Enciclopedia online

Bodegón de caza, hortalizas y frutas [Sánchez Cotán]
1602, óleo sobre lienzo, 68 x 89 cm, firmado [P7612].
Los primeros bodegones españoles firmados y fechados que conocemos fueron pintados en Toledo antes de 1603 por Juan Sánchez Cotán: justamente famosos en vida del artista, siguen contándose entre las más admiradas muestras del género en toda la historia del arte. Este Bodegón de caza, hortalizas y frutas, pintado en 1602, no solo es el primero español con fecha y firma, sino también una de las obras maestras de su autor. Se anotó en el inventario de los bienes del artista hecho en agosto de 1603 como «Otro lienzo del cardo adonde estan las perdizes ques el original de los demás ques de Juan de Salazar». En el siglo XIX perteneció a la colección del infante don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza; confiscado para el Museo de la Trinidad en 1835 (n.º 393), fue devuelto a su dueño en 1861, y permaneció en manos privadas por sucesivas herencias hasta que en 1991 el Museo del Prado lo adquirió de los herederos de don Manfredo de Borbón, duque de Hernani. No es posible dilucidar hasta qué punto se dejó influir Sánchez Cotán por las cualidades formales de los bodegones que su maestro Blas de Prado pintó antes de 1593, ya que no conocemos ninguno de éstos. Pero en su empeño de «copiar» la naturaleza pudo igualmente inspirarse en las descripciones de los bodegones de artistas de la Antigüedad clásica como Zeuxis y Parrasio, reunidas en la Historia natural, de Plinio el Viejo, y otras fuentes literarias. Pinturas como Bodegón de caza, hortalizas y fruta pudieron ser vistas como obras modernas que igualaban y aventajaban a aquellos precedentes legendarios. Esa visión humanista de la naturaleza muerta como rehabilitación moderna de lo antiguo habría sido compartida en Toledo por El Greco, a quien Sánchez Cotán conocía, y por su círculo de amigos ilustrados. El hecho de que Sánchez Cotán ingresara como hermano lego en la orden cartujana en 1603, y la religiosidad latente que se le atribuye, ha teñido las interpretaciones de sus bodegones, que para algunos contempladores parecen poseer una dimensión sacra. Lo cierto es que esta composición particularmente abundante y nada austera de comestibles apetitosos, con carne, verduras y frutas, no parece reflejar el supuesto carácter «monástico» de sus lienzos, que algunos autores han exagerado. Los mismos motivos, y el cardo en particular, fueron muy empleados por otros artistas que no compartían sus inclinaciones devotas. Ello no impediría, sin embargo, que un espectador piadoso interpretara algunos de sus bodegones como celebración de las riquezas del mundo creado por Dios. Esta pintura, como todos los restantes bodegones conocidos de Sánchez Cotán, presenta alimentos meticulosamente pintados en un hueco de ventana. El delicioso ilusionismo del artista es un ingrediente poderoso de estas obras, que cabe calificar de trampantojos, y quizá se deba al tópico del artista que en su fiel imitación de la naturaleza llega al extremo de la ilusión o el engaño visual, referido en la anécdota clásica de las uvas pintadas de Zeuxis, que fue piedra de toque para todos los pintores de naturalezas muertas. El hueco dibujado en perspectiva es un expediente muy eficaz para disolver la superficie pictórica y crear una abertura ficticia, un «proscenio» donde componer los elementos de bodegón de tamaño natural, colocados sobre una infinitud profunda y oscura que contribuye al convincente efecto de tridimensionalidad. Aunque esa clase de hueco pudo tener su origen en el cantarero o fresquera de las casas de la época, la premeditación que se evidencia en la disposición de los motivos denota que estos bodegones tienen muy poco que ver con ninguna función utilitaria del espacio representado. En el citado inventario se califica a este bodegón de «original de los demás», y el cardo aparece al menos en otra pintura de Sánchez Cotán, Bodegón con cardo y francolín (colección Barbara Piasecka Johnson, Princeton). Siendo, según se deduce, propiedad de Juan de Salazar, iluminador de manuscritos y albacea del artista, no está claro por qué se encontraba en posesión de éste cuando se inventarió en agosto de 1603, pero cabe la posibilidad de que fuera para copiar algunos o todos sus elementos en otras obras. La costumbre de reciclar elementos, muy corriente entre los pintores de naturalezas muertas, venía facilitada en obras como ésta, cuyos componentes son relativamente autónomos. Los comestibles aquí escogidos no son demasiado perecederos, por lo que el artista tendría tiempo de representarlos cuidadosamente a lo largo de una serie de sesiones. Aunque parece que lo que primordialmente le interesaba era su representación visual y no su consumo, las hortalizas están limpias de tierra y libres de rabos y hojas, como para venderlas o cocinarlas. Las aves de caza conservan sus plumas; los pajaritos ensartados todavía se preparan así para meterlos al horno. El cardo, alimento ­común en la época, es quizá el motivo más característico de Sánchez Cotán y un vehículo pictórico de considerable importancia en sus composiciones. Aquí el artista lo ha doblado para acomodarlo en el hueco de la ventana, a cuyo ángulo recto sirve de contraste la curva de la hortaliza. Aparte del atractivo visual de su elegante y compleja arquitectura, el cardo desempeñaba un papel práctico como elemento de gran formato capaz de dar altura a la composición y enlazar las zonas superior e inferior del cuadro. Probablemente fue un deseo similar de componer dentro del espacio entero de la ventana lo que en un principio llevó a Sánchez Cotán a colgar objetos de una cuerda. Aunque algunos comestibles se cuelguen para conservarlos frescos, está claro que el pintor ha explotado la idea en busca del máximo efecto artístico; estudia sobre la oscuridad las siluetas ininterrumpidas de los objetos, y los ordena en composiciones satisfactorias que parecen escapar a las limitaciones de la gravedad. En esta composición, rica en poesía visual, podemos imaginarle atando cada manzana a su cuerda para registrarlas fielmente una por una. Los contemporáneos no debían estar acostumbrados a ver una pintura naturalista del virtuosismo técnico de la de Sánchez Cotán, cuyos bodegones siguen hipnotizando al espectador de hoy. Su detalle descriptivo invita a contemplarlos largamente y a admirar la pericia del pintor, que ha sabido mostrar con exactitud el color, la forma y la escala relativa de cada uno de los elementos y ha registrado con esmero los pelillos de las cuerdas, las raicillas de los tubércu­los y hasta la última espina del cardo. Son detalles que solemos pasar por alto en nuestra experiencia real de esos comestibles ordinarios, y reflejan la arrobada intensidad de la mirada del artista. No faltan siquiera leves imperfecciones, como la parte picada en la manzana de la izquierda, a tono con la idea del bodegón como un ejercicio de «imitación de la naturaleza», un registro fiel de las apariencias puras.

Peter Cherry

Bibliografía

  • Bryson, Norman, Looking at the Overlooked. Four Essays on Still-Life Painting, Cambridge, ­Harvard University Press, 1990.
  • Jordan, William B., La imitación de la naturaleza: los bodegones de Sánchez Cotán, Madrid, Museo del Prado, 1992.
  • Jordan, William B., y Cherry, Peter, El bodegón español de Velázquez a Goya, Madrid, El Viso, 1995.
  • Pintura española de bodegones y floreros de 1600 a Goya, cat. exp., Madrid, Ministerio de Cultura, 1983.
  • Spanish Still Life in the Golden Age, 1600-1650, cat. exp., Fort Worth, Kimbell Art Museum, 1985.
Bodegón de caza, hortalizas y frutas[Sánchez Cotán]
Lupa
Bodegón de caza, hortalizas y frutas[Sánchez Cotán]
 
Ministerio de Cultura. Gobierno de España; abre en ventana nueva
España es cultura Spain is culture
Copyright © 2014 Museo Nacional del Prado.
Calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800.
Todos los derechos reservados