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Colección de medallas del Museo del Prado. Esta colección procede del legado de Pablo Bosch y Barrau, recibido en 1915, y atesora obras de los principales talleres y cecas europeas. La medalla conmemorativa nació en la Italia del renacimiento apoyada en las teorías humanistas. Entre los me­jores medallistas del quattrocento italiano representados en la colección está el escultor, arquitecto e iluminador ­Matteo de Pasti di Verona, activo entre 1446 y 1450 primero en Ferrara y después en Rímini al servicio de los Malatesta, donde fundió las medallas dedicadas a Segismundo Pandolfo. A la escuela romana pertenece el fundidor en bronce Andrea Guazzalotti da Prato, autor de una serie de medallas papales desde Nicolás V hasta Sixto IV, entre las que se halla la conmemorativa de la expulsión de los turcos de Otranto en 1481. El orfebre y escultor mantuano Cristoforo di Geremia fundió hacia 1455 la medalla dedicada a la coronación de Alfonso V de Aragón, y también la del cardenal Lodovico Scarampi -patriarca de Aquilea y protector del artista- recordatoria de la derrota de Piccinino en Anghiari en 1440. Giovanni Cándida difundió la medalla italiana en los países a los que le llevó su labor como secretario de los hombres más importantes de Europa, siendo su obra más bella la medalla de la boda de Maximiliano y María de Borgoña fundida hacia 1477. Aunque obra anónima, es destacable en esta colección la medalla de don Íñigo López de Mendoza, embajador de los Reyes Católicos en la corte papal, de 1486. En el cinquecento, grabadores de la escuela paduana copiaron o «interpretaron» la moneda antigua, con ejemplos como la medalla del emperador Vitelio, de Giovanni Cavino. Leone Leoni fue el fundador de la escuela manierista milanesa y de este gran medallista y escultor el Museo guarda, entre otras, la medalla en plata de Carlos V, conmemo­rativa de la victoria en Mühlberg y la de Antonio Perrenot, obispo de Arras, como defensor de la religión católica. Entre las acuñadas en la ceca de Roma, la medalla de Clemente VII en recuerdo de la reconciliación entre el papa y los florentinos en 1530, obra del grabador de gemas Giovanni Bernardi da Castelbolognese, y la de Pío V rememorando la batalla de Lepanto, fechada en 1571, del escultor, orfebre y grabador de monedas y medallista parmesano Gian Federico Bonzagna. Las que celebran, entre otras, la toma de Túnez por Juan de Austria y la construcción de la iglesia del Gesú proyectada por Vignola por iniciativa del cardenal Alejandro Farnesio, fueron realizadas por el medallista de la segunda mitad de la centuria Giovanni Melon, y la de Cosme I de Médicis como gran duque de Florencia con su divisa en el reverso es obra de Domenico di Vetri, medallista de su corte. Por su parte, Alemania creó a principios del siglo XVI una medalla original e independiente de la influencia de la escuela italiana. Las principales escuelas renacentistas estuvieron en las ciudades imperiales de Augsburgo y Núremberg, patrocinadas por el mecenazgo de una acomodada burguesía y por algunas ­familias de la nobleza. La primera escuela utilizó preferentemente la técnica de la fundición mientras que la segunda empleó la acuñación. Importantes ejemplos de la escuela de Augsburgo son las medallas de ­Hernán Cortés y Fernando y Ana de Hungría, respectivamente, de Christoph ­Weiditz y Friedrich Hagenauer; y de la de ­Núremberg las de Carlos V, Fernando I, Juan Federico I duque de Sajonia y ­Johann de Leyden, de Hans Reinhart, así como la medalla de Francisco I de Francia atribuida a Ludwing Neufahrer. Hacia la mitad del siglo XV aparecieron en Francia, dentro de la estética de las grandes monedas góticas, las primeras medallas para conmemorar la expulsión de los ingleses al final de la Guerra de los Cien Años. Louis Lepère, Nicholas de Florence y Jean Lepère, con dibujos de Jean Perréal, fueron los artistas que acuñaron en los últimos años de la centuria, por encargo del consulado de la ciudad de Lyon, varias medallas en homenaje a Carlos VIII y Ana de Bretaña ya bajo la influencia de la retratística italiana. Otro bello ejemplo del renacimiento francés en la colección del Prado es la medalla unifaz de Jacques II Rouaire con los retratos de Enrique II, Carlos V, Julio César y otro desconocido personaje. En los Países Bajos la medalla surgió, igual que en Alemania con Alberto Durero, por la intervención en los últimos años del siglo XV de otro pintor y figura destacada del círculo de humanistas del norte de Europa, Quintin Massys. A