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Donaciones y legados

L. V. G.

El ingreso de obras por donación o por legado en el Museo del Prado ha estado regulado a lo largo de su historia por las legislaciones vigentes y los reglamentos propios de la institución, que han determinado, junto con las circunstancias histórico-políticas, los organismos de los que ha venido dependiendo la aceptación de las obras. Mientras el Museo estuvo ligado a la corona dependió en todos los aspectos de la Real Casa. Con la transformación en Museo Nacional pasó a depender de la Dirección General de Instrucción Pública, integrada en el Ministerio de Fomento (decreto de 22 de febrero de 1870). El real decreto de 4 de mayo de 1920 estableció la denominación de Museo Nacional del Prado y el reglamento de régimen y funcionamiento, que se mantuvo vigente hasta 1985. Desde 1927 el Museo Nacional del Prado, por el real decreto-ley de 4 de abril, pasaba a ser organismo dependiente de la Dirección General de Bellas Artes, con personalidad jurídica propia y autonomía funcional. Esto fue así hasta que en 1968 se reorganizó el Ministerio de Educación y Ciencia, creándose el Patronato Nacional de Museos, adscrito a la Dirección General de Bellas Artes (decreto 83, de 18 de enero de 1968); por orden del Ministerio de Educación, de 31 de agosto de 1968, el Museo del Prado quedaba integrado en el Patronato Nacional de Museos y su funcionamiento pasaba a depender enteramente del Ministerio. Cuando en 1977 se crea el Ministerio de Cultura (real decreto 1558, de 4 de julio) el Patronato Nacional de Museos, del que continuaba dependiendo el Museo Nacional del Prado, queda englobado en la Dirección General de Patrimonio Artístico, ­Archivos y Museos. En virtud de la ley 50/1984, de 30 de diciembre, de Presupuestos Generales del Estado ­para 1985, quedaba suprimido el Patronato Nacional de Museos, y el Museo Nacional del Prado recobraba su autonomía, al ser considerado un organismo autónomo de carácter administrativo, adscrito al Ministerio de Educación y Cultura. Por el real decreto 1432/1985, de 1 de agosto, se constituía el organismo autónomo Museo Nacional del Prado y se establecían las normas estatutarias que venían a modificar las vigentes desde 1920. Desde entonces el Museo recuperaba la capacidad de decisión sobre el incremento de sus colecciones. Además de los estatutos y las disposiciones legales que han regulado el funcionamiento de la institución, el Museo del Prado contó desde 1912 con un Patronato. Su creación se establecía en el real decreto de 7 de junio de 1912, y su reglamento, aprobado por real orden del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de 12 de noviembre de 1912, establecía en su artículo 12 que «la aceptación de los donativos y legados que se hagan al Museo, será de la competencia exclusiva del Patronato, el cual dará de ellos conocimiento inmediato al Ministro, indicando al mismo tiempo en qué forma se podrá expresar la gratitud a los donantes o a la memoria de los testadores y exponiendo los motivos en que se funde para no aceptarlos, si hubiere lugar». El Patronato del Museo quedó, junto con el Museo mismo, adscrito al Patronato Nacional de Museos (decreto 383/1970, de 12 de febrero), perdiendo así su capacidad de decisión acerca de la aceptación de donaciones y legados. Finalmente, el ya mencionado real decreto 1432/1985, de 1 de agosto, redefine las funciones del Patronato del Museo Nacional del Prado, y establece entre las de su pleno las de «proponer al Ministro de Educación, Cultura y ­Deporte la aceptación de las subvenciones, aportaciones, donaciones, herencias o legados a favor del Museo», así como autorizar adquisiciones o proponerlas al Ministerio. Así, el Museo del Prado se configura actualmente como un Museo Nacional, que como tal depende en última instancia del Ministerio, del cual puede recibir obras aceptadas como donación o legado, y a su vez como organismo autónomo, lo que significa que puede decidir sobre el