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Colección de Manuel Godoy. La colección de pinturas de Manuel Godoy, príncipe de la Paz (1767-1851), tuvo corta vida pero gran importancia para la historia del coleccionismo en España. En solo dieciséis años, de 1792 a 1808, Godoy reunió cerca de mil cien pinturas, valiéndose sin escrúpulos de su poder político y su posición social para conseguir obras maestras que estaban en manos de la aristocracia y la Iglesia españolas. Su colección reflejó de ese modo la riqueza de los fondos de pintura flamenca, italiana y española de los siglos XVI a XVIII que había en España hacia 1800. El favorito real también encargó pinturas a los mejores artistas españoles de la época, particularmente retratos de él mismo y de sus familiares y decoraciones para su palacio madrileño. Su pinacoteca se puede considerar la primera moderna de España, ya que no fue here­dada, sino formada por un advenedizo, de acuerdo con lo que iba a ser la tendencia del coleccionismo a lo largo del siglo XIX. El conocimiento de aquella colección, ahora muy dispersa, se basa fundamentalmente en tres documentos. El primero, fechado el 1 de enero de 1808, es un sucinto catálogo formado por breves asientos de las pinturas colgadas en el palacio que Godoy tenía en Madrid junto al convento de Doña María de Aragón; lo hizo el experto francés Frédéric Quilliet meses antes de que el motín de Aranjuez, a mediados de marzo, enviara a Godoy a un exilio permanente y determinara la confiscación de todos sus bienes por la Corona. El segundo y el tercero, fechados en 1813 y 1814-1815, respectivamente, son inventarios judiciales de la colección confiscada a Godoy, para entonces ya muy mermada por el saqueo de las tropas francesas y de agentes de coleccionistas extranjeros durante la Guerra de la Independencia. Si los tiempos no hubieran sido tan caóticos, la antigua colección de Godoy habría sido el núcleo de un proyectado Museo Nacional cuya creación fue precipitadamente aprobada en 1808 por el Consejo de Castilla, pero que no pudo hacerse realidad debido a la invasión y usurpación napoleónicas. De haber prosperado aquel plan ilustrado y progresista (anterior en once años a la creación del que será el Museo del Prado en 1819), pinturas mundialmente famosas como La Ve­nus del espejo, de Velázquez, y la Escuela del amor, de Correggio (ambas en la National Gallery, Londres, y adquiridas por Godoy a la XIII duquesa de Alba), Apolo y Marsias, de Ribera (Musées Royaux des Beaux-Arts de Belgique, Bruselas), Santo Tomás de Villanueva niño repartiendo limosnas, de Murillo (Cincinnati Art Museum), San Pedro con Alejandro VI y Jacopo Pesaro, de Tiziano (Koninklijk Museum voor Schone Kunsten, Amberes), y muchas otras obras, perdidas o destruidas, se encontrarían ahora en las colecciones del Prado. De las trescientas ochenta y una pinturas que quedaban en el saqueado palacio de Godoy cuando acabó la guerra en 1813, aproximadamente un centenar pasó a su primera esposa, María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón. Las restantes fueron cedidas a la ­Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1816 y forman la base de su Museo. Es el mayor grupo de pinturas de la colección que se conserva intacto. En cambio, las obras que fueron de Godoy y que pertenecen al Prado, veinte en total, llegaron al Museo de manera indirecta y escalonada en el tiempo, en circunstancias muy variadas. Entre ellas se cuentan algunos de los lienzos más admirados del Prado, como La maja vestida, La maja desnuda y La condesa de Chinchón, de Goya, y el Cristo crucificado, de Velázquez, pero muchas son obras de segundo rango que entre 1881 y 1942 se cedieron en depósito a otras instituciones públicas y permanecen en ellas, como Triunfo de Cibeles y El triunfo del amor, de