Una obra maestra de Van der Hamen

En 2006 el Museo del Prado adquirió un amplio repertorio de pinturas de naturaleza muerta procedentes de la Colección Naseiro, enriqueciendo así poderosamente el grupo de obras de Juan Van der Hamen y León (1596-l631) que se conservan en el Museo. La pieza más preciada de dicha colección era, sin lugar a dudas, el Bodegón con alcachofas, cerezas y florero pintado por Van der Hamen (cat. p-7907), una de las obras maestras del artista y un tipo de naturaleza muerta hasta la fecha ausente de las colecciones de los museos españoles. La mayoría de los Van der Hamen del Prado llegaron al Museo -o a la Colección Real- a través del coleccionismo privado y no gracias al mecenazgo de la Corona. En ocasiones, Felipe IV comisionó algunas obras a Van der Hamen, que fue miembro de su noble Guardia de los Archeros, si bien éstas no fueron por lo general bodegones en sentido estricto. Y durante la década de 1620 el género de naturaleza muerta no ocupó lugar importante en el gusto y preferencias artísticas del joven monarca. Con posterioridad, sin embargo, dos de las obras de Van der Hamen que en la actualidad atesora el Museo del Prado –una pareja de magníficos trampantojos en los que se representan floreros y perros ( cat. p-4158 y cat. p-6413)- fueron adquiridos por Felipe IV en la almoneda de los bienes del fallecido Jean de Croÿ, Conde de Solre, un rico aristócrata flamenco, Capitán de la Guardia de los Archeros en Madrid e importante mecenas del pintor. Otros miembros de la alta nobleza, así como letrados y prósperos artesanos cuyas actividades diarias ayudaban a vertebrar la vida cortesana, se constituyen como el nucleo principal de la clientela del maestro. Pero, por encima de todos ellos, el mecenas más devoto del pintor parece que hubo de ser Don Diego Mexía, Marqués de Leganés. De hecho, las más sobresalientes naturalezas muertas jamás pintadas por Van der Hamen pertenecieron a Leganés, y entre ellas se incluía el magistral Bodegón con alcachofas, cerezas y florero.

Diego Mexía (h. 1585-1655) fue el más joven y muy querido primo hermano del Conde Duque de Olivares. Durante sus años juveniles residió en Bruselas, en la Corte de los Archiduques de Austria, en donde recibió formación como diplomático y afinó su criterio de conocedor en materia artística. En 1628, nada menos que Pedro Pablo Rubens, que le había tratado antes de haber conocido a Felipe IV, le definió como uno de los más grandes connoisseurs en el mundo. Durante gran parte de la década de 1620, Mexía residió en Madrid donde, con anterioridad a su matrimonio con Policena Spínola contraído en 1628, se le concedió un apartamento en la Casa del Tesoro, un edificio dependiente del Alcázar. Gracias a la influencia de su primo, Felipe IV le nombró Marqués de Leganés con Grandeza de España en 1627, un título que llevaba asociadas cuantiosas rentas. El año de su casamiento adquirió una gran mansión sita en la calle Ancha de San Bernardo, que aderezó con pinturas, esculturas, tapices, mobiliario fino, relojes raros y otros objetos artísticos, “puesto todo con tanto acuerdo y orden, con tanta variedad, que bien pudiera servir de acertado y sabio estudio”, tal y como refirió Vicente Carducho por el tiempo en el que Van der Hamen falleció. Su vasta memoria de actividades y variada colección de pinturas incluía obras maestras de artistas pertenecientes a cada una de las más importantes escuelas europeas, con especial predilección por la italiana y la flamenca. No obstante, también coleccionó a fondo el trabajo de un selecto grupo de pintores españoles, tales como José Ribera, Diego Velázquez y, especialmente, Van der Hamen, de quien poseyó más obra que de ningún otro maestro nacional.

Bodegón con alcachofas, cerezas y florero, que todavía presenta el número de inventario “109” de la colección de Leganés, fue pintado en 1627, año en que el Marqués recibió su título. Su amplia y escalonada composición, que ya aparecía en otra obra realizada el año previo y que asimismo poseía Leganés, fue un logro crucial para el maestro que le permitió alcanzar el apogeo de su producción como bodegonista. Van der Hamen emplea las superficies lisas y grises de los plintos y la oscura profundidad del fondo para po¬tenciar el rico colorido y la factura plástica de los lujosos objetos: el florero de cristal veneciano, el plato de porcelana Wan-Li con guindas de la repisa superior y la jarra de cristal verde sobre la tazza ubicados en el primer plano. Todos ellos, representados en contenida elegancia, quedan constituidos con una cierta monumentalidad. El modo en el que la luz penetra en la escena, semejante al de los seguidores romanos de Caravaggio, y la sutil proyección de las sombras para articular el espacio son, tal vez, los elementos más sofisticados del estilo maduro de Van der Hamen y nos revelan lo bien informado que estaba del desarrollo de las corrientes estéticas fuera de España. Entre los coleccionistas aristocráticos de su generación, Don Diego Mexía fue el más inclinado de todos por la pintura de bodegón y asiduamente coleccionó obras de este género realizadas por los más famosos pinceles de Italia, España, Francia y Flandes. El hecho de que Leganés equiparara a Van der Hamen con aquéllos se puede fácilmente atestiguar por la extraordinaria calidad que emana de la nueva obra maestra del Prado, así como por la de otras que junto a ésta se dispusieron en las galerías de su célebre palacio madrileño. —William B. Jordan

 
Ministerio de Cultura. Gobierno de España; abre en ventana nueva
España es cultura Spain is culture
Copyright © 2014 Museo Nacional del Prado.
Calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800.
Todos los derechos reservados