Michelangelo Merisi, apodado “Caravaggio” por el lugar de origen de su familia, nació en Milán en 1571 y falleció en Porto Ercole en 1610; se cumplen ahora, por tanto, cuatrocientos años de su muerte.

Es una de las figuras capitales de la historia de la pintura, iniciador del llamado “naturalismo tenebrista”, que buscaba un acercamiento al “natural” y a la veracidad en los modelos representados en los cuadros, sin obviar los aspectos desagradables o vulgares que pudieran llevar implícitos. Los fuertes contrastes lumínicos que caracterizan sus composiciones contribuyen a acrecentar el dramatismo de las escenas representadas con el fin de influir en el espíritu del espectador, siguiendo las directrices del Concilio de Trento. Su estilo influyó profundamente en la pintura europea de la primera mitad del siglo XVII.

Formado en Milán, a mediados de 1592 se trasladó a Roma, donde consiguió la protección del cardenal Francesco del Monte, que le encargó varias obras de género, religiosas y mitológicas, y le proporcionó nuevos y distinguidos clientes, como los cardenales Borromeo, Barberini y Aldobrandini, entre otros. A partir de ese momento consiguió gran número de importantes encargos, tanto públicos como privados.

De carácter violento y pendenciero -en 1606 mató a un hombre y tuvo que huir de Roma-, tuvo una vida agitada y aventurera. Sin dejar de pintar, pasó los últimos años de su vida en una continua huída -por Nápoles, Malta, Sicilia y, nuevamente, Nápoles- hasta su temprana muerte en 1610, con apenas treinta y nueve años -posiblemente a causa de una disentería-, cuando trataba de regresar a Roma en busca del perdón papal.

Caravaggio en el Prado: David vencedor de Goliat

 
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