Sala 10

Sala 11

Sala 12

Sala 14

Sala 15

Sala 15a

Diego Velázquez (1599-1660)

La carrera de Velázquez se suele describir a través de los tres escenarios principales en los que transcurrió su vida: Sevilla, Madrid e Italia. En la primera se formó y dio sus primeros pasos como pintor independiente, dando muestras ya de una notable seguridad técnica y gran originalidad compositiva, características que le acompañarían siempre. En Madrid vivió entre 1623 y su muerte en 1660, con dos cortos paréntesis italianos. En la corte, al servicio de Felipe IV y en contacto con la pintura internacional, desarrolló una carrera vinculada sobre todo al retrato pero con incursiones en el campo de la mitología y la historia sagrada. La sofisticación del ambiente literario y artístico de la corte española propició las condiciones necesarias para que un artista seguro e inteligente como Velázquez desarrollara un estilo original y singular, en el que se llevaban a sus últimas consecuencias las enseñanzas de la tradición colorista veneciana y flamenca, muy bien representada en las Colecciones Reales. A Italia viajó entre 1629 y 1631 y entre 1649 y 1651, y esas estancias fueron muy relevantes para la evolución de su estilo y su promoción profesional.

Velázquez y el Naturalismo. Sala 10

Las obras tempranas de Velázquez se relacionan con las corrientes naturalistas que se estaban difundiendo por Europa a comienzos del siglo XVII tras la revolución pictórica de Caravaggio (1571-1610). Esta etapa transcurrió durante sus años de formación y despegue profesional en Sevilla y en el primer lustro de residencia en la corte madrileña (1623-29), y se caracteriza por el uso de una gama cromática limitada, con predominio de tonos pardos, el empleo de una técnica descriptiva muy precisa y la utilización de modelos humanos aparentemente inspirados en la experiencia cotidiana. Esa técnica y ese ideario estético fueron puestos al servicio de una amplia variedad de asuntos que convierte a Velázquez en uno de los pintores españoles más versátiles de su tiempo.

Como retratista supo crear en Sevilla obras de la complejidad y la rotundidad de Francisco Pacheco o Sor Jerónima de la Fuente, y consiguió adaptarse en Madrid a las características del retrato cortesano. Como pintor religioso, el uso de modelos extraídos de su propio entorno familiar le permitió crear una Adoración de los Magos veraz y emotiva al mismo tiempo. Finalmente, como autor de pinturas mitológicas supo actualizar el mito antiguo y dotarlo de nuevos contenidos.

Velázquez. El viaje a Italia. Sala 11

En 1629, con treinta años, Velázquez emprendió su primer viaje a Italia, probablemente estimulado por Rubens. Su principal destino fue Roma, y en los dos años que permaneció allí su estilo pictórico experimentó un cambio profundo, al contacto con la escultura antigua y la pintura moderna. Fue el momento más “clásico” de su carrera, en el que se produjo un equilibrio entre la precisión descriptiva de su etapa anterior y la fascinación por el color que desarrollaría más tarde.

Fruto de ese viaje fue La fragua de Vulcano, una historia mitológica que le sirvió para plantear problemas de construcción pictórica y de expresión de las emociones, que era uno de los temas que más interesaban a los artistas activos en Roma. Su comparación con Los borrachos (sala 10) es muy útil para comprobar el enorme salto cualitativo que experimentó el estilo de Velázquez en el plazo de dos o tres años. En Roma pintó también las dos Vistas de Villa Médicis, que son el resultado de llevar el interés por el natural al ámbito del paisaje y constituyen sendos hitos en la historia del género por su espontaneidad y porque en ellos la luz y la atmósfera se convierten en motivos pictóricos.

Velázquez. El retrato real. Sala 12

Desde que se asentó en Madrid en 1623 hasta su muerte en 1660, Velázquez trabajó para Felipe IV, y la tarea a la que se dedicó con mayor frecuencia fue a la de retratista del monarca y su entorno. Su punto de partida fue la tradición del retrato cortesano que se remontaba a Tiziano y Antonio Moro y que en Madrid habían continuado Alonso Sánchez Coello o Juan Pantoja de la Cruz. De ella proceden algunas fórmulas compositivas y, sobre todo, el gusto por la gravedad y por una distancia comunicativa que se consideraban atributos de la majestad real.

