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Colección de Carlos iv. Carlos IV no ha gozado de buena prensa para la memoria histórica, aunque una de sus facetas, quizá poco conocida, la de coleccionista y mecenas, se nos revela como argumento válido para mostrar una imagen más equilibrada de un monarca que reinó en la difícil coyuntura de la quiebra del ­Antiguo Régimen y en vísperas de la in­vasión de las tropas francesas y la Guerra de la Independencia Española. Retenido por Napoleón, tras el motín de Aranjuez y las abdicaciones de Bayona, Carlos IV sufrió prisión en ­Valençay y murió en el destierro en Italia. A pesar de que su figura política está ensombrecida por los acontecimientos históricos que llevaron al trono español a José Bonaparte y ­desencadenaron la Guerra de la Independencia, su semblanza artística, estudiada por J. J. Luna, A. Perera, J. Zarco Cuevas, J. J. Junquera e Y. Bottineau, entre otros, posee otro cariz que se dibuja desde época temprana. Por un lado, su vinculación a Italia -tanto por su nacimiento en Portici el 11 de noviembre de 1748, como por la tradición artística italiana de la familia- y, por otro, los lazos culturales y de parentesco de la monarquía hispánica con Francia marcaron las pautas de una actividad de coleccionista que le caracterizó desde su juventud, aunque las fuentes documentales de esta época no son muy abundantes. Como ha estudiado Juan J. Luna, Carlos IV se inclinó hacia las últimas novedades en materia pictórica, y buscaba aquello que era incluso difícil de encontrar o adquirir. En su colección predominan la pintura profana y los cuadros de carácter histórico, mitológico, de paisaje o de género. También era aficionado a la música y compró piezas únicas de pianos y violines. Las esculturas, bronces, porcelanas, tapices y libros no le fueron tampoco indiferentes y los relojes constituyeron una de sus pasiones preferidas, «al extremo -recuerda Luna- de montar un completo taller de relojería en palacio». Sin embargo, fue la pintura lo que más atrajo su atención. Mostró su interés por Luis Meléndez y Luis Paret y Alcázar. El primero trató en vano de ser nombrado pintor de cámara, pero muchos de sus bodegones y naturalezas muertas, al menos cincuenta piezas -de las cuales treinta y nueve están en el Prado- fueron adquiridas por Carlos IV cuando era todavía príncipe de Asturias. Por otro lado, Luis Paret y Alcázar, desterrado durante un tiempo de España, se encargó de pintar, probablemente por mandato expreso del entonces príncipe de Asturias, varios puertos del norte peninsular. A su regreso a Madrid, el monarca le pidió que retratara la jura del heredero, el futuro Fernando VII, en San Jerónimo el Real. Otros pintores discípulos de Mengs estuvieron al servicio de la Corona con mayor o menor suerte, como Francisco Javier Ramos, Francisco Agustín, que copió varios lienzos de Murillo emplazados en Sevilla, y ­Gregorio Ferro. Por otra parte, los pintores extranjeros no tuvieron éxito en la corte, a excepción de Luis ­Japelli, pero sí los miniaturistas franceses, como Jean Bauzil, pintor de ­cámara en 1797, y Joseph Bouton, que tuvo el mismo cargo desde 1805 hasta 1808. La excepcionalidad de Luis ­Japelli, ­integrado en el círculo cortesano, se entiende por su afición al gusto neoclásico que compartía con Carlos IV como estilo predilecto para la decoración de sus palacios y casas de recreo. Otro pintor extranjero, aunque de menor calado, fue ­Jean-Démosthène Dugourc, de quien no se pueden precisar con exactitud sus trabajos en la corte, pero es conocida su participación en la decoración del palacio de la Moncloa, propiedad de los duques de Alba que posteriormente pasó a la Corona con el nombre de Real Florida. Quizá la clave del interés por el arte se centre en la relación del monarca con Goya. Parece que tenían un trato familiar desde que se conocieron cuando Carlos era príncipe de Asturias, y el pintor realizó numerosos dibujos para tapices que decorarían las residencias reales de El Escorial y El Pardo. Gracias a la proximidad al rey, Goya adquirió fama y prestigio. El genial aragonés se encargó, al inicio del reinado de Carlos IV y posteriormente, de pintar varios retratos de los monarcas, y recibió el nombramiento de pintor de cámara en abril de 1789. De 1800 data el cuadro de La familia de Carlos IV (Prado). Además de los retratos y los cartones para la Real Fábrica de Tapices, Goya decoró la iglesia de San Antonio de la Florida, en 1789, y realizó varias pinturas para el valido Godoy y su mujer, la condesa de Chinchón, incluidos varios retratos. La labor de mecenazgo de Carlos IV hacia Goya quizá haya eclipsado la protección que el monarca dispensó a otros pintores que ya habían trabajado en la corte de Carlos III, como los hermanos Bayeu, Francisco y Ramón, cuñados del aragonés, y otros que se dedicaron principalmente a hacer los dibujos para tapices, como Zacarías González Velázquez y su hijo Antonio, José del Castillo, José Salas o Matías ­Téllez, entre otros. Mariano Salvador ­Maella, excelente retratista, se dedicó a esta tarea en contadas ocasiones y también realizó numerosas pinturas de carácter religioso. Podemos citar otros tantos pintores que contaron con la protección del monarca y llevaron a cabo numerosos encargos para la decoración de las residencias regias, como Antonio Carnicero, experto en escenas de género y retratos; Manuel de la Cruz, pintor de temas de la vida cotidiana; Mariano Sánchez, que pintó los puertos de la