Num. de catálogo
P01616
Autor
Patinir, Joachim
Título
El paso de la laguna Estigia
Cronología
1520 - 1524
Técnica
Óleo
Soporte
Tabla
Medidas
64 cm x 103 cm
Escuela
Flamenca
Tema
Mitología
Expuesto
Si
Procedencia
Colección Real (probablemente colección de Felipe II; Real Alcázar, Madrid, cuarto bajo con ventana al Jardín de la Priora, 1636; salvado del incendio del Alcázar, 1734; Palacio del Buen Retiro, Madrid, 1789, nº 353).

Esta pintura de Patinir destaca por su originalidad y su composición, distinta a la habitual, formada por planos paralelos escalonados. Favorecido por el formato apaisado de la tabla, el autor divide verticalmente el espacio en tres zonas, una a cada lado del ancho río, en el que Caronte navega en su barca con un alma.

Tomando como fuente de inspiración las representaciones anteriores del Paraíso o del Purgatorio del Bosco, decisivas en su proceso y creación final, Patinir reúne en una única composición imágenes bíblicas junto a otras del mundo grecorromano. El ángel situado en un promontorio, los otros dos, no lejos de éste, que acompañan a las almas, y algunos más, junto con otras almas minúsculas, al fondo, permiten conocer a la izquierda el Paraíso cristiano. Por el contrario, el Cancerbero parece identificar el Infierno representado a la derecha con Hades, asociándolo con la mitología griega, lo mismo que Caronte con su barca.

Patinir sitúa la escena en el momento en que Caronte ha llegado al lugar en que se abre un canal a cada lado de la Estigia, momento de la decisión final, cuando el alma a la que conduce tiene que optar por uno de los dos caminos. Debe conocer la diferencia entre el camino difícil, señalado por el ángel desde el promontorio, que lleva a la salvación, al Paraíso, y el fácil, con prados y árboles frutales a la orilla, que se estrecha al pasar la curvatura oculta por los árboles y conduce directamente a la condenación, al Infierno. El modo en que Patinir representa el alma, de estricto perfil, con el rostro y el cuerpo girado en dirección al camino fácil, que lleva a la perdición, confirma que ya ha hecho su elección y que esa es la vía que va a seguir.

A fines de la Edad Media existía toda una serie de metáforas para expresar esta idea, tanto bíblica como clásica. De todas ellas, Patinir parece haberse inspirado en el Evangelio de San Mateo. No hay duda de que refleja en esta obra el pesimismo de una época tan turbulenta como la que le tocó vivir, en plena Reforma protestante. Al llevar a cabo esta obra, Patinir la convierte en un memento mori, en un recordatorio, a quien la contemple, para que quede avisado de que es preciso prepararse para este momento e, imitando a Cristo, seguir el camino difícil, sin hacer caso de los falsos paraísos y tentaciones engañosas.

Se desconocen los motivos que tuvo el comitente para mandar hacer a Patinir una obra como ésta y tampoco se sabe el lugar para el que fue destinada, aunque más que un cuadro de altar parece una pintura de gabinete, propio de ambientes cercanos al humanismo. Al no tener un modelo previo, el pintor -sin duda ayudado por el cliente o su mentor- tomó como fuente de inspiración representaciones anteriores del Paraíso o infernales para el Purgatorio, particularmente las del Bosco, que fueron decisivas a lo largo del proceso creativo y en su consecución final. Con ayuda de los infrarrojos y los rayos X se comprueban los cambios realizados en su idea inicial. Si ya son notables en el Paraíso, con sus construcciones fantásticas evocadoras del Jardín de las Delicias del Bosco (P2823), que le otorgan en superficie una apariencia mucho más bosquiana que en el dibujo, en el Purgatorio son aún más importantes. Por el contrario, aquí su deuda con el Bosco es menor que en el dibujo subyacente. El demonio gigantesco visible desde la orilla se elimina, y el primer plano se convierte en un falso Paraíso, enfrentado a los arrecifes que dificultan la entrada al verdadero. De ese modo, el cuadro se equilibra y conceptualmente se expresa de forma mucho más convincente la idea del alma en la encrucijada. Y no sólo eso, cuando se contempla el cuadro en conjunto, una vez más, el paisaje es el que domina y los préstamos tomados del Bosco -o las evocaciones de su pintura- se reducen, al no multiplicar el pintor el número de demonios y condenados y empequeñecer su escala -como también la de los ángeles, los elegidos y los animales del Paraíso- hasta el punto de ser casi imperceptibles sobre el fondo.

Por lo que respecta a la autoría, tanto el dibujo como la forma de materializar el color abogan por que se trata de una obra autógrafa de Patinir, realizada sin colaboración, en la que Caronte muestra las características propias del pintor.

En lo que concierne a la cronología, es difícil de precisar. Sin duda pertenece al periodo más tardío del pintor, unos años antes de su muerte, que seguramente ocurrió en 1524. Buscando ajustar más la fecha, podemos apuntar que las características que muestra el dibujo y la forma de trabajar la superficie, muy cuidada, abogan por que debió de realizarse al concluir el periodo medio de Patinir, con cuyas obras tardías tiene puntos en común, quizás hacia 1520, probablemente antes que el San Antonio del Prado (P1615) y el Paisaje con san Cristóbal del Escorial (Texto extractado de Silva, P. en: Patinir. Estudios y catálogo crítico, Museo Nacional del Prado, 2007, pp. 150-163).

 

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