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Colección de Isabel de Farnesio. Isabel de Farnesio nació en Parma el 25 de octubre de 1692. Según las descripciones de la época, no era «excesivamente guapa, aunque de porte distinguido; tenía el rostro marcado por las viruelas, expresivos ojos azules, nariz prominente...»; resultaba «agradable y, por encima de todo, dejaba traslucir una energía e inteligencia fuera de lo corriente». Hija del duque Eduardo y de Dorotea Sofía de Neoburgo y última descendiente de la dinastía fundada por el papa Pablo III, se convirtió, en 1714, en la segunda mujer de Felipe V y en reina de España. Su llegada a la Península, acompañada por un séquito de italianos -entre ellos, el marqués de Scotti, personaje clave en la orientación artística de su colección pictórica- supuso el fin de la influencia de la princesa de los Ursinos, camarera mayor de la difunta reina María Luisa Gabriela de Saboya. Sin embargo, Isabel de Farnesio no pudo evitar que surgieran detractores hacia su política, especialmente entre el grupo francés de la corte liderado por el embajador Saint-Aignan y Melchor Macanaz. La memoria ha dibujado a una mujer inteligente, ambiciosa y con afán de poder. Era una gran aficionada a la música, al baile, al tea­tro y a la pintura, aunque algunos la tildaron de inculta. Llegó a poseer una importante colección de más de novecientos cuadros, numerosas esculturas y otros objetos, como abanicos, tabaqueras y porcelanas. Las pinturas y esculturas de Isabel de Farnesio se reconocen por la flor de lis estampada o grabada en ellas como símbolo heráldico de su linaje. Por otro lado, los cuadros que llegaron a integrar su magnífica colección tienen diversa procedencia: unos fueron traí­dos de Parma; otros, comprados en Holanda y al marchante Florencio Kelly; el resto fueron heredados o recibidos como regalos y se destinaron a la decoración del palacio de La Granja en Segovia, «residencia predilecta» de los monarcas, tal y como afirma Yves Bottineau. A la muerte de la reina esas obras se sumaron a la herencia de Carlos III hasta la fundación del Museo del Prado, al que se destinaron trescientas cincuenta piezas. El resto se conserva en el Patrimonio Nacional, según Teresa Lavalle-Cobo. Sin embargo, las investigaciones de Juan J. Luna han sacado a la luz el inventario y la almoneda que se hizo en 1768 de algunas de las pinturas que pertenecieron a la gran colección de la Farnesio: «Fueron vendidas -explica el autor- a su muerte, con objeto probablemente de obtener una suma de dinero para terminar de compensar a sus herederos», aunque las pinturas de la almoneda no aparecen en inventarios anteriores y resultan difíciles de precisar. Los estudios de Teresa Lavalle-Cobo sobre la formación y el coleccionismo de Isabel de Farnesio corroboran la imagen de una reina que se interesó por la cultura y el arte a lo largo de toda su vida. De hecho, había recibido una educación esmerada, hablaba, al menos, latín y francés -según Luciano de Taxonera podía expresarse en siete idiomas-, tocaba el clavicémbalo y era una excelente bailarina y pintora. Yves Bottineau afirma que «fue capaz de pintar ocho cabezas de mujer y, en 1721, doce cabezas de santos al pastel [...], pintó una Virgen con el Niño [...] que fue llevada al tapiz [...]. Pintó también una Santa Cecilia, siguiendo a Guido Reni». La afición a la pintura procedía, en parte, de la influencia familiar. Su madre se casó por segunda vez con su cuñado Francisco, gran aficionado a la pintura, que inculcó una formación artística a la joven Isabel. Desde los once años, además, recibió clases del pintor de corte Pietro Antonio Avanzini. Por otro lado, los Farnesio tenían las mejores colecciones de pinturas y obras de arte en sus palacios de Parma, Piacenza y Roma. El Palacio Giardino (Parma) estaba decorado con frescos de El Bertoja y el palacio Farnesio de Piacenza albergaba obras de Sebastiano Ricci, Draghi y Spolverini en una serie histórica y propagandística del linaje con alusiones a la vida del fundador de la dinastía, el papa Pablo III, que fue un encargo de Ranuccio II, duque de Parma, quien había heredado las colecciones ducales y la colección de su hermana soltera, María Magdalena, que había pertenecido, aunque