Enciclopedia online

Colección de Carlos III. El papel desem­peñado por Carlos III en la perentoria articulación de las colecciones reales llamadas a componer el futuro Museo del Prado resulta incuestionable. Su exaltación al trono de España, tras el fallecimiento sin descendencia de su hermanastro Fernando VI, no fue definitorio solo en el devenir histórico, sino también artístico del feudo hispano. A través de cuadros inscritos entre los fondos del Museo del Prado se puede esbozar una crónica gráfica bastante fidedigna de la partida de don Carlos de Borbón de la ciudad de Nápoles. Una composición de Michele Foschini refiere la renuncia de la Corona de Nápoles en favor de su hijo Fernando [P2427], mientras que Antonio Joli rememora con precisión casi topográfica el fastuoso embarque hacia su nuevo reino en dos obras hoy destruidas [P2429-2430]. En esta travesía el monarca no incorporó las colecciones artísticas como parte de su equipaje, como hiciera al abandonar el ducado de Parma con objeto de hacerse cargo de la Corona de las Dos Sicilias. No obstante, en los años que antecedieron a su arribo a España, el futuro Carlos III ya había remitido a su madre, Isabel de Farnesio, un significativo repertorio de pintura napolitana contemporánea. Algunas creaciones tan modernas como La embajada turca en Nápoles, año de 1741, de Giuseppe Bonito, eran ya conocidas en la corte, pero con la llegada del nuevo soberano comparecería la difusión de trascendentales facetas de esta escuela italiana, con la irradiación de los artífices más sobresaliente del vedutismo. El monarca arribaba a Madrid en 1759 con un bagaje cultural difícilmente rebatible que le había emplazado, por ejemplo, a financiar la publicación de los volúmenes de La ­Antichità di Ercolano. A la pasión que exterioriza este Borbón por las artes se debe yuxtaponer su convicción de que toda obra de arte se podía erigir en un inmejorable vehículo de transmisión tanto de símbolos de poder como de ideas ilustradas. La llegada de Carlos III a nuestro país significa además la incorporación de artistas de la talla internacional de Giovanni Battista Tiepolo o Anton Raphael Mengs, referentes cardinales para descifrar el devenir de la pintura española de venideras décadas. No resulta, por lo tanto, aventurado suponer que este apasionado mecenazgo haya dejado su impronta en las colecciones del Prado en multitud de facetas. Por un lado, coronando galerías de retratos de los distintos integrantes de la familia real por Anton Mengs, Lorenzo Tiepolo, Joaquín Inza o el propio ­Goya. Pero el conjunto que goza de mayor eco por su cantidad y notable calidad quizás sea la miscelánea de cartones concebidos para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. En estas campañas decorativas emprendidas por iniciativa de Carlos III en los principales reales sitios, estuvieron contratados casi la totalidad de los artistas que conformaron el entramado pictórico de las postreras décadas del siglo de las luces. Además, la selectiva política de compras promovida por Carlos III en las almonedas de mayor relevancia que acaecieron hacia estas décadas de la centuria enciclopedista en la capital madrileña, plasma su impronta en el palmario perfil de la colección real. A lo largo de su reinado resulta habitual advertir cómo el monarca acude a estas ventas públicas a modo de comprador particular en el ocaso de colecciones como la de la duquesa de ­Arcos. Entre todas estas incorporaciones, la de mayor envergadura será quizás la acontecida en 1764 con el lote de pinturas compendiadas por el propio Mengs entre las ofertadas por la viuda de Juan Kelly. La heterogeneidad de esta pinacoteca facilitó al soberano la adquisición de lienzos como Encuentro de Isaac y Rebeca y La Magdalena penitente, de Andrea Vaccaro, pasando por Susana acusada de adulterio, de Antoine Coypel, hasta La Adoración de los pastores y La Anunciación [P969], de Bartolomé Esteban Murillo. El bohemio procedió a separar obras de temática amable atesoradas por este antiguo marchante de pinturas, como los bodegones de Alexander Coosemans [P1462] y Jan Davidsz de Heem [P2089], de modo conjunto a creaciones tan emblemáticas como La serpiente de metal, de Antonio van Dyck. El «pintor filósofo» actuaría asimismo de asesor en 1769 en la selección de una veintena de pinturas de entre la extensa colección atesorada por Cenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada. Algunos de estos lienzos elegidos por Mengs para Carlos III se habrán de erigir en auténticos iconos de la imagen actual del Prado. Como séquito de algunas pinturas del seicento italiano se adquiere Rubens pintando: alegoría de la Paz, de Luca Giordano; La Virgen y el Niño adorados por san Luis, rey de Francia, de Claudio Coello; Cristo muerto sostenido por un ángel [P629], de Alonso Cano, o el único Rembrandt del Museo, Judit en el banquete de Holofernes. Pero, sin lugar a dudas, en esta acertada transacción preside la consecución del emblemático Don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, de Diego Velázquez. El universal sevillano lo había creado para la familia del valido y hasta estas fechas no quedará definitivamente vinculado al patrimonio de la Corona. Este compulsivo afán por atesorar los clásicos españoles se advierte asimismo en las compras materializadas en 1774 en otra testamentaría, la del marqués de los Llanos. En este momento se incorporan, además de algún lienzo de Murillo, las cuatro grandes composiciones de José de Ribera que representan santos ermitaños: La Magdalena o santa Tais, Santa María Egipcíaca, San Pablo ermitaño y San Juan Bautista en el ­desierto. Los vaivenes de la historia de España han determinado que algunas de las concienzudas adquisiciones de Carlos III hayan franqueado nuestras fronteras para engrosar los fondos de importantes museos extranjeros. Sirva como paradigma la pareja de retratos de religiosas de Rubens, que ante la desidia de Fernando VII pasarían a formar parte de la colección del I duque de ­Wellington, o Desposorios de la Virgen, de Murillo, que acabaría en la Wallace Collection. Esta situación resulta todavía más sangrante si se repara en que con este monarca se dictan las primeras disposiciones en 1779 de protección del patrimonio artístico peninsular ante el continuado expolio de compradores internacionales. Los meditados criterios de enriquecimiento de la colección real, aunque fijados por el venido en llamar «dictador de las Artes», van más allá de sus postulados clasicistas en una continua búsqueda del «buen gusto». En este reinado no solo se da salida a un proceso de revalorización de la pintura española, sino también se advierte un activo interés por organizar y dar a conocer la colección real. Además en 1775 el propio Anton ­Raphael Mengs subrayaba a Antonio Ponz: «Desearía yo que en este Real palacio se hallasen recogidas todas las preciosas pinturas que hay repartidas en los demás sitios reales y que estuviesen puestas en una galería digna de tan gran monarca donde fuesen conocidas y estudiadas de los inteligentes». Con el devenir del tiempo estos pensamientos habrían de constituir el germen de un proyecto que culminaría con la fundación del Museo del Prado.