incremento de sus fondos, previa decisión de su ­Real Patronato. Las donaciones y los legados testamentarios han contribuido a aumentar y enriquecer al Museo del Prado que gracias a ellos ha visto complementadas algunas de sus colecciones, o se han introducido en ellas obras de escuelas no representadas; incluso las obras de menor calidad artística poseen un valor documental de interés para los fondos históricos del Museo, por los datos que pueden aportar al estudio de autores, técnicas y estilos. Por otra parte, hay una abrumadora mayoría de pintura, sobre todo española, entre las obras ingresadas por esta vía, seguida por dibujos y grabados; en este sentido, la colección de Goya, una de las más emblemáticas del Museo del Prado, ha sido la que probablemente se ha visto más favorecida por las donaciones y los legados, tanto de pinturas como de dibujos y grabados. Las donaciones de obras escultóricas han sido, sin embargo, escasas. También han formado parte de donaciones o legados objetos de artes decorativas (numerosos en el legado Fernández Durán), así como medallas, monedas (las principales, legadas por Pablo Bosch) y libros destinados a sus fondos bibliográficos (entre los que destaca la biblioteca de José María Cervelló). Siendo director del Museo el duque de Híjar, que estuvo al frente de la institución desde 1826 hasta 1838, entró la primera obra no procedente de las colecciones ­reales. Fue el Cristo crucificado, de Velázquez, que había pertenecido al convento de monjas bernardas de San Plácido de Madrid. La obra fue regalada por Joaquín José de ­Melgarejo y Saurín, duque de San Fernando de Quiroga, a Fernando VII, que le había concedido el título en pago al apoyo ofrecido a su causa durante años. La obra de Velázquez había pasado a manos de Godoy, y tras la requisa de sus bienes había sido devuelta a su esposa, María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón, en 1813. El duque de San Fernando casó en 1817 con María Luisa Fernanda de Borbón y Vallabriga, hermana de la condesa de Chinchón; el Cristo crucificado, de Velázquez, pasó a sus manos a la muerte de ésta, en 1828, y él lo regaló al monarca. Fernando VII decidió que pasara al Real Museo de Pintura y Escultura, donde ingresó en 1829. Durante las décadas siguientes el número de obras donadas o legadas al Museo es escaso, y a menudo éstas son de naturaleza algo exótica para las características del mismo. En 1842 se registra una donación rea­lizada por María Arratea, consistente en «tres cabezas de un larario de Pompeya» que, según la documentación, habían sido excavadas en 1839. Le sigue, en 1849, la donación de dos restos arqueológicos de origen romano, realizada por Manuel Martín Lozar, presidente de la Comisión de Monumentos Artísticos. En 1863 Rafael García López ­donaba tres estatuas de bronce y diez esculturas chinas de madera recogidas por las tropas españolas en la campaña del Imperio de ­Annam, entre 1858 y 1862. Se trata, como se puede observar, de obras de escasa entidad y relevancia para las colecciones del Museo. La primera donación de una obra pictórica de importancia fue la realizada por Léopold Armand, conde Hugo, en 1865, consistente en un conjunto de cuarenta cobres realizados por Jan van Kessel I, titulado Las cuatro partes del mundo. No obstante, la primera gran donación fue la de las Pinturas negras, de Goya, realizada en 1881 por el barón d'Erlanger. No eran las primeras obras del artista aragonés que recibía el Museo a través de una donación, pues algunos años antes, durante la Primera República, ha­bían llegado dos retratos, Fernando VII en un campamento y el retrato de Isidoro Maiquez, regalados, respectivamente, por la Escuela de Ingenieros de Caminos y por el Ministerio de la Gobernación; sin embargo, la extraordinaria importancia de las Pinturas negras hace de la donación de d'Erlanger la primera de verdadera relevancia y una de las más señaladas de las recibidas por el Museo del Prado. Otras obras de Goya ingresaron por donación o legado