no en su totalidad, a su abuela María Magdalena de Austria. Entre las pinturas más relevantes, se encontraban obras de Rafael, Tiziano, Durero, Correg­gio y Parmigianino, entre otros, que se destinaron a la decoración de la residencia habitual de los duques de Parma, el Palacio Giardino. Otros frescos de Fernando Bibiena decoraban el Palacio Ducal de Colorno (Parma), residencia veraniega de los duques. Pero, quizá, el mayor logro artístico de Ranuccio II fue la creación del Museo Farnesiano en el palacio de la Pilotta de Parma, que se convirtió en una de las pinacotecas más importantes de Europa con sus trescientos veintinueve cuadros, escogidos entre los mejores de las colecciones ducales y dispuestos en una gran galería, unos encima de otros, según el gusto y costumbre de la época. En él estaban representados los mejores pintores italianos y, especialmente, los Carracci, que tuvieron una vinculación muy estrecha con los Farnesio. La futura reina creció, por tanto, en un ambiente refinado e impregnado de un gran respeto y pasión por el arte. Al llegar a España, Isabel tomó sus primeras decisiones, no solo en materia política, sino artística. Sustituyó al maestro mayor Teodoro de Ardemans por el arquitecto René Carlier para dirigir la decoración del cuarto de la reina en el Alcázar madrileño. En la pieza de las Furias, Carlier escogió a uno de los pintores preferidos de la reina, Luca Giordano. Bajo el mando del cardenal Alberoni, consejero y hombre de confianza de Isabel, se fundó la Fábrica de Tapices. El romano Andrea ­Procaccini fue llamado a la corte para dirigir los trabajos de la Fábrica, fue nombrado pintor de cámara y también se encargó de la restauración de las pinturas del Alcázar. Hasta su muerte, en 1734, gozó del favor de la Farnesio. En 1720, ante la intención de Felipe V de abdicar, se le encargó al maestro mayor Teodoro de Ardemans la construcción de una nueva residencia real en Segovia. La reina se ocupó de la decoración del nuevo palacio de La Granja y contó, también en esta ocasión, con René Carlier. El arquitecto se ocupó, además, del diseño de los jardines, que fueron decorados con esculturas. Isabel adquirió, con ese propósito, la colección de esculturas de la reina Cristina de Suecia que estaba a la venta en Roma. Gracias a las gestiones del cardenal Acquaviva, representante de España en Roma, las estatuas llegaron a la Península en 1725. Otras fueron obsequios, como una de gran tamaño, La fe, obra del escultor Antonio Corradini, y regalo del nuevo nuncio en Madrid, Alejandro Aldobrandini, arzobispo de Rodas, y el resto procedía de la colección del duque de Alba. Como explica José María Luzón, «a partir de 1828 pasan al Museo del Prado». El marqués de Scotti, después de la retirada de Alberoni de la corte, se convirtió en consejero de Isabel. Por aquellas fechas, se le encargó la compra de una colección en Holanda para decorar las salas del nuevo palacio. Otros cambios se sucedieron después de la muer­te de René Carlier, en 1722. Andrea Procaccini se encargó de la decoración del cuarto de los reyes de la residencia segoviana con la colaboración de sus discípulos, Sempronio Subissati y Domenico Maria Sani. Felipe V abdicó en enero de 1724 y los reyes se trasladaron a La Granja. La decoración comprendía los cuadros comprados en Holanda -obras de ­Teniers y Wouwerman- y los adquiridos al marchante Florencio Kelly. Por otra parte, Felipe V adquirió la colección de Maratta, maestro de Procaccini, y trasladó a Segovia otros objetos heredados de su padre. Poco tiempo después, Felipe v volvía a reinar por la muerte prematura de Luis I. Las obras en La Granja continuaron en esta época bajo la dirección de Procaccini y el marqués de Scotti. En 1729, durante la estancia de la corte en Andalucía, la reina encargó a Procaccini la compra de obras de arte. Así, pasaron a engrosar la colección pinturas de Velázquez, Murillo y Ribera, que fueron trasladadas al nuevo palacio en 1733. En 1734 se confeccionó el primer inventario de la colección de Isabel de Farnesio. En 1745 el rey ordenó elaborar otro inventario a Domenico Maria Sani, y el último se realizó a la muerte de la reina. Yves Bottineau resumía los cuadros que poseyó Isabel hasta 1746: obras de Poussin, Mignard, Watteau