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Casa de Campo. Felipe II, tras establecer la corte en Madrid, dotó al Alcázar de un entorno para el esparcimiento y la caza mediante la compra de terrenos, unos al pie del edificio, con los que creó el parque del palacio, y otros en la orilla opuesta del Manzanares, con los que formó una villa suburbana de recreo, la Casa de Campo. A la familia madrileña de los Vargas había pertenecido la principal de las fincas que sirvieron para constituirla, así como el palacio que está representado en un cuadro anónimo de escuela madrileña, depósito del Prado en el Museo Municipal de Madrid. Esa casa de placer rodeada por galerías parece haber servido a Francisco I como modelo, evidentemente muy magnificado, para construir en el Bois de Boulogne el Château de Madrid. Felipe II no alteró significativamente la casa, pero sí los jardines, que, como se puede apreciar en el citado lienzo, incluían una gran fuente italiana de incierta procedencia, conocida como fuente del Águila, desmontada y en propiedad del Patrimonio Nacional, y una amplia gruta manierista o «sala de las burlas» con decoraciones en estuco, mutilada en el siglo XIX y hoy a la espera de una restauración. La finca fue ­cedida al Ayuntamiento de Madrid en 1931, y el palacio, que había sido muy reformado por Sabatini y Pedro Arnal a ­finales del XVIII, quedó muy afectado por los combates de la Guerra Civil. Antes de que José Bonaparte rehiciese la ­decoración interior de ese pequeño palacio, que era donde más cómodo se encontraba, con mobiliario y telas de gusto Imperio, los cuadros que lo deco­raban apenas habían variado desde el siglo XVII; en aquella ocasión algunos pasaron a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, directamente o tras haber estado en el Palacio Real. Carlos II había ordenado en 1686 trasladar aquí los cuadros que decoraban la «escalera secreta que bajaba del dormitorio de verano del Rey a las bóvedas», y en el inventario de su testamentaría se recuentan unos ciento cuarenta, entre ellos tres de los cuatro bocetos de Rubens para los tapices de la Apoteosis eucarística. El inventario de Carlos III recoge aquí ciento treinta y tres pinturas, que esencialmente son las que describe Ponz, entre las que destacaban para los contemporáneos una serie de lienzos de tema sacro por Paolo de Matheis, y para nosotros El carro de ­heno de El Bosco. El viajero ilustrado, recordando el ejemplar de El Escorial, dice del madrileño que «esta pintura se halla repetida y firmada del mismo Bosch en una galería de esta Casa», donde también señala una versión de El jardín de las delicias igual a la de El Escorial, «con la diferencia de que esta de la Casa del Campo está perfectamente conservada» (VI, p. 140). El carro de heno, adquirido por Felipe II a Felipe de Guevara, estaba posiblemente desde aquel reinado en esta Casa, donde el inventario de 1789 lo tasa en 4 000 reales y lo sitúa en el mismo «corredor» o «galería» donde lo mencionaba Ponz; pero no habla de la versión de El jardín de las delicias.

José Luis Sancho

 
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