Pieter van Lint, o El rapto de las sabinas, atribuido a Sebastiano Conca. Otras telas procedentes de la pinacoteca de Godoy y enviadas desde el Prado a distintos lugares se perdieron en incendios. Tal fue la trágica suerte del Martirio de santa Bárbara, de Vicente Carducho, que el favorito había obtenido en 1805 de la iglesia de Santa Bárbara de Madrid, parece ser que mediante coacción. El Gobierno español la reclamó y devolvió al templo en 1815, pero en la Desamortización de 1836 fue confiscada y transferida al Museo Nacional de la Trinidad, y de éste al Prado en 1872. En 1884 el Prado la mandó al Museo Municipal de San Telmo de San Sebastián, y al año siguiente ardió en el incendio de la Dipu­tación. Idéntico fin tuvo la Muerte de Séneca, atribuida a Sebastiano Conca, que en mayo de 1915 se quemó en un incendio del palacio de Justicia madrileño, donde estaba en depósito desde 1882. Otra cesión en depósito, la que se hizo en 1958 de una copia española de finales del siglo XVII [P5580] (antes atribuida a Veronés) de la Alocución del marqués del Vasto a sus soldados, de Tiziano, al Museo de Santa Cruz de Toledo, acabó de manera más feliz en 1983 con su devolución al Prado, donde había ­estado desde comienzos de la década de 1830. Godoy la recibió de los carmelitas descalzos de San Hermenegildo de Madrid en marzo de 1806, según certificaron éstos en 1831 y el propio Godoy comunicó a la reina en una carta contemporánea de la donación. En dicho convento la habían admirado y anotado Ponz en su Viage (1776) y Ceán Bermúdez en su Diccionario (1800). Un singular depósito a la inversa fue el del Combate de dos gladiadores, de José Aparicio, que permaneció en el Prado durante más de un siglo, de 1885 a 1989, prestado por la Real Academia de San Fernando. Aparicio, pensionado en París por Carlos IV, obsequió a Godoy con aquella muestra del neo­clasicismo de moda en 1805 -según documenta una entrada en el diario de Pedro González de Sepúlveda-, tras exponerla con éxito en el Salón parisiense del año anterior. Godoy obtuvo el Cristo crucificado, de Velázquez, en 1807 de las monjas de San Plácido de Madrid, se dice que por la considerable suma de 60 000 reales. En 1813 el cuadro pasó a la condesa de Chinchón, quien trató de venderlo en París entre 1826 y 1828. Fallecida la condesa en este último año, su cuñado y heredero el duque de San Fernando lo donó en 1829 a Fernando VII, y éste lo cedió al Prado. La Expulsión de los mercaderes del templo, de Vicente Salvador Gómez, obtenida por Godoy hacia 1803 de la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid y robada durante la Guerra de la Independencia, fue recuperada para la primera pinacoteca en 1979, cuando el Gobierno español la compró a un coleccionista francés. Goya es el artista mejor representado en el Prado por pinturas procedentes de la colección de Godoy; el poderoso ministro fue uno de los mecenas fieles del maestro aragonés, de quien llegó a poseer veintiséis obras. Los retratos de cuerpo entero de Carlos IV [P727] y La reina María Luisa [P728] fueron los primeros Goyas de ese origen que entraron en el Museo. Eran dos lienzos, de los cuatro en total, todos ellos retratos de sus padres pintados por Goya, que Fernando VII reclamó para las colecciones reales en 1815 de los fondos confiscados a Godoy. La reina los mencionaba en una carta de 1799 al favorito: «Me alegro que te gustasen los Retratos, y deseo saque bien las copias Goya para ti». Las majas fueron con toda probabilidad encargos directos de Godoy, y es muy posible que retraten a su amante oficial y después segunda esposa Josefa Tudó. La maja desnuda está documentada en su palacio madrileño en noviembre de 1800 por otra entrada del diario del director de la Real Casa de la Moneda, Pedro González de Sepúlveda, mientras que La maja