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Colección de Manuel de Fonseca y Zúñiga, vi conde de Monterrey. Manuel de Fonseca y Zúñiga, VI conde de Monterrey, fue uno de los más importantes mecenas y coleccionistas de pintura en la España del siglo XVII. Gozó de una posición privilegiada en la corte de Felipe IV gracias a sus víncu­los con Gaspar de Guzmán, el conde-duque de Olivares: éste casó con una hermana de Monterrey, ­Inés, y Monterrey contrajo matrimonio con una hermana del conde-­duque, Leonor. Las actividades artísticas de Monterrey están unidas a sus largos años de residencia en Italia, como embajador ante la Santa Sede primero (1628-1631) y virrey de Nápoles después (1631-1637). De su patrocinio en Roma se sabe relativamente poco aparte de sus contactos con el pintor del rey Diego Velázquez, a quien ayudó en una enfermedad durante el verano de 1630. Velázquez también pintó sendos retratos del conde y su esposa (perdidos). El virreinato de Nápoles fue más fructífero. A título personal Monterrey fue entonces cliente asiduo de José de ­Ribera y Giovanni Lanfranco. Su encargo más importante fue la decoración de la iglesia de las agustinas recoletas de Salamanca, destinada a albergar su sepulcro y el de la condesa. Para la iglesia y el convento anejo Ribera ejecutó seis pin­turas entre 1634 y 1637, cinco de las cuales permanecen in situ. Cosimo Fanzago, el principal arquitecto de Nápoles, fue autor del retablo mayor. Pero a Monterrey se le recuerda sobre todo por las pinturas que adquirió para Felipe IV, y en particular para el palacio del Buen Retiro, construido y decorado durante su virreinato. Se cree que fue el impulsor de la famosa serie de paisajes con anacoretas, aunque esa intervención no es totalmente segura. Mejor documentadas están la imponente serie de escenas de la Roma imperial pintada por Lanfranco y Domenichino (Prado) y una segunda serie de espectáculos de la antigua Roma por Aniello Falcone, Viviano Codazzi y otros pintores napolitanos (Prado). Una tercera serie, dedicada a la vida de san Juan Bautista, comprendía pinturas de Massimo Stanzione, Artemisa Gentileschi y Paolo Domenico Finoglio (Prado). En conjunto no cabe duda de que Monterrey fue el principal mecenas de la pintura napolitana en la década de 1630. La operación de mayor trascendencia llevada a cabo por Monterrey para Felipe IV fue negociar la donación que en 1633 le hizo Niccolò Ludovisi de dos obras maestras de ­Tiziano, La bacanal de los andrios y Ofrenda a Venus, que se cuentan entre las pinturas más importantes del Museo del Prado. A su regreso a Madrid, Monterrey amplió la mansión que poseía en el paseo del Prado para instalar en ella su colección personal, una de las mejores de su tiempo en España. Casi enteramente dispersa después, muchas de las obras que la componían no se han identificado todavía.

Jonathan Brown

Bibliografía

  • Úbeda de los Cobos, Andrés, «Der Graf von Monterrey, Neapel und der Buen Retiro», Museo del Prado. Velázquez, Rubens und der Buen Retiro. Malerei am Hof Philipps IV, Bonn, 1999, pp. 84-101.
Giovanni Di Stefano Lanfranco, Naumaquia romana
Lupa
Giovanni Di Stefano Lanfranco, Naumaquia romana
 
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