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Buen Retiro, El. Comenzado a construir en 1630, el palacio tuvo su origen en la orden dada por Felipe II a Luis de Vega de crear un cuarto real en torno a la iglesia de San Jerónimo, al que el monarca pudiera retirarse durante los periodos de cuaresma, penitencia o luto. En 1629 Felipe IV, por sugerencia de su valido don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, decidió ampliarlo, y utilizó para ello los terrenos de la finca que ese mismo año el privado le había cedido en las inmediaciones del convento jerónimo. Las obras dieron comienzo en 1630 dirigidas por Olivares, nombrado alcaide del real sitio, quien a su vez designó a Giovanni Battista Crescenzi como superintendente de las mismas y a Alonso Carbonell como maestro mayor. Si bien inicialmente, con la ampliación tan solo se quería dotar el cuarto real de habitaciones para la reina, en 1632 se decidió construir un gran palacio que sirviera de lugar de descanso y entretenimiento regio en el que, en palabras del propio Felipe IV: «Yo y mis sucesores pudiésemos, sin salir de esta corte, tener alivio y recreación». La nueva residencia suburbana del monarca se construyó siguiendo el modelo de alcázar de planta cuadrada con torres en las esquinas coronadas por chapiteles y un gran patio central utilizado desde los tiempos de Feli­pe II. Pero la falta de un proyecto general en la concepción del real sitio y las prisas de Olivares por acabar las obras dieron como resultado un palacio desarticulado carente de un eje principal, tal y como se puede apreciar en la Vista del palacio y jardines del Buen Retiro atribuida a Jusepe Leonardo (Patrimonio Nacional, Madrid). Con la conclusión del palacio en 1633, el real sitio, que cambió su nombre de «cuarto real de San Jerónimo» por el de «Casa Real del Buen Retiro», se convirtió en el marco de celebración de numerosos festejos, representaciones teatrales, corridas de toros, juegos ecuestres, naumaquias y demás diversiones, que se sucedieron sin apenas tregua durante el reinado de Felipe IV. Junto a este tipo de entretenimientos, celebrados en su mayoría en la «plaza cuadrada», los miembros de la familia real también podían asistir a las ceremonias religiosas oficiadas en las distintas ermitas diseminadas por el real sitio y disfrutar de la naturaleza navegando por el «estanque grande» o bien paseando por los amplios jardines, ornamentados con fuentes, estatuas, albercas y estructuras abovedadas recubiertas de vegetación. Exteriormente el conjunto era de una gran sencillez debido a los materiales modestos que se habían utilizado. La entrada al real sitio se hallaba situada en el «patio del Emperador», denominado así por la estatua de El emperador Carlos V y el Furor, obra de Pompeo Leoni (Prado) situada en el centro. Entre las distintas estancias del palacio, las más significativas construidas durante el reinado de Felipe IV fueron la planta principal de la antigua ala norte, en donde se ubicaba el Salón de Reinos (1634), el salón de baile o Casón (1637) y el teatro o Coliseo (1638-1640), de planta ovalada, en donde se representaron sofisticados espectáculos dotados de complejas escenografías móviles ideadas por artistas ita­lianos de la talla de Cosme Lotti o Baccio del Bianco. Tras la caída de Olivares y el fallecimiento de la reina Isabel de Borbón y del príncipe Baltasar Carlos, el palacio del Buen Retiro sufrió varios años de abandono hasta la boda de Felipe IV con Mariana de Austria en 1649. A partir de entonces, el Retiro volvió a ser marco de fiestas y representaciones teatrales, y comenzaron nuevas obras para la mejora del real sitio, entre las que destacaron las decoraciones al fresco que los italianos Agostino Mitelli y Angelo Michele Colonna realizaron en la década de 1650 en la ermita de San Pablo (el boceto de la decoración de la bóveda se conserva en el Prado, P2907), que transformaron el edificio sacro en «casino» profano, que a su vez se decoró en el exterior con las esculturas de bronce de Felipe II y María de Hungría, obras de Leoni (Prado). Durante el reinado de Carlos ii, el Retiro fue, en palabras de Brown y Elliott, «escenario tanto de espectáculos como de maniobras políticas», ya que en el real sitio, incluso antes de la muerte de Felipe IV, se le asignaron habitaciones a Juan José de Austria, hijo bastardo del monarca, y María Inés Calderón, conocida como «La Calderona». Con todo, la intervención más significativa ejecutada en el palacio durante el gobierno del último representante de la dinastía de los Austrias fue la decoración al fresco, entre 1694 y 1695, de varias estancias del Casón por Luca Giordano, entre las que destaca la representación de la Alegoría del Toisón de Oro en la bóveda del salón de baile. La llegada de los Borbones supuso el comienzo de una nueva época de esplendor para el Buen Retiro. Desde 