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Aparición del apóstol san Pedro a san Pedro Nolasco [Zurbarán]
1629, óleo sobre lienzo, 179 x 223 cm, firmado en el centro de la parte baja: «FRANCISCVS ?ZVRBARN FACIEBAT I629» [P1237].
Por contrato fechado en 1628 con el comendador del convento de la Merced Calzada de Sevilla, Zurbarán se compromete a concluir en un año veintidós cuadros de dos varas de alto por dos y media de ancho (168 x 200 cm) sobre la historia de san Pedro Nolasco, «con la ayuda de quienes le fueron necesarios». No sabemos si Zurbarán y sus asistentes llegaron a terminar esta importante serie destinada a «vestir el segundo claustro donde está el refectorio», hoy llamado «de los bojes». En 1780 Ponz vio allí quince cuadros, pero Ceán Bermúdez contó solo doce en 1800. Actualmente conocemos siete obras del ciclo, indudablemente de su mano, repartidas en varios museos y colecciones, mientras otros cuatro lienzos conservados en la catedral de Sevilla son obra de un ayudante. San Pedro Nolasco (h. 1180-1249?), fundador de la orden de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de los Cautivos, fue canonizado el 30 de septiembre de 1628. En Sevilla los festejos en honor de la canonización se celebraron con brillantez en mayo de 1629. Por dichas fechas ya estarían colocados algunos de los cuadros de Zurbarán en el convento de los mercedarios, actual Museo de Bellas Artes de Sevilla. Las biografías del fundador de la orden cuentan que tuvo dos visiones, una de san Pedro crucificado y otra de la Jerusalén celeste. Ambos episodios, pintados por Zurbarán y conservados en el Prado, fueron antes representados en la Historia de san Pedro Nolasco en estampas, grabada en 1627 sobre dibujos de Jusepe Martínez. San Pedro Nolasco deseaba ardientemente ir en peregrinación a Roma para rezar ante la tumba de su ilustre patrón, el apóstol Pedro. El apóstol se le apareció en sueños durante tres noches consecutivas, consolándole por no haber podido realizar el viaje. La tercera noche, mientras Pedro Nolasco oraba de rodillas, el apóstol se le apareció crucificado, cabeza abajo, y le aconsejó que no saliera de España donde estaba realizando una meritoria labor. No hay duda de que Zurbarán había visto la sor­prendente composición oblicua de Jusepe Martínez, pero san Pedro Nolasco está representado aquí mucho más joven, según las descripciones que aparecen en la mayoría de sus biografías. Es muy probable que el artista recibiera instrucciones específicas del reverendo padre comendador de la Merced Calzada que le pudo haber facilitado los grabados como modelos. Basán­dose en esta fuente iconográfica, Zurbarán interpreta de una manera peculiar e inconfundible la visión sobrenatural. El cuerpo desnudo del apóstol, de rigurosa precisión anatómica, va ceñido por un paño de pureza de un blanco deslumbrante, mientras que su rostro, verdadero retrato naturalista de un anciano, refleja en su expresión la intensa tensión de su postura. El resplandor de la aparición envuelta en una nube dorada ilumina la parte derecha del cuadro donde está arrodillado el joven mercedario con los brazos abiertos de orante. La inmensa capa marfi­leña con sus ricos pliegues doblados destaca sobre un fondo oscuro y neutro. Por primera vez en su joven carrera sevillana, Zurbarán se confronta con mucho rea­lismo al tema de una visión. La simplicidad de la composición en línea diagonal, la supresión de toda referencia espacial y la monumentalidad de las figuras de los santos crean un ambiente intemporal perfectamente logrado.

Odile Delenda

Bibliografía

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