San José con el Niño (hacia 1650), de Sebastián Martínez

Firma: "Sebast.us f. Giennii"

San José, que está representado casi de cuerpo entero y ostenta la vara florecida que tradicionalmente lo identifica, agarra con su mano derecha el brazo izquierdo del Niño Jesús, retrayéndolo de tomar las frutas que parecen en un frutero de mimbre apoyado en una repisa. Esta acción aparentemente insignificante está repleta de contenido, pues el Niño viste una camisa carmesí y las frutas predominantes son uvas y granadas, todo lo cual tiene un significado sacrificial y eucarístico. Los personajes se encuentran en un escenario muy sobrio, y se proyectan sobre un fondo de claros y sombras construido con colores terrosos, lo que sirve para enfatizar de una manera eficaz y expresiva a San José, el Niño y la acción que desarrollan. A esa sobriedad general contribuyen también los tonos pardos de la túnica o de la propia tez del santo, con lo que se crea un marco en el que destacan vivamente tanto los rasgos infantiles y vivaces de Jesús como la frescura y la variedad formal de las frutas que aparecen en primer término.

La sobriedad, contención, economía de medios y eficacia que demuestra el autor de esta obra a la hora de componer y narrar se acompañan de una escritura pictórica muy precisa y segura, que le permite describir de manera muy individualizada una gran variedad de texturas (flores, frutos, tejidos, cabellos, carne), y crear, en una composición sencilla, una rica sucesión de planos espaciales.

El autor de esta obra, Sebastián Martínez (Jaén h. 1615-Madrid 1667), desarrolló la mayor parte de su carrera en Jaén, y es uno de los artistas más importantes de la Alta Andalucía en el siglo XVII. Durante mucho tiempo ha sido un pintor poco conocido, con un catálogo limitado y una biografía de la que se conocían pocos datos. Incluso varias noticias importantes que se daban por seguras (como las que transmitió Palomino) son, en realidad, bastante discutibles. Sin embargo, en las dos últimas décadas han aparecido nuevas noticias documentales y varias obras destacadas, que permiten perfilar mejor una personalidad artística con notables contrastes estilísticos, en la que confluyen reminiscencias de Antonio del Castillo, Alonso Cano o los pintores madrileños activos en las décadas centrales del siglo XVII.

Frente a una serie de obras firmadas o contratadas en los años 60 caracterizadas por una extraordinaria libertad de factura y una gama cromática de gran amplitud y vistosidad, como Santa Águeda (colección particular) o San Sebastián (Catedral de Jaén), existen varias con un cromatismo más reducido, una notable contención formal, y una iluminación tajante y cortante. Entre ellas figuran Santo Tomás (colección particular), San Judas Tadeo (colección particular) y el cuadro que aquí nos ocupa, en los que conviven intereses cercanos al naturalismo con una escritura rica y precisa en rostros, manos o naturaleza muerta, la cual recuerda lo que estaban haciendo algunos pintores madrileños de mediados de siglo, como Antonio de Pereda. Dentro de la carrera de Martínez, estas obras probablemente se sitúan en una época anterior a la de los cuadros citados en primer lugar, en los años cincuenta.

San José y el Niño es un cuadro también interesante desde el punto de vista de la historia de la naturaleza muerta española. La colocación en un lugar prominente de un motivo de bodegón fue común a otros pintores españoles a mediados de siglo, como Zurbarán, que en varias de sus pinturas con el tema Virgen con el Niño utiliza recursos similares. Pero en este caso, Martínez no sólo demuestra sus méritos a ocupar un lugar más que discreto entre los pintores de frutas, sino que ha sabido integrar muy inteligentemente ese motivo en la narración, en la que ocupa un lugar indispensable, pues sin su presencia el significado del cuadro sería completamente distinto.

Desde el punto de vista de la colección del Museo del Prado, la importancia del cuadro radica en que es probablemente la obra de mayor calidad de un pintor español del Siglo de Oro que en los últimos años está siendo objeto de una atención cada vez mayor, y del que hasta ahora la institución carece de piezas. Su alta calidad técnica, la forma tan delicada como se describe la acción, su carácter al mismo tiempo íntimo y monumental y la maestría con que está resuelta la composición es testimonio del nivel al que llegó la pintura barroca en la Alta Andalucía; y la presencia plásticamente tan poderosa y narrativamente tan cargada de contenido de la cesta con las frutas sirve para enriquecer la ya de por sí notable casuística de la naturaleza muerta española que ofrece el Museo del Prado. — Javier Portús

Procedencia

Christopher González-Aller, Madrid.

Bibliografía

M. Nancarrow y B. Navarrete, Antonio del Castillo, Madrid, 2004, p. 111; J. M. Palencia, Sacred Spain. Art and Belief in the Spanish World (cat. exp.), Indianapolis Museum of Art, Indianapolis, 2009, nº 70.

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