1708, Felipe V, quien prefería este palacio al Alcázar, tuvo intención de remodelar el real sitio según los gustos de la corte francesa. Por ello encargó al arquitecto galo Robert de Cotte una serie de proyectos (conservados en la Biblioteca Nacional de París) orientados a dotar al Buen Retiro de la magnificencia y esplendor que debía tener la residencia del monarca Borbón. Debido a la complicada situación política que vivía la Corona, no fue hasta 1712, con la llegada de su ayudante René Carlier, cuando De Cotte comenzó a proyectar las reformas del real sitio. Encaminadas inicialmente a introducir un control en la anárquica organización del edificio, dotarlo de una entrada monumental, y remodelar los jardines, el arquitecto parisino llegó incluso a diseñar un nuevo palacio en forma de «u» de enormes dimensiones al más puro estilo francés. Finalmente, todo quedó sobre el papel, ya que tan solo se realizaron intervenciones de carácter parcial y el jardín del «parterre», debido al elevado coste del proyecto, la necesidad de ejecutar inmensas obras de nivelación de los terrenos y la llegada en 1715 de la segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio, quien reorientó el gusto de la corte hacia Italia. El incendio del Alcázar en 1734 dio comienzo a la última etapa de esplendor del real sitio. Ante la decisión de reconstruir el palacio de nueva planta, los monarcas se trasladaron al Buen Retiro. Convertido en residencia oficial y sede de los consejos, el interior del palacio fue totalmente remodelado para adaptarse a las necesidades y usos que exigía la etiqueta cortesana, para lo que se llevaron a cabo profundas reformas, dirigidas por Santiago Bonavia, en el Coliseo (1737), en los apartamentos del infante don Felipe (1739) y del infante-cardenal (1742), estos últimos bajo la dirección de Vigilio Rabaglio, y en el cuarto de los reyes (1746). Fernando VI continuó con las mejoras, entre las que destacaron especialmente las realizadas en el tea­tro para adaptarlo a los requisitos que exigían las representaciones de ópera, y las promovidas por Sabatini ya en el reinado de Carlos III. El nuevo monarca tan solo vivió en el Retiro hasta 1764, cuando concluidas las obras del Palacio Real se trasladó a la que sería su nueva residencia, y dos años más tarde cedió el palacio del Buen Retiro a las tropas de Infantería y Caballería. A este gesto se sumaron la instalación en la ermita de San Antonio de una fábrica de porcelana (1759), la apertura de un sector de los jardines al público (1767) y la cesión de parte de los terrenos del Buen Retiro a la villa, que posteriormente fueron utilizados para poner en práctica el programa ilustrado del monarca. Así, con la reforma del paseo del Prado, el real sitio quedó integrado en la ciudad y, siguiendo el programa científico del rey, se ubicaron allí el Jardín Botánico, el Museo de Ciencias Naturales y el Observatorio, proyectados por Ventura Rodríguez. El siguiente capítulo de la historia del palacio del Buen Retiro lo constituye la Guerra de la Independencia. Durante la ocupación francesa, el palacio quedó convertido en cuartel general del ejército napoleónico. Los jardines fueron excavados y desmontados, los árboles talados, se crearon tres recintos fortificados y numerosos edificios del real sitio fueron demolidos o convertidos en arsenales. A estos desmanes se sumó la destrucción provocada por la lucha, por lo que cuando las tropas francesas abandonaron el recinto en agosto de 1812, el Retiro estaba prácticamente arrasado. Durante el reinado de Fernando VII, tras demolerse las fortificaciones francesas y las ruinas del palacio, del que tan solo quedaron en pie el Casón -que en 1834 se destinó a albergar las sesiones del estamento de próceres y en 1841 el Gabinete Topográfico- y el ala donde se ubicaba el Salón de Reinos -alquilada en 1841 para Museo de Artillería-, el palacio del Retiro perdió su carácter de residencia regia, y sus terrenos se convirtieron en amplios jardines y en lugar de experimentación para los distintos arquitectos que trabajaron en él, destacando las intervenciones llevadas a cabo por Isidro González Velázquez. Finalmente, en 1868 un decreto del Gobierno provisional, confirmado por ley en 1869, transfirió el Real Sitio del Buen Retiro al Ayuntamiento. Del mismo no quedan más que los jardines, muy modificados, el Casón, que, tras ser restaurado en 1881, abrió de nuevo sus puertas como sede del Museo de Reproducciones Artísticas y desde 1974 acogía la sección de arte del siglo XIX del Museo del Prado, y el edificio que, ocupado por el Museo del Ejército, alberga el Salón de Reinos. Respecto al modo en que fue decorado el palacio, tras la conclusión de las obras en 1633, comenzó el proceso de amueblamiento. Para ello, dado que Felipe IV se negó a trasladar, salvo excepciones, piezas de las colecciones reales para