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Colección de Felipe II. Los cuadros reunidos por el rey Felipe II forman uno de los conjuntos esenciales de las colecciones del Museo del Prado. Desde sus viajes juveniles a los Países Bajos, el hijo del emperador Carlos V desa­rrolló una profunda atracción por la pintura que solo terminó con su muerte a fines del siglo XVI y que comprendía obras tanto de la escuela italiana, fundamentalmente Tiziano, ­como de la flamenca, sobre todo Van der Weyden, Patinir y El Bosco, y la española, especialmente los retratos de Alonso Sánchez ­Coello y la pintura religiosa de Navarrete el Mudo. Junto a esta afición por el coleccionismo de pintura, el rey desa­rrolló una no menos intensa pasión por la arquitectura, lo que le llevó no solo a ampliar y terminar algunas de las obras emprendidas por su padre, como los palacios de El Pardo o Valsaín y el Real Alcázar de Madrid, sino a grandiosas obras de nueva planta, destacando entre todas el monasterio de El Escorial, su lugar favorito. Fue para estos edificios, principalmente el Alcázar, El Pardo y El Escorial, para los que reunió una de las principales colecciones de pintura del siglo XVI. La actitud de Felipe II ante la pintura difería mucho de la de su padre. Mientras éste no fue nunca un auténtico aficionado ni coleccionista y solo veía en el arte una forma de estimular su piedad religiosa o un medio de conmemorar su gloria o la de la dinastía de los Habsburgo, Felipe, además de estas funciones, amaba la pintura por sí misma y no dudó en albergar en sus palacios, junto a obras de tipo religioso y retratos, una buena cantidad de cuadros de temas profanos, mitológicos e históricos, como, por ejemplo, las poesie de Tiziano, de las que el Prado conserva en la actualidad dos, Dánae recibiendo la lluvia de oro y Venus y Adonis, o pinturas de tema histórico de este mismo autor como, por ejemplo, ­Tarquino y Lucrecia (Fitzwilliam Museum, ­Cambridge). Tiziano fue, sin duda, el pintor preferido por el rey, y el Museo del Prado conserva, gracias a la afición de Felipe II, la mejor colección de obras de este artista que puede contemplarse en museo alguno. El conjunto comprende desde las mencionadas poesie hasta retratos de la importancia de Felipe II [P411], obra realizada en Augsburgo en 1551 y uno de los hitos del retrato «político» de todos los tiempos, sin olvidar alegorías como La Religión socorrida por España o pinturas religiosas de la calidad de El Entierro de Cristo [P440], Santa Margarita o Adán y Eva. Otros lienzos ­como El tributo de la moneda o La Virgen con el Niño, conservados en la ­National Gallery de Londres o la Alte Pinakothek de Múnich, y la llamada Venus del Pardo (Musée du Louvre), no hacen sino resaltar la importancia de la colección tizianesca de Felipe II, ahora con obras dispersas en otros países. Todavía in situ, en el monasterio de El Escorial, se conservan obras de la importancia del Martirio de san Lorenzo, San Jerónimo o La Última Cena, por mencionar solo las fundamentales. Tiziano fue el principal de los artistas italianos coleccionados por Felipe II y su presencia desde tan tempranas fechas en la colección real española es una de las causas principales del gusto por el colorismo y la llamada «pintura de mancha» que, en cierta manera, caracteriza cierta parte de la escuela española de pintura con Velázquez y Goya a la cabeza. Una de las características principales del coleccionismo tizianesco de Felipe II es que no se trataba de obras compradas en el mercado, sino enviadas por el pintor recién salidas de su taller veneciano. De esta manera, la relación del rey con el artista, que se consolida desde inicios de los años cincuenta del siglo XVI, solo termina en 1576 a la muerte del pintor. Con ello queremos decir que abarca los vein­ticinco años finales de la producción del artista, etapa caracterizada por su peculiar última manera de non finito, de obras realizadas a base de manchas, de «crueles borrones» o «manchas distantes», tal como se decía en la España