Península para el monarca, y otros pintores de naturalezas muertas, entre ellos Mariano Nani, Benito Espinós o Bartolomé Montalvo. Agustín Esteve, Joaquín Inza y Zacarías González también realizarían retratos de los miembros de la familia real. Por último, José Aparicio y Vicente López iniciaron su carrera artística en la época de Carlos IV. El rey mostró siempre un gran interés por el arte francés. Encargó a David un cuadro que hoy permanece en Francia, Napoleón cruzando el Gran San Bernardo, y se sabe que el monarca pidió en 1766 al embajador español en París, conde de Fuentes, que comprara «obras de Watteau». Parece o se relaciona esta petición con dos cuadros, La lección de canto y El amante tímido. También sintió gran estima por otro pintor francés, Claude-­Joseph Vernet. De las obras que adquirió Carlos IV de Vernet en París se conservan algunas en el Museo del Prado, aunque debieron de ser muchos más los lienzos que llegaron a pertenecer a la colección ­real. Seis de ellos, se sabe, estuvieron en la Casita del Príncipe de El Escorial y, posteriormente, cayeron en manos de José Bonaparte. Tanto en París como en Roma, Nápoles, Génova, Lisboa o Amsterdam, o en España, Carlos IV poseía agentes y comerciantes cualificados que le informaban de las últimas tendencias y las posibilidades de adquisición de distintas obras de arte. Durante su exilio en Roma, Carlos IV siguió coleccionando pinturas y ejercitando su protección a pintores destacados. En esta época, José de Madrazo y Juan Antonio Ribera trabajaron como pintores de cámara para el monarca exiliado, y se hicieron cargo del inventario de sus bie­nes y obras de arte. A su muerte, la colección se dispersó entre sus herederos y una parte fue a parar al Museo del Prado. ¿Cuáles fueron los cuadros que pertenecieron a la colección real de Carlos IV? Las aportaciones de Luna permiten hacer, cuanto menos, una aproximación. De la escuela española de los siglos XV y XVI cabe citar obras de Juan de Juanes, Juan de Flandes, Luis de Vargas y Pantoja de la Cruz; del XVII, lienzos de Ribalta, Espinosa, March, Ribera, Murillo, Cano, Velázquez, Zurbarán, Mazo y Carreño de Miranda. De los albores del siglo XVIII, merecen recordarse cuadros de ­Palomino, Meléndez, Paret y Alcázar, Bayeu, Maella y Vicente López. Carlos IV contó asimismo con una espléndida colección de pintura italiana, en la que brillan obras de la escuela de Leonardo y Rafael, que inaugura el XVI, y de otros pintores del cinquecento, como Tiziano, Veronés, Tintoretto, Bassano, Bronzino, ­Andrea del Sarto, Correggio o Parmigianino, por citar los más relevantes. Del siglo XVII italiano se hizo con obras de Carava­ggio, ­Carracci, Domenichino, Guido Reni, Salvator Rosa, Vaccaro, Stanzione o Cavallino. Del XVIII solo poseyó pinturas menos relevantes, como las de Spolverini o Zuccarelli. La preferida y predominante fue la pintura flamenca, desde los primitivos flamencos hasta los maestros del siglo XVII, entre los que cabe mencionar a Robert Campin, Antonio Moro, El Bosco y Marinus, entre los primeros, y ­Rubens, Brueghel, Van Dyck, ­Arthois, Neefs, Snyders, Teniers o Gaspard van Eyck, del xvii. También, aunque en menor medida, le gustaron los holandeses. Por lo que se conoce hasta el momento, las mejores muestras de esta escuela en la colección de Carlos IV fueron las pinturas de Rembrandt, Mierevelt, Schalcken, Metsu o Van Ostade, entre otros. Además de los pintores franceses citados, Carlos IV poseyó obras de artistas del XVII, como Dughet, Champaigne, Courtois y otros de transición, especialmente, La Fosse y Houasse, y también del pleno XVIII, como ­Pillement, Micheaux o Taunay. Por último, Durero y Cranach -apunta Juan J. Luna-, aunque no se pueden precisar los lienzos, jalonan las piezas maestras de la colección regia. Muchas de las obras de la colección aparecen en ­diversos inventarios de los reales sitios, aunque gran parte se perdieron durante la invasión de los franceses. «Resulta difícil -concluye Luna- establecer el conjunto de las series pictóricas que adquirió, dónde, cómo y cuándo, ya que todavía es necesaria una gran labor de archivo». Los expolios franceses se suman a las remodelaciones posteriores de las residencias reales y a la dispersión y partición de la herencia pictórica de Carlos IV entre los herederos y la parte que se destinó al Museo del Prado. Con todo, las últimas investigaciones descubren la condición de coleccionista y mecenas que tuvo a lo largo de su vida el monarca.

Luis Miguel Enciso Recio

Bibliografía

  • Egido, Teófanes, Carlos IV, Madrid, Arlanza, 2001.
  • «La España de Carlos iv», Actas de la I Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna, Madrid, Tabapress, 1991.
  • Luna, Juan J., Carlos IV, mecenas de pintores y coleccionista de pinturas, discurso de ingreso en la Real Academia de Doctores, Madrid, 1992.
  • Perera, A., «Carlos IV, mecenas y coleccionista de obras de arte», Arte Español, Madrid, 1958, pp. 28-38.
  • Sambricio, Valentín de, Tapices de Goya, Madrid, Patrimonio Nacional, 1946.
  • Sánchez Cantón, Francisco Javier, y Pita Andrade, José Manuel, Los retratos de los reyes de España, Barcelona, Omega, 1948.
  • Zarco Cuevas, J., «Cuadros reunidos por Carlos IV siendo príncipe en su Casa de Campo de El Escorial», Religión y Cultura, Madrid, 1934.
Andrea del Sarto, El Sacrificio de Isaac detenido por el ángel
Lupa
Andrea del Sarto, El Sacrificio de Isaac detenido por el ángel
 
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