en el Museo antes de terminar el siglo XIX: el duque de Zaragoza en 1884 donó el retrato de su padre El general don José de Palafox, a caballo; Raimundo de Madrazo donó dos cartones para tapices en 1894; en 1896 Luisa Enríquez legó el retrato de Doña Tadea Arias Enríquez; en 1897 los descendientes de los duques de Osuna donaron el retrato de Los duques de Osuna y sus hijos. Los donativos re­cibidos en los primeros años del si­glo XX fueron particularmente escasos, aunque dos de ellos supusieron la entrada de obras importantes. En 1904 el Museo del Prado recibió el notable legado de Ramón de Errazu, integrado fundamentalmente por pintura española del siglo XIX, con obras de Fortuny y Raimundo de Madrazo. Un año después ingresaban, gracias al legado de la XV duquesa de Villahermosa, dos retratos de Velázquez, Don Diego de Corral y Arellano Doña Antonia de Ipeñarrieta y Galdós, y su hijo don Luis. Solo otra obra del maestro sevillano ha ingresado en el Museo del Prado gracias a una donación: la Cabeza de venado, donada por el marqués de Casa-Torres en 1975. En 1912, siendo director José Villegas, se creó el Patronato del Museo del Prado que, entre otras cosas, habría de tratar de remediar, en lo que afectaba al Museo del Prado, el efecto de una situación generalizada en el país; en España la falta de una tradición sólida de coleccionismo y mecenazgo, sumada a nulas o equivocadas políticas de protección del patrimonio, había dado como resultado un pobre panorama de promoción de las instituciones culturales a través de ­donativos, legados, subvenciones o similares. En el siglo XIX la ruina que había sobrevenido a muchas familias aristocráticas, tradicionales coleccionistas de arte, tras la caída del Antiguo Régimen, supuso la venta y dispersión de sus colecciones, a menudo en el extranjero. En ocasiones las obras procedentes de esas colecciones pasaron a manos de miembros de la nueva alta burguesía, pero la falta de un mercado organizado y de un adecuado control por parte del Estado favoreció la salida del patrimonio artístico español fuera del país -no solo el de esas colecciones, sino también, y sobre todo, un patrimonio artístico religioso que no fue debidamente protegido ni en esos años ni después-. En las últimas décadas del siglo surgen algunos eruditos y estudiosos con sensibilidad artística y capacidad económica para reunir buenas ­colecciones e impulsar iniciativas (como exposiciones, creación de asociaciones como la Sociedad Española de Excursiones, etc.) orientadas a mejorar el conocimiento y conservación del patrimonio. Paralelamente, aumentan las donaciones realizadas a museos públicos, y el incremento se deja sentir también en las que recibe el Museo del Prado. En los últimos veinte años del siglo XIX se registran en el Museo más de veinticinco donaciones y ­legados: la donación del barón ­d'Erlanger (1881), el legado de Francisco Rebolledo de Palafox y Soler, II duque de Zaragoza (1884), la donación de ­María Dionisia de Vives y Zires, duquesa viuda de Pastrana (1889), el legado de María de los Dolores Hernández y Márquez, marquesa viuda de ­Cabriñana del Monte (1894), el de Federico de Madrazo (1895), el de Blanco Asenjo (1897), la donación de los descendientes de los duques de Osuna (1897), el legado de Rosa Rodríguez-Vaamonde (1898) y el de Alejandro Soler Durán, duque de San Fernando (1899), entre otros; no obstante, salvo honrosas excepciones, como algunos buenos ejemplos de pintura española o los bocetos de Rubens para las pinturas de la Torre de la Parada que formaron parte de la donación de la duquesa de Pastrana, no aportan obras de gran calidad, ni por lo general son producto de una voluntad de reunir piezas para donarlas al patrimonio público. La situación distaba de ser la deseable, y seguía siendo notoria la «falta de compenetración» entre la administración y los ciudadanos de la que habla el estatuto de creación del Patronato del Museo. Entre 1905, año en que se recibió el espléndido legado de la XV duquesa de