Num. de catálogo
O00019
Autor
Delabarre, Pierre
Título
Barquillo con Cupido cabalgando un dragón
Cronología
Mediados del siglo XVI
Técnica
Cincelado; Esmaltado; Tallado; Engastado
Materia
Piedras duras, preciosas y semipreciosas
Medidas
17 cm
Escuela
Francesa
Tema
Mitología
Expuesto
Si
Procedencia
Colección Real

Vaso en forma de copa alta compuesto por tres pedazos de calcedonia de distintos tonos y seis guarniciones de oro esmaltado. El cuerpo oval, de perfil abarquillado, se decora con un bajorrelieve de ovas enlazadas, separadas por florones realizados con cinco puntos. En el labio, ancha guarnición de oro liso, apuntado en la proa, recorrida en su interior por un diseño vegetal sinuoso, de flores y vainas, en esmalte negro embutido y por fuera, además de similar motivo, se enriquece con sobrepuestos de hojuelas verdes y granos blancos con engastes de rubíes y esmeraldas. En la popa va un cupido esmaltado de blanco, con las alas esmaltadas y la aljaba cuajada de diamantes, portando el arco en su izquierda. Cabalga un monstruo de cabeza y cuerpo de dragón, dientes y lengua puntiagudos, cola enroscada, sus garras sujetas al borde, esmaltado de violeta, azul, ocre y blanco opacos, verde, azul y tostado de trasflor. Una guirnalda floral esmaltada en tonos opacos cubre la panza inferior del vaso, quizás para ocultar una rotura, con un mascarón en el centro de su cara interior. El vástago, de balaustre con moldura superior, labrado con gallones, se une al cuerpo y pie con dos guarniciones de de oro esmaltado de oro esmaltado con florecillas blancas que alternan con engastes de rubíes y diamantes. Un zafiro que en 1776 se describía como ochavado prolongado, labrado rosa, vajo de doce granos estaba en el pecho del dragón y, ya en 1815 la Embajada anotó su falta, aunque lo situaba incorrectamente en la cabeza del animal. Fue colocado en su lugar, en fecha indeterminada, un vidrio rojo, quizás durante la restauración del siglo XIX efectuada por Zaldós. El cuerpo se adorna con una montura de diseño fantástico que (posterior a otras guarniciones del vástago y el pie, datables hacia 1590), ha sido atribuida a Pierre Delabarre, platero parisino recibido en 1625 como maestro. Sus paralelos más próximos existentes en el Prado son, principalmente, el O2, O3 y O32. El interior de la guarnición del labio tiene, en esmalte negro embutido, un diseño de tallos sinuosos, hojas picudas y vainas. Las figuras de oro con carnaciones blancas no son extrañas a la orfebrería francesa, tanto en los modelos del siglo XVI del entorno de la escuela de Fontainebleau, como en estas curiosas recreaciones historicistas del siglo XVII. Es de notar la similitud del esmaltado de la cola del monstruo con la de los delfines y colas de la sirena del vaso O1, lo que plantea la posibilidad de un reesmaltado en esta pieza. El Tesoro del Delfín es un conjunto de vasos preciosos que, procedentes de la riquísima colección de Luis, gran Delfín de Francia, vinieron a España como herencia de su hijo Felipe V, primer rey de la rama borbónica española. La exquisitez de las piezas del Tesoro del Delfín se completa con los estuches diseñados, ex profeso, adoptando la forma de cada una de ellas lo que permitía su traslado con seguridad y hacer recuentos reconociendo la pieza por la forma del estuche. El de esta pieza es el estuche número O3374. Luis de Francia (1661-1712), hijo de Luis XIV y María Teresa de Austria, comenzó su colección tempranamente influenciado por su padre; la adquisición de obras se producía por diversas vías, desde regalos hasta su compra en subastas y almonedas. Al morir el Delfín, Felipe V (1683-1746)  recibe en herencia un conjunto de vasos con sus respectivos estuches, que fueron enviados a España. En 1716 estaban en el Alcázar de Madrid, guardados en sus cajas, desde donde se trasladaron, en fecha posterior, a La Granja de San Ildefonso, lugar donde se citan a la muerte de Felipe V, conservados en la llamada Casa de las Alhajas. En 1778 se depositaron, por real orden de Carlos III, en el Real Gabinete de Historia Natural y continuaron en la institución hasta el saqueo de las tropas francesas en 1813. La devolución de las piezas se produjo dos años más tarde y con algunas pérdidas. Fue en 1839 cuando la colección llega al Real Museo, donde sufrieron en 1918 un robo. Con ocasión de la Guerra Civil española fueron enviadas a Suiza regresando en 1939, con la pérdida de un vaso, desde entonces se encuentran expuestas en el edificio Villanueva (Texto extractado de Arbeteta, L.: El Tesoro del Delfín. Catálogo Razonado, 2001, pp. 27-33; 167-168).

 
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