José Manuel de la Mano

Bibliografía

  • Águeda Villar, Mercedes, «Una colección de pinturas comprada por Carlos III», IV Jornadas de Arte. El arte en tiempos de Carlos III, Madrid, CSIC, 1989, pp. 287-301.
  • Águeda Villar, Mercedes, «Una colección de pinturas en el Madrid del siglo XVIII. El marqués de la Ensenada», III Jornadas de Arte. Cinco siglos de arte en Madrid (XV-XX), Madrid, 1986, pp. 165-177.
  • Bottineau, Yves, L'Art de Cour dans l'Espagne des Lumières. 1746-1808, París, De Boccard, 1986.
  • Pérez Sánchez, Alfonso E., «Carlos III, coleccionista, a través del Museo del Prado», Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, n.º V, junio de 1988, pp. 23-45.
  • Pérez Sánchez, Alfonso E., «El coleccionismo ­real», El arte en las cortes europeas del siglo XVIII, 1987, pp. 577-589.
  • Urrea Fernández, Jesús, La pintura italiana del siglo XVIII en España, Valladolid, Publicaciones del Departamento de Historia del Arte de la Universidad, 1977.
  • Urrea Fernández, Jesús, «Sobre la formación del gusto artístico de don Carlos de Borbón», Carlos III en Italia, 1731-1759. Itinerario italiano de un monarca español, cat. exp., Madrid, Ministerio de Cultura, 1989, pp. 57-61.
Velázquez, Don Gaspar de Guzmán, conde- duque de Olivares
Lupa
Velázquez, Don Gaspar de Guzmán, conde- duque de Olivares
 
Ministerio de Cultura. Gobierno de España; abre en ventana nueva
España es cultura Spain is culture
Copyright © 2014 Museo Nacional del Prado.
Calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800.
Todos los derechos reservados