Villahermosa, y 1912 apenas se registraron donativos; entre los escasos recibidos cabría destacar el realizado por el coleccionista húngaro Marcell Nemes, El socorro de ­Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, de Pereda, que venía así a reintegrarse a la que fue la serie de pinturas del antiguo Salón de Reinos del palacio del Buen Retiro, y el legado de Cristóbal Férriz (Retrato de Feliciana Bayeu, hija del pintor, de Francisco Bayeu, y dos obras atribuidas a Goya, aunque sin certeza absoluta: La degollación y La hoguera); ambos fueron recibidos en 1912, poco antes de la creación del Patronato. A éste, según sus estatutos, le correspondería participar en los proyectos de ampliación del edificio del Museo, fomentar la «comunicación con los grandes museos del mundo y con los demás de España», organizar exposiciones y conferencias, ­revisar las catalogaciones e inventarios de las obras que el Museo tenía depositadas en otras instituciones, y servir de «estímulo y guía para las donaciones de particulares, hasta ahora contenidas en límites muy reducidos por la notoria falta de compenetración que existe entre los ciudadanos y los centros del Estado». En este primer Patronato participaron estudiosos como Elías Tormo, ­Jacinto Octavio Picón, Manuel ­Bartolomé Cossío y Pedro Beroqui, junto con eruditos y coleccionistas como el duque de Alba, José Lázaro Galdiano, el marqués de Casa-Torres o el marqués de la Vega-Inclán. La labor del Patronato en cuanto al fomento de las donaciones no dio quizás resultados tan notables como habría sido de esperar, aunque sí se incrementaron tanto el número de donativos respecto a los años anteriores como el número de piezas de calidad que los formaron. En 1915 Pablo Bosch, patrono del Museo, predicaba con el ejemplo haciendo a éste heredero de aquellas piezas de su colección de pinturas, medallas y monedas que el Patronato considerara de interés, y de una notable cantidad de dinero (25 000 pesetas) para su instalación. El Museo del Prado se enriqueció gracias al legado Bosch con importantes pinturas flamencas y españolas (pintura ­gótica, obras de El Greco, Morales, Cano o Goya), que hacen de él uno de los más señalados de su historia. Relevante fue también el legado testamentario de otro patrono del Museo, Luis de Errazu, recibido en 1926, y que incluía obras de El Greco, Tiepolo y Hoppner. El mismo año Alonso Álvarez de Toledo y Caro, XXVI conde de Niebla, hacía donación de tres retratos de Goya y uno de Van Dyck, y el legado de Luis de Castro y ­Solís enriquecía los fondos de pintura gótica española con obras del Maestro de las Once Mil Vírgenes, Juan de Nalda o Diego de la Cruz. En los años inmediatamente anteriores se habían recibido obras de El Greco (San Juan Evangelista, donación de César Cabañas en 1921), de Herrera el Viejo (San Buenaventura recibe el hábito de san Francisco, donado por Joaquín Carvallo en 1922) o de Giambattista Tiepolo (Abraham y los tres ángeles, donado por los hijos de Mariano Sáinz, en memoria de éste, en 1924), entre otras. Varios legados importantes jalonan la década de 1930. El primero en importancia y en volumen es el de Pedro Fernández Durán, que murió en 1930 habiendo hecho en su testamento legatario al Museo del Prado de la extensa y variada colección de arte que había reunido a lo largo de su vida. Dicha colección incluía pintura, escultura, dibujos (unos dos mil ochocientos), porcelanas y cerámicas, vidrios, tapices y telas bordadas, armas y armaduras, muebles y otros objetos (cajitas «de rapé», miniaturas sobre marfil y abanicos). Si bien había piezas de relativo valor, la calidad de otras y el volumen del conjunto confieren a este legado una trascendencia enorme. En la colección de dibujos -la primera y la más extensa de todas las recibidas por el Museo- y en la de pintura se encuentran la mayor parte de las obras relevantes. La primera supuso no solo un enorme incremento del fondo de dibujos, sino también la entrada de obras de autores no es­pañoles. Entre las