vestida acaso fuera pintada un poco más tarde, hacia 1803. Ambas llegaron al Prado en 1901 desde la Academia de San Fernando, donde estaban desde 1836; en 1813 las había embargado la Inquisición, con otras pinturas de desnudos de la colección confiscada a Godoy. Los tres tondos alegóricos de El comercio, La agricultura y La industria, pintados por Goya a la aguada sobre sarga para decorar la antecámara pública del palacio madrileño de Godoy, fueron trasladados al Prado en 1932, cuando se demolió parte de aquel edificio para ensanchar la calle de Bailén. El general don Antonio Ricardos aún conserva pintado el monograma distintivo de una corona blanca bajo las iniciales «CC», que indica que formó parte del lote de pinturas entregado a la condesa de Chinchón en 1813. La viuda del general se lo dio a Godoy en 1794, y fue el primer Goya que entró en su colección. Pasó al Prado en 1931 junto con otro que había pertenecido a Godoy, Retrato de la zarina Catalina II, de Fedor Stepanovich Rokotov, formando parte del legado de Pedro Fernández Durán, que había comprado ambas obras a los herederos de la condesa en 1899. Otra adquisición a descendientes directos de Godoy fue La condesa de Chinchón, encargado a Goya por su marido y los reyes en la primavera de 1800, cuando la condesa estaba esperando un hijo. Bajo su figura sedente las radiografías revelan la existencia anterior de dos retratos masculinos de cuerpo entero, uno de ellos de Godoy. Se deduce que el vanidoso favorito rechazó aquel retrato, demostrando así ser un cliente exigente, al menos en lo tocante a su propia imagen. La pintura de la condesa mostró antaño el mismo monograma que sigue estando visible en el retrato del general Ricardos, prueba de que fue devuelta a la efigiada en 1813. Este tesoro de familia permaneció en manos de sus descendientes hasta que el Prado lo compró en febrero de 2000, elevando a nueve el número de obras de Goya pertenecientes al Prado que en su día poseyó el príncipe de la Paz. No hay que descartar la posibilidad de que otras obras de la misma procedencia se incorporen al Museo en el futuro.

Isadora Rose-de Viejo

Bibliografía

  • Rose-de Viejo, Isadora, «Goya's Allegories and the Sphinxes: Commerce, Agriculture, Industry and Science in situ», The Burlington Magazine, CXXVI, 970, Londres, enero de 1984, pp. 34-39.
  • Rose-de Viejo, Isadora, «La formación y dispersión de las colecciones artísticas de Manuel ­Godoy en Madrid, Roma y París (1792-1852)», Manuel Godoy y la Ilustración, Mérida, Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, 2001.
  • Rose-de Viejo, Isadora, «La segunda visita de González de Sepúlveda a la colección de Manuel Godoy», Archivo Español de Arte, LX, 238, Madrid, abril-junio de 1987, pp. 137-152.
  • Rose-de Viejo, Isadora, «Las alegorías de Goya para el palacio madrileño de Godoy», Goya, Madrid, Fundación Amigos del Museo del Prado y Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2001, pp. 99-118.
  • Rose-de Viejo, Isadora, Manuel Godoy, patrón de las artes y coleccionista, 2 vols., Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1983.
  • Rose-de Viejo, Isadora, «Pinturas en el Museo del Prado procedentes de la antigua colección de Manuel Godoy», Boletín del Museo del Prado, IV, 12, Madrid, septiembre-diciembre de 1983, pp. 170-178.
  • Rose-de Viejo, Isadora, «Sobre el retrato del general Ricardos que pintó Goya», Academia. Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, l, Madrid, 1980, pp. 115-123.
  • Rose-de Viejo, Isadora, «Una nota sobre la Expulsión de los mercaderes del templo de Vicente Salvador Gómez», Boletín del Museo del Prado, III, 9, Madrid, septiembre-diciembre de 1982, pp. 191-192.
Velázquez, Cristo crucificado
Lupa
Velázquez, Cristo crucificado
 
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