrido de la exposición con las obras del siglo XVIII.

Comisaria:
Leticia Ruiz, jefe de departamento de pintura española del Museo
Patrocinada por:
Cajacanarias. Obra social y cultural

Multimedia

Exposición

Siglo XVI

El inicio del retrato moderno

La aparición del retrato como género autónomo tuvo su aparición en España durante los reinados de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Las relaciones con Italia y Flandes trajeron a nuestro país las prácticas de retrato que ya se habían impuesto en Europa. Efigies de busto, fácilmente transportables, que fijaban su atención en los rasgos faciales del individuo. A la Corte de Castilla legaron pintores de origen flamenco, a los que se les presuponía una especial capacidad para el realismo, aunque hubo artistas en la península que mostraron excelentes dotes para el retrato. Aquí pueden verse tres casos de especial interés: Fernando del Rincón, Luis de Morales y Alonso Sánchez Coello.

La creación del retrato de Corte

Durante los reinados de Carlos V y Felipe II quedaron establecidos los prototipos fundamentales, basados en la austeridad formal de unas imágenes que debían trasmitir, además de los rasgos de cada individuo, referencias a la posición y estatus que éste ocupaba. Tiziano fue el artífice principal de los principales modelos, aunque el flamenco Antonio Moro tuvo también un papel fundamental en ese proceso. El flamenco se caracterizó por una ejecución minuciosa y sobria y una iluminación efectista que reforzaba la impresión de presencia real del retratado, al tiempo que mantenía los más importantes logros iconográficos de Tiziano. Durante el reinado de Felipe II, Alonso Sánchez Coello y su discípulo Juan Pantoja de la Cruz, asentaron definitivamente esta concepción de retrato que perduraría en el tiempo hasta finales del siglo XVIII.

La tradición del retrato en Toledo

El desarrollo urbano y social de Toledo la convirtió en una de las ciudades más notables de la península. Esos dos aspectos pueden ayudar a comprender la importancia y variedad que el retrato alcanzó en este ámbito. La figura fundamental del retrato en Toledo fue el Greco, el pintor que nos ha dejado una galería de caballeros castellanos repletos de veracidad expresiva y fuerza interior, la mejor representación de la sociedad toledana.

Siglo XVII

Velázquez y la madurez del género

A lo largo del siglo XVII el retrato fue convirtiéndose en un género cada vez más importante que alcanzó altísimos niveles de calidad. Velázquez se asentó en Madrid en 1623 en condición de retratista de Felipe IV, una labor que desde el reinado de Felipe II se había convertido en primordial dentro de las estrategias de representación de la corte española. Como responsable de los retratos del rey, Velázquez asumió como propias las tradiciones heredadas, convertidas ya en símbolos vivos de continuidad dinástica. Pero además, el deslumbrante desarrollo pictórico del pintor revitalizó la solvencia de esos modelos pictóricos, pasando a ser el propio artista y su producción, la referencia más persistente de las siguientes generaciones. Así se evidencia ya en el siglo XVII en los retratos de Juan Bautista del Mazo, Juan Carreño de Miranda o el italiano Lucas Jordán.

El retrato fuera de la Corte

Otras tipologías. El desarrollo urbano de algunas ciudades como Toledo, Sevilla y, por supuesto, Madrid fue asentando el uso del retrato fuera de los usos estrictamente cortesanos y el género se extendió a un número creciente de sectores sociales. El siglo XVII conoció una renovación de las tipologías ya existentes, la pervivencia de otras, léase el uso del retrato sedente para la representación de altas jerarquías eclesiásticas, a la vez que se produjeron algunas nuevas, como los retratos de cazadores o el de los grupos familiares. Sevilla conoció uno de los episodios de mayor originalidad, protagonizado por uno de los mejores artistas que trabajaban fuera de Madrid, Bartolomé Murillo. El sevillano funde en sus retratos tradiciones españolas y flamencas, con una calidad y originalidad extraordinarias, constituyendo la alternativa más importante a lo que se estaba haciendo en la Corte. La sección del siglo XVII cuenta en esta exposición con retratos de otros excelentes pintores como José Antolínez, Francisco Rizi o Juan Carreño de Miranda, representantes del pleno Barroco y, por ello, autores de una pintura donde prima la viveza del color y el dinamismo de las composiciones.

El Siglo XVIII

La incorporación de los modelos europeos. Al iniciarse el siglo XVIII, la nueva dinastía que gobernó España quiso contar con sus propias formas de representación. La tradición francesa tuvo un elevado peso específico por la presencia de retratos de Jean Ranc y Louis-Michel van Loo, en los que prima un sentido de la elegancia y la vivacidad cortesanas que, más allá de los ricos atuendos y la incorporación de condecoraciones borbónicas, rompen con la contención expresiva de la tradición peninsular. Un paso más en esta incorporación al panorama europeo que vivió la corona española, fue la presencia en Madrid del más refinado retratista europeo de mediados del siglo, el alemán Antón Rafael Mengs. Este pintor supo atenuar los efectos grandilocuentes de los retratistas franceses, sin perder por ello vivacidad y refinamiento.

Goya: tradición y modernidad.La larga trayectoria profesional de Goya le permitió recorrer los reinados de Carlos III, Carlos IV y Fernando VII, y asimilar la diversidad de propuestas artísticas de cada uno de esos reinados. Goya supo recuperar los componentes esenciales del retrato de corte español que, con el paréntesis de la primera mitad del siglo XVIII, se había consolidado en España desde la época de Felipe II. El artista aragonés fue muy pronto consciente de que, como pintor del Rey, formaba parte de una larga secuencia artística cuyo más señero representante había sido Diego Velázquez. Por ello, en una gran parte de los retratos de carácter oficial realizados por Goya, está latente ese espíritu de reivindicación de Velázquez y de la tradición de la “pintura nacional”. En sus retratos más personales Goya seguirá una de las innovaciones más notables del retrato dieciochesco, representando no sólo los rasgos físicos o el estatus social del retratado, sino también el carácter y la personalidad.

Goya protagonizó artísticamente una época en el que el retrato comenzó a cobrar un protagonismo fundamental que alcanzaría su cenit en el XIX, momento en el que definitivamente se romperán los elitismos de épocas anteriores, y el género alcanzará su mayor desarrollo.

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