del siglo XVII, que le tenía por uno de los grandes pintores de todos los tiempos. Pero los gustos coleccionísticos de Felipe II se significaron por su variedad y eclecticismo. De entre los artistas españoles, su favorito parece que fue Juan Fernández de Navarrete el Mudo, a quien encargó buena parte de la decoración pictórica de El Escorial. Sin embargo, su temprana muerte precipitó la llegada de los italianos que dominaron bien pronto la escena escurialense, con consecuencias decisivas para el desa­rrollo de la pintura española del si­glo XVII. De Navarrete, el Museo del Prado solo posee una obra, El bautismo de Cristo, pero en El Escorial se conservan la mayor parte de sus cuadros, todos ellos de tema religioso, en los que el artista revela su asimilación de los modos venecianos del siglo XVI, de la pintura de Sebastiano del Piombo y del incipiente claroscuro de la «pintura de noche», que tan en boga estaría pocos años más tarde. En lo que respecta a la pintura española coleccionada por Felipe II, el Prado es más rico en el género del retrato, destacando las obras de Alonso Sánchez Coello que, siguiendo las maneras de Antonio Moro, planteó una forma de presentar la majestad real diferente a la propuesta por Tiziano. A la presencia ostentosa y aparente del veneciano, Antonio Moro y Alonso Sánchez Coello desarrollan un concepto de la representación del efigiado mucho más escueto y contenido, acentuando la idea de una majestad distante, de fría y alejada presencia, que convenía muy bien a los rasgos de ocultamiento que Felipe II gustó de cultivar cada vez en mayor medida. Ello es muy evidente en retratos como Felipe II tras la batalla de San Quintín de las colecciones de El Escorial, obra de Antonio Moro, o en imágenes como las del El príncipe don Carlos (Prado), de Alonso Sánchez Coello. Como también lo son el famoso retrato de Felipe II (Prado), obra de Sofonisba Anguissola, y el ya tardío, realizado por Pantoja de la Cruz, Retrato de Felipe II en pie, conservado en la biblioteca del monasterio de El Escorial. Sin estas pinturas no podríamos comprender obras posteriores de la importancia del Felipe IV anciano, de Velázquez (National ­Gallery, Londres), o la serie de retratos de Carlos II en el salón de los espejos de ­Carreño de Miranda ya del siglo XVII. Fue en el palacio de El Pardo donde Felipe II reunió su principal galería de retratos, un conjunto incendiado en su mayoría en 1604, y que se componía de más de cincuenta cuadros, casi todos de Tiziano y Antonio Moro. Al reunir este género en esta galería resultan muy obvios los intereses dinásticos y las funciones conmemorativas que Felipe II otorgaba al género retratístico, como aparece claro si contemplamos Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando, una de las últimas obras enviadas por Tiziano al rey, o Alegoría del nacimiento del infante don Fernando, hijo de Felipe II, rea­lizada por Michele Parrasio. De los viajes de Felipe II a los Países Bajos surge la profunda afición del rey por la pintura del Norte, que le llevó a poseer algunas de las obras más famosas de los artistas del siglo XV de esta región, como el Matrimonio Arnolfini, de Van Eyck, hoy en la National Gallery de Londres, o El Descendimiento, de Roger van der Weyden, que había podido admirar en el palacio de Binche, posesión de su tía María de Hungría, personaje al que podemos hacer responsable en buena medida de los gustos artísticos de su regio sobrino. Cuando Felipe no podía hacerse con una obra flamenca que le gustaba, mandaba copiarla a Michiel Coxcie. Así hizo con el mencionado Descendimiento, cuyo original pudo adquirir más tarde, destinándolo a El Escorial, y con el Políptico de San Bavón de Gante, obra capital de Van Eyck, cuya copia (hoy dispersa entre Bruselas, Berlín, Múnich y Zaragoza) adornó el altar mayor de la capilla del Real Alcázar. El rey poseyó obras muy importantes de Dirk Bouts, como el tríptico con Anunciación / Visitación / Adoración de los ángeles / Adoración de los Magos, de Gossaert, como Virgen con el