Num. de catálogo
P07905
Autor
Pret, Miguel de (Atribuido a)
Título
Dos racimos de uvas con una mosca
Cronología
1630 - 1644
Técnica
Óleo
Soporte
Lienzo
Medidas
29 cm x 38 cm
Escuela
Española
Tema
Naturaleza muerta
Expuesto
No
Procedencia
Colección Rosendo Naseiro, Madrid; adquirido para el Museo del Prado, 2006.

Varios de los cuadros con racimos de uvas en los que se especializó el Labrador se disponían en parejas, como la P07903 y P07904, y esta obra y la P07906. En uno de los racimos aparece una mosca sobre una uva, un detalle aparentemente banal, pero muy interesante para conocer algunos conceptos relacionados con el género de la naturaleza muerta. El insecto es un estímulo naturalista que permite al pintor jugar con las fronteras entre arte e ilusión y le sirve para subrayar el avanzado estado de maduración de la uva. Pero a cualquier espectador culto de esa época sin duda le recordaría también viejas anécdotas, narradas por los escritores clásicos, acerca de la capacidad de algunos pintores griegos para imitar verídicamente la naturaleza y engañar a los sentidos (Luna, J. J.: 2008).

Esta obra y su pareja (P07906) ofrecen las características esenciales y reconocibles de la estética del Labrador. En primer lugar por el tema que representan: los racimos de uvas. Es el motivo más repetido en sus obras, bien como único protagonista, como aquí, bien en combinación con otras frutas. Los frutos de la vid figuraron en los bodegones españoles desde fecha muy temprana, pero el pintor los representa aquí aislados y suspendidos en el espacio de forma absolutamente inédita. Al eliminar cualquier accesorio o referencia al ámbito en el que cuelgan, que permanece en completa oscuridad, aísla por completo los racimos y los ofrece directamente a la mirada del espectador. Al no mostrar de dónde penden crea un efecto desconcertante, remarcado por la luz potente y fría que enfoca sobre ellos. Este recurso se remonta al primer naturalismo y deriva directamente de las tácticas visuales de los seguidores de Caravaggio, pero aquí es llevado a sus últimas consecuencias.

La luz revela los más mínimos accidentes de las frutas: la forma globosa de los granos; el característico polvillo harinoso que las cubre; su irregular agrupación arracimada; y los sutiles cambios de coloración que delatan el distinto punto de madurez. Así, entre el dorado amarillento destacan los toques azulados y verdosos de las piezas más enteras, mientras otras se han oscurecido y arrugado al haberse secado. El enorme detalle en la representación plantea un desafío al que mira, obligándole a dilucidar si es real o no lo que contempla. Incluso la engañosa presencia de una mosca posada sobre uno de los racimos busca provocar su asombro.

Sin embargo este cuidado extremo por demostrar la condición natural de las uvas construye una paradoja, pues plantea una visión descontextualizada de la naturaleza. Nada recuerda a la planta de la que nacen, pues también se han cortado las hojas para atar unos cordeles en la horquilla de los racimos. Así pues, su aparente sencillez es en realidad un sofisticado juego pensado para disfrute de las élites urbanas de su tiempo.

Por su definición en el trazo, que confiere un aspecto algo duro a las uvas, y por el pequeño tamaño de los lienzos, seguramente correspondan a las primeras ''uvas del Labrador'' que ya se documentan en algunos inventarios madrileños de las décadas de 1630 y 1640. Habitualmente estas parejas ofrecían distintas variedades de vid, marcando las diferencias en la forma de los racimos y en los diversos equilibrios entre sus masas. Como en este caso, se buscaba una relativa asimetría para potenciar la sensación de algo natural, sin preparar, a la espera de ser descubierto (Aterido, A.: 2013).

 
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