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Colección de Carlos II. La colección artística del último monarca de la dinastía Habsburgo en España, Carlos II, el soberano que reinó más tiempo en el siglo XVII (1665-1700), estaba constituida por el conjunto de la colección real, que sus antepasados y él mismo acrecentaron a lo largo de casi dos siglos. El propio Carlos era consciente de la importancia simbólica del conjunto, repartido por los diversos palacios y sitios reales, pues en su testamento vinculó todas las piezas a la corona y sus sucesores, prohibiendo su venta o desmembración. Más allá del valor económico del ingente cúmulo de pinturas, esculturas y elementos de artes decorativas, estos últimos los más numerosos (tapicerías, muebles, alhajas), que hacían de él uno de los más completos e imponentes de Europa, la colección expresaba tanto los gustos artísticos como amparaba a diario el transcurrir de la vida del monarca. Ese concepto hereditario y político no impidió que en ocasiones fueran sustraídas algunas piezas significativas, como la Reconciliación de Jacob y Esaú, de Rubens (Schloss Schleisseim), que la segunda mujer de Carlos II, Mariana de Neoburgo, consiguió en 1694 para su hermano, el elector Juan Guillermo del Palatinado. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones triunfó la decisión real de preservar la integridad de las colecciones y, lo que es menos conocido, mantuvo el afán por aumentarla y modernizarla. De hecho los inventarios realizados durante su reinado y a su fallecimiento, son los documentos más completos sobre el acervo artístico de los Habsburgo que se conservan. Respecto al gusto preferente por la pintura veneciana y flamenca que había demostrado su padre, Felipe IV, a tenor de sus adquisiciones parece que abundó desigualmente en él, aunque lo hubo de tener como importante referente. En el ámbito flamenco su aportación más novedosa fue la adquisición de obras de David Teniers II; El rey bebe (le roi boit), una de las obras más significativas del artista en el Prado, imagen prototípica de la fiesta y la vida popular de Flandes, aparece por primera vez inventariada en el Alcázar de Madrid en 1700, a la muerte del rey. La procedencia de algunos de los Teniers de Carlos II se remonta a su hermanastro Juan José de Austria, que asumió brevemente el papel de primer ministro entre 1677 y 1679. Éste había sido previamente gobernador de los Países Bajos y para él había trabajado Teniers. Pero su contribución más significativa fue la incorporación de un importante núcleo de obras napolitanas, germen de la abundante colección del Prado, en su gran mayoría de mano de Luca Giordano. Sus pinturas ingresaron en la colección no solo durante la estancia española del pintor (1692-1702), en la que sobre todo se le encomendaron numerosos ciclos ­decorativos al fresco, sino que se comenzaron a adquirir con anterio­ridad. El rey encargó a los sucesivos virreyes de Nápoles, Gaspar de Haro y Guzmán, marqués de Carpio, y Francisco de Benavides, conde de Santisteban, la comisión de obras a Giordano para él y la reina madre, Mariana de Austria, que fueron remitidas a España en 1688. Aun con anterioridad consta la llegada de piezas como Mesina restituida a España, que ya en 1684 se encontraba instalada en el Buen Retiro. De la etapa española de Giordano conserva el Museo originarios de esta colección, entre otros, el magnífico El sueño de Salomón, y una pareja de pequeños retratos ecuestres [P197 y P198]. Su conjunto de obras de Giordano se incrementó en 1696 al morir su madre, Mariana de Austria, cuya colección pasó a su poder. Otras adquisiciones subrayaron el aprecio por lo napolitano, como la serie de escenas de la vida de san Cayetano de mano de Andrea Vaccaro [P462-P465], compradas en la colección de Cristóbal de Ontañón. En diversas almonedas el rey logró también obras italianas de diversa filiación, como en las de Juan Luca Doria y el marqués de Carpio, entre las que no faltaban las atribuciones a Tiziano, Bassano, Veronés o Carracci, pero también obras flamencas asignadas a Van Dyck, Rubens y Seghers. Precisamente Descanso en la Huida a Egipto con santos, de Rubens, proviene de esta última venta. Otras incorporaciones procedían de donativos, como los efectuados por el condestable ­Colonna y el marqués de los Vélez; amén de los regalos diplomáticos de las cortes europeas, tratándose sobre todo de retratos de la familia real francesa. En cuanto a los artistas españoles, sus pintores de cámara dejaron una importante galería de retratos del rey, su madre y sus dos esposas. Fundamentalmente las efigies pintadas por Juan Carreño de Miranda, confi­guran la imagen prototípica del rey durante su minoría de edad y de su madre, Mariana de Austria; de ellas guarda el Prado diferentes versiones. También de Carreño son los retratos de Pedro Ivanowitz Potemkin, embajador de Rusia, El bufón Francisco Bazán y Eugenia Martínez Vallejo, «la monstrua» vestida y La monstrua desnuda (Baco), en la mejor tradición velazqueña. En cuanto a la escultura, poco es lo sabido acerca de sus intereses, ya que sus adquisiciones fueron sensiblemente menores que las del reinado anterior. No obstante, hay indicios para suponer que también continuó el precedente paterno, pues se intentó configurar un ciclo ecuestre dinástico y posteriormente el marqués de ­Carpio contactó con Gian Lorenzo ­Bernini, para que hiciera una estatua ecuestre del monarca. Precisamente un retrato de Carlos II, ecuestre, un bronce del florentino Giovanni Battista Foggini, es la pieza más sobresaliente de su colección legada al Prado. Le fue regalada por el nuncio Giuseppe ­Archinto. En otras ocasiones, el rey se abasteció en las liquidaciones de otros coleccionistas, como la serie de bustos decorativos de etíopes procedentes de los bienes de Fernando Valenzuela, también en el Prado [E318, E339, E360 y E381]. La gran mayoría de sus pinturas y esculturas se conservan en las colecciones del Museo Nacional del Prado y del Patrimonio Nacional, solo mermadas por el incendio del Alcázar de Madrid de 1734 y algunas pérdidas sufridas durante la Guerra de la Independencia.

Ángel Aterido

Bibliografía

  • Bottineau, Yves, «L'Alcázar de Madrid et l'inventaire de 1686. Aspects de la cour d'Espagne au XVIIIe siècle», Bulletin Hispanique, vol. LVIII, París, 1956, pp. 421-452; t. LX, 1958, pp. 30-61, 145-179, 289-326 y 450-483.
  • Carreño, Rizi, Herrera y la pintura madrileña de su tiempo (1650-1700), cat. exp., Madrid, Ministerio de Cultura, 1986.
  • Inventarios reales. Testamentaría del rey Carlos II. 1700-1703, Madrid, Museo del Prado, 1981, t. II.
  • Morán, Miguel, «Pintores y aficionados en la corte de Carlos II», Pintores del reinado de Carlos II, cat. exp., Vigo, Centro Cultural Caixa­vigo, 1996, pp. 17-26.
Juan Carreño de Miranda, Eugenia Martínez Vallejo, la monstrua, vestida
Lupa
Juan Carreño de Miranda, Eugenia Martínez Vallejo, la monstrua, vestida
 
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