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Num. de catálogo
P04449
Autor
Madrazo y Kuntz, Federico de
Título
Sofía Vela y Querol
Cronología
1850
Técnica
Óleo
Soporte
Lienzo
Medidas
62 cm x 50 cm
Escuela
Española
Tema
Retrato
Expuesto
No
Procedencia
Legado Sofía Vela y Querol, viuda de Arnao, al Museo Nacional de Pintura y Escultura (Museo del Prado), 1910; Museo de Arte Moderno.

El retrato, de busto y de pequeñas dimensiones, es uno de los mejores del período romántico de su autor. Lo envió a la exposición anual de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid el mismo año en que lo pintó y, cinco después, lo seleccionó, con otros trece retratos, con destino a la Exposición Universal de París de 1855, donde Madrazo obtuvo una medalla de primera clase. La obra atestigua su capacidad para el retrato íntimo, que cultivó al tiempo que el de aparato. Acertó a reflejar con delicadeza el espíritu de la dama a través, sobre todo, del sutil estudio de la luz, que incide diagonalmente sobre la parte superior izquierda del rostro, en la esquina de su partitura y en los extremos de dos de los dedos y de la palma de su fina mano de pianista, que tiene gran importancia en la pintura. Muestra así un ámbito de recogida intimidad, como el que correspondería a una de las veladas musicales a las que era aficionado y asiduo el pintor, como sus familiares y amigos. Las facciones ovales de la dama, acentuadas por el peinado con trenzas recogidas propio de la época, y su expresión contenida, muestran el ideal armónico y equilibrado del artista, cuyo estudio de la pintura del Renacimiento y de los maestros clasicistas del siglo XVII italiano se transparenta aquí. En su tenue sonrisa hay un recuerdo a Leonardo da Vinci, como ya sugirió Pompey. Con poco más de veinte años, pues había nacido en 1828, y ya casada desde hacía dos, viste con sencilla elegancia, sin más joyas que el pequeño broche que sujeta la cinta al cuello de encajes y el anillo con chatón de brillantes. Está pintada con simpatía y afecto, que explican que le regalara el retrato, según consta en el inventario que formó el propio artista. Muchos años después, en 1869, Madrazo mantenía su relación con Sofía Vela, pues en una carta del 11 de mayo de ese año a su hija Isabel, también aficionada a la música, le enviaba recuerdos de su parte y decía haber pasado la tarde en su compañía. La retratada era cantante, pianista y compositora. En 1841 era socia del Liceo Artístico y Literario de Madrid. Fue contralto de la Real Cámara entre 1849 y 1851 e interpretó varias óperas para Isabel II, entre ellas las dos grandes óperas históricas, Ildegonda y La conquista de Granada, de Emilio Arrieta, que le dedicó mucho después, en 1877, la partitura de su Marina. Interpretaba también de manera excelente, según señalaba su marido en su correspondencia con Manuel Cañete, las canciones de Franz Schubert. Como pianista tuvo alguna fama, y otro compositor, Francisco de Asís de la Peña y Yélamos, le dedicó su Sonata para piano. Otros músicos relacionados con ella que le dedicaron obras fueron Nicolás Ledesma, Antonio de la Cruz y José Espí Ulrich. En 1848 había casado con el poeta Antonio Arnao (Murcia, 1828-Madrid, 1889), que formaría parte de las Reales Academias Española y de la de Bellas Artes de San Fernando, en la sección de música. Como compositora, se conservan algunas obras suyas, entre las que sobresalen las de carácter religioso, que se interpretaron en los templos madrileños, como una Salve Regina para una voz con acompañamiento de órgano: al dulce nombre de María (Madrid, 1874), Memorare (Madrid, 1880) y Santo Dios: a tres voces blancas con acompañamiento de órgano o piano. Publicó canciones, algunas con letras de su marido y otras sobre poesías de Pedro Antonio de Alarcón, como las baladas españolas Camino del cielo y El secreto. Además, compuso para el teclado obras como Pazzarella, capricho para piano (Madrid, 1884). Falleció en Madrid el 24 de noviembre de 1909. La inscripción del borde superior de la composición (Tan bello es su rostro como dulce su voz) expresiva de las cualidades de la artista, corresponde a la estrofa 61 del Canto XIV de la Jerusalén libertada de Torquato Tasso, poema épico que inspiró numerosas obras pictóricas y musicales, entre estas últimas, las de Monteverdi, Haendel, Haydn, Gluck, Jommelli y Rossini, autor este último de la ópera Armida, estrenada en 1817 (Texto extractado de Barón, J. en: El retrato español en el Prado. De Goya a Sorolla, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 126).

 
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