Destinada en origen a un lugar privilegiado, La Crucifixión ocupaba el centro del banco del retablo, en medio del Camino del Calvario y del Entierro de Cristo, conservados in situ, con los que formaba una especie de tríptico, y se destacaba en altura unos diez centímetros respecto a ellas. Juan de Flandes estableció una continuidad espacial entre las tres tablas. Las conectó en primer término mediante una especie de plataforma rocosa y también por la forma de disponer a los personajes. Mientras que, en las dos laterales, las figuras se distribuyen en planos paralelos, en La Crucifixión el pintor ideó un semicírculo de figuras en torno al Crucificado, abierto a un inmenso paisaje, en contraste con el espacio limitado de las otras dos tablas. También estableció relaciones entre las figuras de una tabla con otra como el soldado de espaldas con la lanza de La Crucifixión y el profeta del Entierro de Cristo, de frente, mirando al espectador. El lugar que ocupa La Crucifixión en el banco del retablo, a la altura de los ojos del oficiante, no sólo propicia la meditación sobre la muerte de Cristo, sino que resulta determinante a la hora de construir el espacio. Juan de Flandes utilizó un punto de vista bajo, que evoca las composiciones de Andrea Mantegna (1430/31- 1506), igual que el modo de disponer a los personajes dota de resonancias italianas a esta obra, en la que destaca el soldado, de espaldas, en primer plano.

Juan de Flandes muestra en el centro de la composición a Cristo muerto en la cruz, consumada ya la Redención, cuando sólo permanecen en el Gólgota sus parientes y discípulos a la izquierda de la tabla (la Virgen, San Juan, la Magdalena, María Cleofás y María Salomé), y los que aceptan su divinidad a la derecha: el centurión y el jinete que le acompaña detrás de Cristo y el soldado con la lanza, de espaldas en primer plano. Con la ayuda de los infrarrojos y de la radiografía se puede verificar que la idea inicial de Juan de Flandes fue distinta a la que aparece en superficie. En el lado izquierdo de la tabla había incorporado al portaesponjas entre la Magdalena y el Crucificado y dos jinetes que iniciaban su marcha hacia Jerusalén entre la Magdalena y las Marías. Sin duda, al eliminarlos, el pintor flamenco simplificó la composición, dominada por líneas rectas —sobre todo verticales— que otorgan un carácter monumental al conjunto, redujo el número de figuras, las distribuyó mejor y estableció relaciones geométricas entre ellas.

En La Crucifixión los personajes aparecen detenidos, suspensos, pero no exentos de emociones, aunque en esta tabla se muestren contenidas, traducidas al exterior sólo por la expresión de los rostros o los gestos de las manos, a las que Juan de Flandes otorgó un gran protagonismo. Y también el pintor flamenco puso especial atención en traducir los detalles como la larga melena de Cristo, las guarniciones del caballo del centurión, la armadura de época del soldado, las calaveras, las piedras preciosas en el suelo, al pie de la cruz, alusivas al paraíso, o las huellas del paso del tiempo en la terraza del primer término, en las rocas y en los edificios en ruinas, que evocan ese tiempo pasado, misterioso, en el que Juan de Flandes sitúa sus escenas.

 
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