casi noventa pinturas, las obras de Goya (El colosoEl general don Antonio ­Ricardos y versiones reducidas de cartones para tapices), Morales ­(Ecce-Homo) y Roger van der Weyden ­(Virgen con el Niño) son las más destacadas. El mismo año 1930, se recibía el legado de Aníbal Morillo y Pérez, IV conde de Cartagena, el primero exclusivamente económico que recibía el Museo del Prado, consistente en 300 000 pesetas para la compra de obras. El Museo destinó esta cantidad, fundamentalmente, a enriquecer su colección más importante, la de pintura española; entre 1931 y 1944 se adquirieron, entre otras, obras de El Greco (Santa Faz), Martínez del Mazo ­(Cacería del Tabladillo en Aranjuez), Paret (Baile en máscara y Carlos III comiendo ante su corte), Ribalta (Cristo abrazando a san Bernardo) y Zurbarán (San Lucas como pintor, ante Cristo en la cruz). También españolas son algunas de las obras del legado de Xavier Laffite y Charlesteguy, que al igual que los dos anteriores se recibió en 1930; incluía éste la Vieja usurera, de Ribera, dos obras de Morales y una guirnalda de flores, de Arellano. En los años centrales de la década de 1930 recibió el Museo los legados de Daniel Carballo y Prat, III conde de Pradere (1934), de la duquesa de Tarifa y Denia (1934, incluyendo El cambista y su mujer de Marinus Claeszon van Reymerswaele, los retratos de Felipe III y Margarita de Austria, de Pantoja de la Cruz y un retrato de María Luisa de Parma por Mengs) y el de los duques de Arcos (1935). Tras el forzoso paréntesis marcado por los años de la Guerra Civil, en 1939 se recibió el legado del historiador del arte Juan Allende-Salazar, que había permanecido durante años vinculado al Museo del Prado, de cuyo ­Patronato fue vocal, y que legó su ­colección de dibujos españoles, italianos y flamencos. Ese mismo año el VII barón de Forna donó La Monstrua desnuda (Baco), de Carreño de ­Miranda, que venía a unirse a Eugenia Martínez Vallejo, «la Monstrua» vestida, que ya poseía el Prado recibida directamente de las colecciones reales. Una de las donaciones de mayor trascendencia, significativa no solo para el Museo del Prado, sino en el conjunto del panorama del coleccionismo y el mecenazgo artístico español del siglo, fue la del político y coleccionista Francisco Cambó, rea­lizada en 1941. Cambó fue un excepcional ejemplo de coleccionista, que dedicó parte de su fortuna a reunir obras de maestros, escuelas o estilos poco representados o ausentes de los museos españoles para donarlas al patrimonio público. Gracias a esta iniciativa el Museo del Prado se vio favorecido con la donación de varias obras de maestros del primer renacimiento italiano, no representados hasta entonces en sus colecciones, que Cambó había ­adquirido al coleccionista Joseph Spiridon en París. Fueron obras de Giovanni da Ponte (Las siete artes liberales), del Maestro de la Madonna de la Misericordia (San Eloy ante el rey Clotario y San Eloy en el taller de orfebrería, atribuidas entonces a Taddeo Gaddi), y de Botti­celli (tres de las cuatro tablas que componían la Historia de Nastagio degli Onesti). Además de estas obras, Cambó donó al Prado uno de los dos bodegones de Zurbarán que poseía (el otro lo donó al Museu Nacional d'Art de Catalunya, Barcelona). En 1940 ingresó el legado testamentario de Mariano Lanuza, marqués de Remisa, en el que destaca el Cristo presentado al pueblo, de Quintin Massys. El legado del conde de la Cimera (1944) aportó retratos españoles del siglo XIX (de Esteve, Madrazo y Carderera), la Ofrenda a Flora, de Juan van der Hamen y el retrato de El cardenal Borgia (don Carlos de Borja Centellas Ponce de León), de Andrea Procaccini, entre otras pinturas, además de objetos y muebles de artes decorativas. Ese mismo año Mario de Zayas realizaba una de las pocas donaciones de esculturas que ha recibido el Prado, con ejemplares de escultura egipcia, sumeria y originales y copias grecorromanos. Como legado testamentario del II y el III conde de Muguiro entraron en el Museo en 1946 dos