y Claude-Joseph Vernet, de la escuela francesa; de Philippe le Bon, Jordaens, Rubens, Van Dyck, Brueghel, Adrian Frans Boudewijns, Paul Bril, Jan Fyt, Jacques d'Arthois, Teniers y Abraham Janssen, de la escuela flamenca, y cuadros de Adriaen van Utrecht, Philips Wouwerman y Pieter Neefs el Viejo de la escuela holandesa, aunque lo que predominaba era la pintura italiana, con obras de Miguel Ángel, Correggio, Guido Reni, Bassano, Bronzino, Luca Giordano, Solimena, Sebastiano Conca, Placido Costanzi y Benedetto Luti. En 1734 se produjo el incendio del Alcázar en el que se perdieron obras de gran valor, aunque algunas pudieron ser rescatadas. La reina mandó hacer un inventario de las que se salvaron y restaurar las que habían sufrido algún daño. Como afirma Lavalle-Cobo, la Farnesio aprovechó para incluir en su colección algunos lienzos del Alcázar, como seis Tintorettos de tema religioso, que fueron trasladados a Segovia. Después del incendio, Filippo Juvarra se encargó de la construcción de un palacio en sustitución del antiguo Alcázar y de terminar las obras de La Granja, inconclusas a la muerte de Procaccini. La fachada central, que daba a los jardines, fue decorada con esculturas y columnas de Giovanni Baratta. Estos proyectos tuvieron que ser finalizados por Giovanni ­Battista Sacchetti por la muerte de Juvarra en 1736. A la muerte de Mariana de Neoburgo en 1740, la colección de Isabel de Farnesio se enriqueció con la herencia de su tía, en la que destacan más de ochenta cuadros, esculturas y joyas. Entre las pinturas de mayor relevancia se encontraban varias de Luca Giordano y de la escultora de cámara Luisa Roldán, que también fueron trasladadas al palacio de Segovia. En 1744, la reina compró, además, varias obras de la colección del presidente del Consejo de Castilla, el cardenal Molina, que murió ese año, entre ellas, algunas obras de Murillo, como Sagrada Familia del pajarito, una de sus favoritas. A la muerte de Felipe V, Isabel se retiró a La Granja. En esta época, Bartolomeo Rusca continuó la decoración de los techos del palacio, y las obras de ­Domenico Maria Sani y Procaccini se colocaron en los altares de la iglesia del Rosario. También datan de este periodo las estatuas de la plaza de la fuente de Diana. Cuando murió Fernando VI, la reina madre se trasladó al palacio del Buen Retiro, donde aguardaría la llegada de su hijo, el ­futuro Carlos III, heredero de la colección materna. Isabel de Farnesio ­murió el 11 de julio de 1766. Según Bottineau, «las colecciones reales [...] eran sorprendentemente ricas, pero escapaban a todo plan preconcebido» y «constituían un fiel resumen de determinadas tendencias artísticas de la corte y los soberanos».

Luis Miguel Enciso Recio

Bibliografía

  • Bottineau, Yves, El arte cortesano en la España de Felipe V (1700-1746) [1962], Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986.
  • Fornari Schianchi, Lucia, I Farnese. Arte e collezionismo, Milán, Electa, 1995.
  • Lavalle-Cobo, Teresa, «Biografía artística de Isabel de Farnesio», El Real Sitio de La Granja de San Ildefonso. Retrato y escena del rey, cat. exp., Madrid, Patrimonio Nacional, 2000, pp. 182-193.
  • Lavalle-Cobo, Teresa, El mecenazgo de Isabel de Farnesio, reina de España (1714-1766), tesis doctoral inédita, Madrid, Universidad Autónoma, 1993.
  • Luna, Juan J., «Inventario y almoneda de algunas pinturas de la colección de Isabel de Farnesio», Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arquología, n.º xxxix, Valladolid, 1973, pp. 359-369.
  • Luzón Nogué, José María, «Isabel de Farnesio y la galería de esculturas de San Ildefonso», El Real Sitio de La Granja de San Ildefonso. Retrato y escena del rey, cat. exp., Madrid, Patrimonio Nacional, 2000, pp. 204-219.
  • Taxonera, Luciano de, Isabel de Farnesio. Retrato de una reina y perfil de una mujer (1692-1766), Barcelona, Juventud, 1943.
  • Urrea Fernández, Jesús, La pintura italiana del siglo XVIII en España, Valladolid, Publicaciones del Departamento de Historia del Arte de la Universidad, 1977.
Venus del baño [Venus agachada], copia romana, anónimo clásico siglo I-II d.C.
Lupa
Venus del baño [Venus agachada], copia romana, anónimo clásico siglo I-II d.C.
 
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