Velázquez supo mantener esas características al tiempo que renovaba las viejas tipologías y las adaptaba a la evolución de su propio estilo pictórico. La factura cuidadosa y detallada de los primeros retratos reales dejaron paso, en las efigies ecuestres y de cazadores de mediados de los años treinta, a una mayor libertad de factura, un notable interés por la descripción del medio natural y una gama cromática más libre que desembocó en la suntuosidad de los retratos de los años cincuenta como el de Mariana de Austria. Por último, en Las meninas demuestra hasta qué punto su condición de retratista real formaba parte primordial de su identidad personal y creativa.

Velázquez. Pintura religiosa. Sala 14

Una de las cosas que distinguen a Velázquez de la mayoría de sus colegas españoles es lo poco que cultivó la pintura religiosa tras establecerse en la corte en 1623. Entre ese año y 1640 apenas hizo media docena de cuadros de ese género, al que no volvió durante los últimos veinte años de su carrera. Esas pocas obras son, sin excepción, de gran calidad y fueron pintadas muy cuidadosamente, y en ellas supo tratar la historia sagrada con gran originalidad.

El Cristo crucificado lo revela como un maestro de la descripción anatómica que, a la par, ha utilizado el vacío del fondo, la rigurosa composición triangular y el misterio que crea la caída de la melena sobre el rostro para construir una obra llena de emoción que, además, constituye uno de los puntos de referencia del imaginario religioso español. En cambio, San Antonio Abad y san Pablo ermitaño se caracteriza por una narración más complicada y sobresale por la importancia que concedió al paisaje, de una prodigiosa levedad de materia pictórica. Fue un encargo real, al igual que La Coronación de la Virgen, que fue pintada para integrarse en una serie de escenas marianas realizadas por Alessandro Turchi (1578–1649).

Velázquez. Enanos y bufones. Sala 15

Las llamadas “gentes de placer” formaban parte fundamental de las cortes europeas y también de la española. Además de ser una fuente de diversión, estos personajes constituían un atributo del poder real, y por ello fueron objeto de atención de los retratistas cortesanos, que los representaron solos o acompañando a príncipes o monarcas. Velázquez los retrató al menos en diez obras, y entre ellas Las meninas, circunstancia que se vincula tanto con su condición de retratista real como con su interés específico por ellos.

En su representación se permitió libertades compositivas y estilísticas impensables en otras efigies, pues se trataba del tipo de retrato en el que podía alejarse más de la tradición y en el que podía establecer una relación más abierta con el motivo pictórico. El resultado es un conjunto de pinturas de una audacia compositiva, una soltura técnica y una empatía con el retratado sin parangón en la historia del género. En esta sala se expone la mayor parte de ellas, pero el visitante también las encontrará en la sala XXVII, donde se muestran El bufón don Juan de Austria y El bufón Barbarroja, y en la XII, con las citadas Meninas.

Velázquez. Pintura mitológica. Sala 15a

El trabajo al servicio de la corte puso a Velázquez en contacto con magníficas obras mitológicas de las Colecciones Reales. De ellas extrajo enseñanzas técnicas y adquirió conciencia de las posibilidades inigualables que ofrecía ese género para transmitir contenidos narrativos y para demostrar la amplitud de conocimientos del pintor diestro en su arte, inteligente y culto.

Velázquez aprovechó esas posibilidades en, al menos, once cuadros; cinco se han perdido, otros tantos se exponen en el Prado y La Venus del espejo en Londres. En todos ellos se mostró como un originalísimo intérprete de la mitología, que utilizó como un campo propicio para la experimentación formal y narrativa como muestra Mercurio y Argos, una obra de extraordinaria y valiente factura. En este tipo de cuadros dio rienda suelta a su gusto por la paradoja, que está presente desde su etapa sevillana y que le llevó a representar a Marte como un guerrero melancólico y no como un héroe victorioso; o a esconder la disputa entre Palas y Aracne en el fondo de Las hilanderas, cuyo primer término está dominado por una escena aparentemente costumbrista. La referencia al Rapto de Europa de Tiziano por medio de la copia que hizo Rubens sirvió a Velázquez para reflexionar sobre la tradición pictórica a la que pertenecía.

 
Ministerio de Cultura. Gobierno de España; abre en ventana nueva
España es cultura Spain is culture
Copyright © 2014 Museo Nacional del Prado.
Calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800.
Todos los derechos reservados