Niño, o de Robert Campin, como Los desposorios de la Virgen o La Anunciación, todas ellas en el Prado. Pero las adquisiciones filipinas de pintura flamenca más celebradas son las obras de El Bosco y Joachim Patinir, conservadas en su mayoría en el Museo del Prado, que vuelve a ser, como en el caso de Tiziano, el principal receptor a nivel mundial de obras de estos dos maestros. Trípticos como El jardín de las delicias, El carro de heno o La Adoración de los Magos y obras de la importancia de La extracción de la piedra de la locura o la Mesa de los pecados capitales y, ya de Patinir, pinturas como El paso de la laguna Estigia, que estaba en el Real Alcázar, El descanso en la Huida a Egipto, Paisaje con san Jerónimo o Las tentaciones de san ­Antonio Abad, han ingresado en el Museo en diversos momentos procedentes de las entregas del Rey ­Prudente a El Escorial. Estas breves consideraciones, así como otro buen número de obras maestras de los siglos XV y XVI custodiadas en su mayoría en el Museo del Prado, son suficientes para darse idea de lo que esta institución debe a Felipe II. Pero la deuda contraí­da con el rey no solo se refiere a la cantidad y calidad de las piezas, sino también al establecimiento de una orientación muy clara en los gustos y preferencias de sucesivos reyes y pintores a su servicio. Con Felipe II se inaugura la tendencia, que se consolida con su nieto Felipe IV, a centrar el coleccionismo de pintura en torno a las escuelas italianas, fundamentalmente veneciana, y flamencas. Felipe IV, el otro gran rey coleccionista de la historia de España, continuó comprando cuadros de Tiziano, y a ello añadió la adquisición de obras clave de Tintoretto y Veronés. En cuanto a los pintores flamencos, hizo lo propio con Rubens (su pintor preferido), Van Dyck o Brueghel de Velours. Y, al igual que Felipe II, prefirió a los españoles, es decir, a Diego Velázquez, como pintor de retratos. Como ya se ha dicho, la manera colorista de Tiziano resultó decisiva para un cierto de­sarrollo de este modo de pintar de la escuela española, sobre todo para Velázquez. Rubens copió buena parte de los Tizianos del rey de España e indicó a Velázquez el «buen» camino de la pintura, es decir, Italia y sobre todo Venecia. Uno de los momentos más decisivos a este respecto y en el que vemos involucrados a Felipe II, Tiziano, El Escorial, Rubens y Velázquez, es el de la visita de estos dos últimos al edificio filipino en 1629. Palomino lo cuenta así: «Fueron juntos al Escorial, a ver el célebre Monasterio de San Lorenzo el Real; tuvieron los dos especial deleite en ver y admirar tantos y tan admirables prodigios en aquella excelsa máquina; y especialmente en pinturas originales de los mayores artífices, que han florecido en Europa; cuyo ejemplo servía a Velázquez de nuevo estímulo, para excitar los deseos, que siempre había tenido de pasar a Italia, a ver, especular, y estudiar en aquellas eminentes obras, y estatuas, que son antorcha resplandeciente del arte, y digno asunto de la admiración».

Fernando Checa Cremades

Bibliografía

  • Beroqui, Pedro, Tiziano en el Museo del Prado, Madrid, Hauser y Menet, 1946.
  • Checa, Fernando, Felipe II, mecenas de las artes, Madrid, Nerea, 1992.
  • Checa, Fernando, Tiziano y la monarquía hispánica. Usos y funciones de la pintura veneciana en España. Siglos XVI y XVII, Madrid, Nerea, 1994.
  • Felipe II. Un monarca y su época. Un príncipe del renacimiento, cat. exp., Madrid, Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 1998.
  • Sánchez Cantón, Francisco Javier, Inventarios rea­les. Bienes muebles que pertenecieron a Felipe II, Madrid, 1959.
  • Zarco Cuevas, Julián, Inventario de las alhajas, pinturas y objetos de valor y curiosidad donados por Felipe II al monasterio de El Escorial (1571-1598), Madrid, 1930.
Michele Parrasio, Alegoría del nacimiento del infante don Fernando, hijo de Felipe II
Lupa
Michele Parrasio, Alegoría del nacimiento del infante don Fernando, hijo de Felipe II
 
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