Num. de catálogo
P07806
Autor
Madrazo y Kuntz, Federico de
Título
El Gran Capitán recorriendo el campo de la Batalla de Ceriñola
Cronología
1835
Técnica
Óleo
Soporte
Lienzo
Medidas
134,3 cm x 187,5 cm
Escuela
Española
Tema
Historia
Expuesto
Si
Procedencia
Donación Isabel de Borbón y Esteban de León, marquesa de Balboa, 2002

Este lienzo es una de las obras fundamentales de la pintura del Romanticismo español, así como el primer cuadro importante de este género realizado por Federico de Madrazo a lo largo de su fecundísima carrera, que dedicaría después de forma prácticamente exclusiva a la pintura de retratos. Así, realizado en tamaño poussinesco es decir, a un tercio del natural, siguiendo la moda académica de esos años, el lienzo representa el episodio en que Luis de Armagnac, duque de Nemours, conde de Guisa y virrey de Nápoles, cayó muerto de un tiro de arcabuz durante la batalla que el 28 de abril de 1503 sostuvieron tropas francesas a su mando en la pequeña localidad italiana de Ceriñola, defendida por el ejército español a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), en una de las victorias más celebradas de las tropas enviadas a Italia por los Reyes Católicos para recuperar el reino de Nápoles, arrebatado por los franceses a la Corona de España. Al día siguiente del combate, con las primeras luces del alba, el Gran Capitán recorrió con sus oficiales el escenario de la lucha, sembrado con cerca de tres mil muertos y heridos, entre los que halló el cadáver del joven noble. Lleno de pesadumbre y dolor, el general español mandó trasladar el cuerpo del duque de Nemours a la Iglesia de San Francesco de Barletta, donde fue sepultado con todos los honores de su rango. En la mitad izquierda de la escena aparece el cortejo de lanceros y oficiales armados que acompañan al Gran Capitán, distinguiéndose entre ellos la figura de un noble con barba cana y collar de oro, que representa al príncipe Marco Antonio Colonna. Un jinete con armadura y el paje de Fernández de Córdoba, situados en primer término, de espaldas al espectador, cierran la composición por este flanco, viéndose tras la grupa de la cabalgadura los rostros de otros dos lanceros, sin duda también retratos del natural.

Como sucedería a lo largo del siglo con otras grandes obras del género, en este ambicioso lienzo histórico Federico de Madrazo no se resistió a tomar como modelo Las Lanzas de Velázquez, no sólo en su disposición escénica, sino además en la interpretación misma del acontecimiento histórico, subrayándose, como en el cuadro velazqueño, la nobleza del carácter español, que se compadece caballerosamente del enemigo vencido. Formalmente, la situación de los cuartos traseros del caballo del extremo izquierdo para dar profundidad a la composición, el grupo de las cabezas de los soldados y las lanzas enhiestas recortándose en el cielo plomizo son recursos extraídos directamente por Madrazo del lienzo de Velázquez, así como el detalle de autorretratarse en el extremo derecho de la composición, justo encima de su firma, exactamente en el mismo lugar en que aparece el considerado tradicionalmente como autorretrato del sevillano en La rendición de Breda, a la misma altura que el papel destinado a la signatura, pudiendo rastrearse además un claro recuerdo del Entierro del conde de Orgaz del Greco en el grupo que sostiene el cuerpo inerte del duque de Nemours.

Este lienzo supone en la trayectoria del joven Federico un enorme salto respecto a la obra de composición inmediatamente anterior, La enfermedad de Fernando VII, firmada en 1833, y muestra una asimilación absoluta del lenguaje estético del academicismo romántico europeo, tanto en la resolución de figuras como, muy fundamentalmente, en la distribución de las luces del amanecer, extrañas y caprichosas, pero utilizadas con gran habilidad en el manejo del claroscuro, que diferencian los diversos grupos de figuras para marcar el espacio en que se desenvuelven sin embargo muy comprimido, utilizando la visión panorámica del desolado campo de batalla como mero telón de fondo, como hicieran los pintores del Salón de Reinos en sus cuadros de batallas. No obstante, es pintura de indudables y múltiples aciertos, potenciados por el detallismo y refinamiento de la técnica con que están descritas las figuras, como el espléndido corcel árabe que monta el Gran Capitán, tomado del natural -del que el artista pinta hasta las espumas de su bocado que caen sobre la cincha de su pecho-, el paje con jubón de terciopelo que sujeta el yelmo, o los retratos de los personajes de la parte derecha; algunos, como el de Manuel Bohorques, de gran viveza e intensidad expresiva.

El cuadro fue comenzado en julio de 1834, dando cuenta detallada de su laboriosa ejecución la agenda-diario del pintor de ese año. Tras presentarse públicamente en la exposición anual de la Academia de San Fernando de 1835, causando un verdadero revuelo en los ambientes artísticos madrileños, Madrazo llevó el cuadro a París, para exponerlo en el Salón de 1838. A la vista de sus cartas, parece que Federico sentía cierto rubor por presentar su pintura en la capital francesa, consciente de la inferioridad ante aquellos artistas a quienes precisamente había intentado emular. Sin embargo y para sorpresa de Federico, el jurado del Salón le concedió por su obra una medalla de oro de tercera clase (Texto extractado de Díez, J. L.: El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 163-167).

 
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