obras tardías de Goya, La lechera de Burdeos y el retrato de Don Juan Bautista de Muguiro. Durante las décadas siguientes no se producen donaciones o legados de importancia comparable a los de Bosch, Fernández Durán o Cambó. Proporcionalmente, el mayor número de obras recibidas corresponde a la pintura española del siglo XIX, sobre todo durante la década de 1950, que se inaugura con la entrega, por la viuda de Mariano Fortuny y Madrazo, del legado de éste, Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés, de Mariano Fortuny Marsal; en los años siguientes las donaciones y legados entregados por María de la Cuesta (1952), Alice Muth (1953), Joaquín Iruretagoyena (1953), Enrique Puncel y Bouet (1953) y María Antonia Díaz (1956), entre otros, aportan obras de artistas como Luis y Raimundo de Madrazo, Ignacio Zuloaga, Vicente López, Antonio María Esquivel o Valeriano Domínguez Bécquer, todas ellas retratos. También españoles, del siglo XIX, eran los dibujos y grabados donados en 1958 por el historiador del arte Enrique Lafuente Ferrari. Por otra parte, gracias al legado monetario del duque de Alba el Museo adquirió, en 1956, Ensayo de una comedia, de Paret. Sendas donaciones de Frederick Mont, coleccionista y galerista de origen austriaco asentado en Nueva York, trajeron al Prado en 1952 el Paisaje con pastores, de Ignacio Iriarte, y en 1959 la Anciana sentada, de Puga. Pedro Beroqui, que había sido secretario del Museo y había realizado una importante labor de catalogación de obras, legó en 1958 su colección de dibujos españoles e italianos. Cierra la década la donación de la marquesa viuda de Casa-Riera (1959), que entregó el fragmento superior del San Sebastián, de El Greco; la parte inferior (las piernas), cuyo paradero se desconocía entonces, fue adquirida por el Museo en 1987. También de El Greco, o generalmente atribuidas a él, son las dos tallas de madera que representan a Epimeteo y Pandora legadas por el conde de las ­Infantas en 1962. La colección de grabados de Goya se enriqueció en 1964 con la donación, por Tomás Harris, de más de cien estampas pertenecientes a las series de los Caprichos, la Tauromaquia, los Disparates y los Desastres; el propio Harris ­había donado dos años antes la Corrida de toros, considerada obra de Goya relacionada con la serie de los Toros de Burdeos. La mayor parte de las obras recibidas durante la década de 1960 son, como las últimas mencionadas, españolas, incluyendo autores importantes, aunque no siempre obras de primera fila. Antonio Larragoiti legó en 1963 San Francisco recibe los estigmas, de Ribera; Florencio Milicua donó un Ecce-­Homo, de Escalante, en 1966; el legado de Concepción de Rábago, recibido en 1969, incluía obras de Morales (Virgen con el Niño y san Juanito), ­Valdés Leal (San Miguel Arcángel) y Zurbarán (Santa Eufemia). Entre las obras donadas por la condesa viuda de los Moriles en 1969 destacaban dos floreros de Arellano y una pareja de lienzos de Vicente López, de finales del siglo XVIII (El sueño de san José y La liberación de san Pedro). Entre la pintura del siglo XIX sobresale el Retrato de la duquesa de Castro Enríquez, de Federico de Madrazo, legado de María Paz García de la Lama (1964). En 1971 los fondos de arte del siglo XIX y principios del XX se ven notablemente incrementados al recibir el Museo del Prado las obras de este periodo que había albergado el Museo de Arte Moderno, cerrado ese año. Las obras que este Museo había recibido a lo largo de su existencia en concepto de donación o legado pasaron entonces a engrosar las colecciones del Museo del Prado. Por otra parte, algunos legados testamentarios realizados a favor del Museo de Arte Moderno ingresaron directamente en el del Prado porque en el momento de hacerse efectiva la herencia aquél había cerrado ya. Si bien no se trata, por tanto, estrictamente de donaciones o legados realizados a favor del Museo del Prado, sí es cierto que finalmente pasaron a formar parte de sus colecciones. Por esta vía ingresaron obras