adornar el nuevo palacio del Buen Retiro, el conde-duque de Olivares se vio obligado a iniciar una frenética campaña de adquisiciones de obras de arte. A través de compras, encargos y «donaciones» de distintos miembros de su familia, don Gaspar de Guzmán consiguió reunir, entre 1633 y 1640, numerosos muebles y tapices, y más de ochocientas pinturas con las que «cubrió», de una forma un tanto heterogénea, las paredes de las catorce galerías de la parte pública del palacio y los numerosos apartamentos de uso privado, siguiendo los gustos del monarca, gran connoisseur y coleccionista. La procedencia de las obras era muy diversa. Respecto a las esculturas, destacó el encargo realizado a Pietro Tacca del Retrato ecuestre de Felipe IV (Plaza de Oriente, Madrid), que fue instalado en el jardín de la reina en 1643. En relación con las pinturas, se trasladaron algunas de palacios reales poco frecuentados como el de La Ribera (Valladolid) y, a tra­vés de las adquisiciones realizadas a miembros de la corte, ingresaron en el palacio del Buen Retiro La fragua de Vulcano (Prado) y La túnica de José (monasterio de San Lorenzo de El Escorial), de Velázquez, y las ­pinturas de Ticio e Ixión, de José de ­Ribera (ambas en el Prado). A estas adquisiciones se sumaron las compras y encargos realizados en el extranjero. En Roma, Manuel de Moura, marqués de Castel Rodrigo, encargó dos series de paisajes con escenas del mundo pastoril y de anacoretas en las que participaron Claudio de Lorena, Nicolas Poussin, Jan Both, Gaspard Dughet, Jean Lemaire y Jacques d'Arthois. En Nápoles, Manuel de Acevedo, conde de Monterrey, y Ramiro Núñez de Guzmán, duque de Medina de las Torres, contrataron a artistas de la talla de Lanfranco, Domenichino, Aniello Falcone y Artemisa Gentileschi la realización de distintas pinturas sobre la vida de la antigua Roma. Desde Flandes, el cardenal-infante don Fernando también envió distintas obras para la de­co­ración del nuevo palacio, bien de su colección privada, como El aguador de Sevilla (Museo Wellington, Londres), de Velázquez, o compradas y encargadas a pintores flamencos. Entre los numerosos lienzos de paisajes, marinas y cacerías, destacaron las pinturas realizadas por Rubens, por ejemplo, El juicio de Paris (Prado), y Frans Snyders. En la decoración del Retiro también participaron distintos artistas españoles. Además de las pinturas que decoraban el Salón de Reinos, en el palacio se encontraban obras de Velázquez en una de las estancias del aposento de la reina, donde se habían reunido varios retratos de bufones, de los que se conservan cuatro en el Museo del Prado [P1198, P1199, P1200 y P1205], y en la ermita de San Antonio de Padua, donde estaba colgada la Visita de san Antonio Abad a san Pablo ermitaño (Prado), además de pinturas de Pedro Orrente, Francisco Collantes o Antonio de Pereda. Así, frente a la colección del Alcázar, en donde se encontraban las grandes obras de artistas del pasado, en el Buen Retiro se reunió una galería de pintura contemporánea, en donde primaban las obras de temática de paisajes y bodegones, acordes con la condición de villa suburbana de placer que tenía el palacio, que cons­ti­tuía una visión de las distintas tendencias pictóricas italianas, flamencas y españolas de la década de 1630. Además de la ya mencionada intervención de Luca Giordano en el real sitio y las iniciativas emprendidas tras la llegada de Felipe V a España para adecuar el interior del Buen Retiro a los nuevos gustos franceses, incorporando obras de artistas contemporáneos, no fue hasta 1734 cuando se produjo una importante transformación en la decoración del palacio, cuando el incendio del Alcázar obligó a trasladar la residencia oficial del monarca al Buen Retiro hasta 1764. Por ello, los italianos Bonavia y Bartolomeo Rusca dirigieron la reordenación de la colección de pintura, a la que se incorporaron más de trescientos cuadros procedentes del incendiado Alcázar. El grueso estaba compuesto por obras italianas, y en menor número pinturas flamencas y españolas. Por su calidad, hay que destacar La disputa con los doctores en el templo, de Veronés; El jardín del amor y Andrómeda libertada por Perseo, de Rubens; Prendimiento, de Van Dyck; Martirio de san Felipe, de Ribera, y Coronación de la Virgen, El triunfo de Baco o los borrachos y Mercurio y ­Argos, de Velázquez (todas ellas en el Prado). Con la conclusión de las obras del Palacio Real en 1764 acabó la época de esplendor del Buen Retiro. Carlos III trasladó al nuevo palacio las pinturas más emblemáticas, si bien aún se contabilizaron en el inventario realizado tras su muerte mil veinticinco cuadros, y a partir de esa fecha los usos del palacio fueron cambiando, hasta perder su condición de residencia regia y desaparecer, en beneficio de los jardines.

Mercedes Simal López

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