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Carlos III comiendo ante su corte [Paret]
Hacia 1775, óleo sobre tabla, 50 x 64 cm, firmado por humorada en caracteres griegos: «Luis Paret, hijo de su padre y de su madre, lo hizo» [P2422].
En este curioso cuadro Paret nos invita a asistir a un rito diario en el Palacio Real de Madrid. El rey de España Carlos III está sentado a la mesa en presencia de sus ministros, embajadores, sirvientes y perros de caza favoritos. Paret lo representa en el momento en que se dispone a beber de la copa que le ofrece un criado que dobla la rodilla. En las paredes del salón suntuosamente decorado hay vistosos tapices de asunto mitológico, con los temas, de izquierda a derecha, de El sacrificio de Ifigenia, Mercurio y Herse, Diana con un perro de caza y Venus en la fragua de Vulcano. En el techo, pintado al fresco en estilo barroco, se distinguen dos dioses fluviales entre nubes que parecen derramarse sobre la estancia. La puerta que el rey tiene tras de sí está coronada por un medallón de escayola con un ángel ante un altar humeante. A la derecha hay una chimenea, y sobre ella un espejo de marco rococó lujosamente dorado. Al otro lado, una ventana abierta ilumina la escena. No es frecuente la representación de un personaje real a la mesa. Pero en la corte de Carlos III la comida del rey se acompañaba de un ceremonial estricto, que fue descrito por no pocos viajeros extranjeros de la época. William Dalrymple, por ejemplo, refiere que «todos los miembros de la Real Familia comen en público en salas distintas, y el ceremonial de esta Corte es visitar sus respectivos apartamentos mientras comen»; y añade que, luego de servir los manjares, uno de los criados «permanece de pie junto al Rey para escanciarle vino y agua, que antes prueba y luego presenta hincando la rodilla», como en el cuadro de Paret. Dalrymple menciona asimismo que «el Patriarca asiste para impartir la bendición, y también, más distante, se halla el Inquisidor general a un lado, y al otro el capitán de guardias. Los embajadores forman círculo en torno y conversan con el Rey un corto rato cuando se retiran con él a la sala próxima, a la que se entra por la puerta que está detrás de su sillón». Carlos III residía en el palacio de Madrid de noviembre a enero. Almorzaba en la saleta y cenaba en la antecámara, también llamada pieza de conversación. Entre una y otra comida salía de caza con sus perros. En su biografía del rey, el conde de Fernán Núñez habla de su preocupación por el bienestar de sus perros, señalando que permitía que el marqués de Villadarias, capitán supernumerario de guardias de Corps, les diera «rosquillas cubiertas de azúcar». Paret debió de conocer bien aquellas estancias por ser pintor a sueldo del infante don Luis, el hermano menor del rey. El salón que aparece en este cuadro se asemeja en su trazado a la antecámara que conocemos hoy, con dos ventanas al patio principal, dos puertas que conducen de la saleta a la cámara y otras dos a los lados de la chimenea. Aquí, sin embargo, Paret ha hecho que parezca mayor de lo que es y la ha decorado con arreglo a sus personales criterios estéticos. Cuando pintó este cuadro, las fuentes de la época indicaban que la antecámara estaba decorada con tapices de la historia de José, no con escenas mitológicas. El techo pintado por el primer pintor de corte de Carlos III, Anton Raphael Mengs, con La apoteosis de Hércules (in situ), no era en nada semejante al de la pintura de Paret, que parece ser una imitación libre del techo de Giovanni Battista Tiepolo en el salón del trono. Más que reflejar la escena con exactitud, se diría que Paret ha puesto en ella un sutil toque de humor. No sabemos para quién se hizo la pintura, pero no parece probable que fuera un encargo de Carlos III. ¿Sería su destinatario alguno de los personajes presentes, quizá un embajador o un viajero como Dalrymple, que quisiera tener un recuerdo de lo que había presenciado? No menos enigmática es la firma del artista, escrita en griego en el ángulo inferior derecho, cuya traducción sería: «Luis Paret, hijo de su padre y de su madre, lo hizo». ¿Acaso pintó el cuadro para regalárselo a sus padres, proclamando su orgullo de ser el pintor de un miembro de la realeza? El contraste entre las pequeñas figuras humanas en un recinto tan espacioso y las figuras mitológicas que dominan las alturas es teatral. Las escenas mitológicas pueden haber sido escogidas en función de la ceremonia que se desarrolla abajo o como alusión humorística a los pensamientos íntimos del rey. Tocan temas como el patriotismo, visto en el sacrificio de Ifigenia, que legitima a su padre Agamenón para atacar Troya; el amor, sugerido en la pasión repentina de Mercurio por Herse; la caza, indicada por Diana, su diosa tutelar; y el honor militar, insinuado por la armadura que hizo Vulcano para Eneas, el hijo de Venus y futuro conquistador de ­Roma. Al registrar esta ceremonia real, Paret escoge el rito, también mencionado por el viajero alemán Daniel Gotthilf Moldenhawer, en el que un criado prueba el agua o el vino e hinca la rodilla ante el rey mientras éste bebe. ¿Querría aludir con ello a Las meninas de Velázquez, donde una de las servidoras de la infanta le ofrece una bebida en un aposento del palacio decorado con escenas mitológicas según pinturas de Rubens? Aquel célebre lienzo estaba colgado en la antecámara durante los meses de verano, y acaso Paret quisiera pintar su versión particular del tema en un ambiente del siglo XVIII. De cualquier modo, parece claro que el cuadro de Paret fue fruto de la colaboración de un pintor sofisticado y un cliente de gustos refinados.

Xavier Bray

Bibliografía

  • Fernán Núñez, Conde de, La vida del rey D. Carlos III, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1898, t. II, p. 56.
  • Gigas, Émile, Un voyageur allemand-danois en Espagne sous le régne de Charles III. D. G. ­Moldenhawer, París, 1927.
  • Sancho, José Luis, El Palacio Real de Madrid, Madrid, Patrimonio Nacional, Aldeasa, 1996, pp. 36-40.
Carlos III comiendo ante su corte[Paret]
Lupa
Carlos III comiendo ante su corte[Paret]
 
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