de los principales artistas españoles del siglo XIX, como Vicente López, José, Raimundo y Federico de Madrazo, Mariano ­Fortuny, Joaquín Sorolla, Eugenio Lucas, ­Esquivel o Alejandro Ferrant. Cabe destacar el importante número de paisajes de Carlos de Haes que habían donado tras su muerte, al Museo de Arte Moderno, sus discípulos, encabezados por el pintor ilerdense Jaime Morera; gran parte de las obras de este destacado representante del paisaje rea­lista español del siglo XIX que posee el Museo del Prado tiene su origen en esta donación. Por otra parte, durante la década de 1970 destaca sobre todos los donativos el del marqués de Casa-Torres, realizado en 1975 e integrado por la Cabeza de venado, de Velázquez, y dos retratos de Goya, El ­cardenal Luis María de Borbón Don José Moñino, conde de Floridablanca (este último, atribuido con algunas dudas). La donación fue hecha con reserva de usufructo vitalicio, e ingresó en el Museo en 1984. En 1981 ingresó el legado Picasso, que in­cluía el Guernica y sus estudios y bocetos preparatorios y posteriores, junto con otras obras del artista. El significado histórico y político de la obra de Picasso, sumado a su valor artístico, confirió al legado una importancia que trasciende el ámbito del propio Museo del Prado. Además del legado Picasso ingresaron en el Prado durante la década de 1980 obras de artistas españoles contemporáneos, gracias a la donación y el legado del coleccionista e historiador del arte Douglas Cooper (obras de Picasso y Juan Gris) y a la donación de dos pinturas de Miró rea­lizada por Pilar Juncosa, su viuda, en 1986. Destacable es también la contribución de la Fundación Amigos del Museo del Prado, que desde su creación en 1980 ha venido realizando y promoviendo donaciones (algunas en colaboración con otras instituciones), entre ellas el retrato de La condesa de Santovenia «la niña rosa», de Rosales (primera donación de la Fundación al Museo, realizada en 1982), el Retrato de enano, de Juan van der Hamen, el Retrato de Aureliano de Beruete y Moret, de Sorolla, la Visita de la reina María Amalia de Sajonia al arco de Trajano en Benevento, de Antonio Joli, y dibujos de Murillo, Herrera el Viejo, Goya, José del Castillo y ­Fortuny. En los últimos años la Fundación ha continuado contribuyendo con el Museo del Prado mediante donaciones e iniciativas como la titulada El Museo del Prado visto por doce artistas españoles contemporáneos, que comprendió un ciclo de conferencias organizado en 1990, cuyo resultado fue la edición de una colección de obra gráfica de artistas fundamentales del siglo xx, como Arroyo, Rivera, Saura, Torner o Barceló. El legado Villaescusa ha sido uno de los más extraordinarios de los recibidos por el Museo en toda su historia. Manuel Villaescusa, fallecido en 1991, hizo al Museo del Prado heredero de un patrimonio valorado en varios miles de millones de pesetas para el enriquecimiento de sus colecciones. No solo por su cuantía económica, sino también por su naturaleza, se trata de un legado excepcional, que ha permitido al Museo adquirir grabados, dibujos y pinturas entre los que destacan obras de Goya (un Autorretrato, el Cuaderno italianoVuelo de brujasLa condesa de Chinchón), Una fábula, de El Greco, Bodegón, de Sánchez Cotán, obras de Morales, dibujos de maestros españoles del siglo XVII (Carducho, Murillo, Ribera, Carreño) y algunas obras de autores extranjeros, como Ciego tocando la zanfonía, pieza importante de la producción del tenebrista Georges de La Tour. En 2002, se recibió la donación de la marquesa de Balboa, que regaló al Museo del Prado obras de José y Federico de Madrazo y dos excelentes cuadros de pequeño formato de Tiepolo. Al año siguiente, ingresó en el Museo del Prado, por medio de una fórmula mixta de donación y compra, la biblioteca de José María Cervelló, formada por cerca de nueve mil libros y documentos sobre historia y teoría del arte, de los cuales dos mil son piezas antiguas.

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