este artista se le atribuye la medalla de Erasmo de Róterdam de 1519, fundida en menor diámetro a partir de 1524 en Núremberg y de la que el Prado guarda un ejemplar. Pero, hacia mediados del siglo XVI, la corte española, debido a sus frecuentes contactos con Italia, acogió en Bruselas a los principales artistas italianos del momento. Leone Leoni y su hijo Pompeo, Jacopo Nizzolo da Trezzo y Giampaolo Poggini trabajaron para los primeros representantes de la Casa de Austria española. Trezzo hizo las bellísimas medallas de la reina María Tudor y de Felipe, como rey y príncipe de España; y Poggini, nombrado por el rey tallador de monedas y maestro de la ceca de Amberes, dedicó a Felipe II varias obras como rey de España y de Inglaterra. Jacques Jonghelinck, escultor, fundidor y medallista formado primero en Italia y luego discípulo de ­Leoni en Bruselas, fue un excelente receptor de la estética italiana y así lo reflejan sus obras Margarita de Austria como gobernadora de los Países Bajos, Felipe II y la batalla de San Quintín y la de su protector el cardenal Granvela, en cuyo reverso el emperador vuelve a estar simbolizado por Neptuno luchando en un mar tempestuoso. De finales del siglo y de autor desconocido es la espléndida medalla en oro de Felipe III con el león belga, portador de lanza, rama de laurel y cruz en el reverso, recordando que la paz tendría que ir acompañada por la aceptación de la fe católica. En el siglo XVII dos de los mejores artistas belgas fueron Jean de Montfort y Adrian Waterloos, sobrino nieto de Jacques Jonghelinck. Del primero es la medalla que conmemora la muerte de Isabel Clara Eugenia gobernadora de los Países Bajos, y del segundo, la de Felipe IV y la paz de los Pirineos, de 1660. La estética barroca se desarrolló en Italia principalmente en dos centros: Roma produjo mayoritariamente medalla acuñada y utilizó en determinadas ocasiones para sus diseños dibujos de Gian Lorenzo Bernini o de su escuela y también pinturas de artistas italianos. En el norte de la península algunos escultores continuaron utilizando la técnica de la fundición para modelar brillantes retratos de particulares, y un ejemplo de las frecuentes medallas realizadas a lo largo del siglo XVII para personajes españoles es la del duque de Osuna, virrey de Nápoles, de Giulio della Greca. Del milanés Giacomo Antonio Moro, sucesor de Giorgio Rancetti en la ceca de Roma donde trabajó para los pontífices Pablo V, Gregorio XV y Urbano viii, es la medalla anual de 1619 de Pablo V con la puerta de la capilla Paolina del palacio del Quirinal en el reverso. La famosa familia Hamerani de origen bávaro, que durante varias generaciones estuvo al servicio de los pontífices, está representada en la colección del Prado por las medallas del cardenal Portocarrero, obra de Giovanni Hamerani, de 1678, y la del pretendiente austriaco al trono español Carlos VI con la Victoria en su reverso, obra de su hijo Ottone. El veneciano Giuseppe Ortolani y el romano Antonio Travani, también grabadores de monedas y medallas pontificias de finales del siglo XVII y primer cuarto del siguiente, fueron los autores de otras tres medallas del mismo Carlos VI, como rey de España con diferentes reversos alegóricos. La subida al trono del primer monarca Borbón español Felipe V se rememoró, entre otras muchas, en una medalla fechada en el año 1702 del napolitano, grabador de la Casa de la Moneda vienesa, Antonio Maria Gennaro, y en otra del medallista francés Ferdinand de Saint Urbain, arquitecto y grabador ­jefe del papa Inocencio XI. La Victoria de Villaviciosa de este mismo monarca en 1710 se debe a la mano de Rafaelo Cataneo. De la mitad de la centuria es la que el grabador de la ceca de ­Nápoles Ignacio de Aveta hizo para Carlos de Sicilia y Amalia de Sajonia. La disolución de la Compañía de Jesús por Clemente XIV se recuerda en una ingenua obra de Filippo Cropanese de 1773, y de finales de siglo es la medalla de Carlos III y Fernando rey de Sicilia, de Pietro Balzar. A principios del siglo XIX corresponde la dedicada al ilustre diplomático español José Nicolás de Azara, obra de Vincenzo Cocchi. Cronológicamente cierra la medalla italiana de esta colección la acuñada en recuerdo del IV Centenario del descubrimiento de América, del escultor, grabador de gemas y medallista ­Giuseppe Girometti. La medalla barroca francesa hasta la mitad del siglo XVII está representada fundamentalmente por dos de los medallistas más notables de toda su historia, Guillaume Dupré y Jean Warin. Las medallas ­dedicadas a Enrique IV y María de ­Médicis y a Jean Louis de Lavallette, fundidas por el primero en 1603 y 1607 respectivamente, son testimonio del rígido estilo que este artista mantuvo hasta que viajó a Italia en 1612 y recibió la influencia de la escuela de Leoni y Trezzo. De Jean Warin, medallista de origen flamenco y educación italiana y autor de excelentes retratos, son las medallas del cardenal ­Richelieu, fechada en 1631, y de Luis XIV y Ana de Austria, de 1643. La obra de Abraham Dupré, hijo de Guillaume, está representada por la medalla que dedicó a Luis XIV y su madre Ana de Austria, a su subida al trono en 1643. Charles Jean François Cheron fue discípulo de Warin y tras trabajar en ­Roma para los papas Clemente IX y Clemente X participó en las series medallísticas de Luis XIV destinadas a dejar testimonio de sus hazañas. De Cheron es la medalla de María Ana de Borbón. Otros medallistas que participaron en dichas series, de técnica perfecta pero homogéneas en el estilo, fueron Jean Mauger y los suizos Ro­e­ttiers; de ambos hay medallas en la colección. De Mauger existe un buen número del rey Luis xi, como las conmemorativas de la batalla de Rocroy, la toma de Rosas, la Paz de los Pirineos y su boda con María Teresa del año 1660, y la toma de Besançon de 1668; del rey Felipe V son las que celebran su advenimiento al trono español en el año 1700 y la Concordia entre Francia y España. En colaboración con Thomas Bernard, Mauger hizo la conmemorativa de la entrada de Felipe V en Madrid. Las medallas que Jean Duvivier de­dicó al rey Luis XV a mediados del siglo XVIII evidencian la delicadeza y el refinamiento de la medalla rococó. El siglo XIX francés se inicia con Louis Charles Bouvet, autor de varias medallas para la reina Isabel II de España y Francisco de Asís (Nacimiento de la prin­cesa de Asturias o Inauguración del Canal del Lozoya), y llega hasta Alphre Dubois (Presidente Carnot), Eugène Andrée Oudine (La República Francesa y la Exposición Universal de 1878) y Jean­-Babtiste Daniel Dupuis (Le Nid). Asimismo, existen medallas de las prin­­cipales figuras del tránsito al si­glo XX, como el escultor François Joseph Hubert Ponscarme (Napo­león III y la Exposición de París de 1867) y los dos máximos exponentes de la medalla moderna, Jules Clément Chaplain (la República Francesa a los presidentes Mac-Mahon, Casimire Perier, Félix Faure y E. Loubet) y Louis Oscar Roty (a Emilio Castelar, a M. E. Chevreul o la de­di­cada a Carnot en su fallecimiento). En Alemania, la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) hizo decaer a las grandes ciudades imperiales, con la consiguiente desaparición del mecenazgo de la burguesía sustituido por el de algu­nas familias principescas que ense­guida aceptaron la estética impuesta por las series de medallas france­sas de Luis XIV. De finales del siglo XVII y principios del siguiente son los grabadores George Hautsch de la ceca de Núremberg, autor de una medalla de la Paz de Ryswick, de 1697, y Johann Jeremias Freitag de la de Fráncfort, que recordó en otra a Federico III, elector de Sajonia como protector de la Reforma. Destacable dentro de la co­lección del Prado es la medalla que Johann Bernhard Fischer von ­Erlach, alumno de Bernini en Roma, hizo en 1682 para el rey español Carlos II y su esposa María Luisa de Orleans, con retratos de cuerpo entero. No muy lejos de estos años Philipp Heinrich Müller retrató a buena parte de las persona­lidades de su época, acuñó medallas conmemorativas de los acontecimientos de la historia alemana contemporánea y fue autor de una serie de me­da­llas papales de restitución. Para Carlos de Austria, pretendiente al trono de España, hizo, entre otras, las medallas que recuerdan su entrada en Barcelona, la liberación de Barcelona, su proclamación en Madrid, y la derrota francesa en Aragón y Cataluña, fechadas en 1705 y 1706; y las dedicadas a Ana de Inglaterra e Isabel Cristina de Brunswick, prometida del rey Carlos. Martín Brunner fue también autor de varias medallas en honor de Carlos VI, que hacen referencia a la liberación de Barcelona, la entrada en Madrid y su elección en Fráncfort, fechadas en 1706, 1710 y 1711, respectivamente. De Andreas Vestner, hijo de Georg Wilhelm, medallista de la corte del elector de Baviera, es la fechada en 1742 en homenaje a Carlos VII de Alemania; y del medallista austriaco Johann Martin Krafft la dedicada a la infanta María Teresa, en 1769. Anton Wideman conmemoró las bodas de José Antonio e Isabel de Borbón en 1760 y de Leopoldo, archiduque de Austria, y María Luisa, infanta de España, en 1765. En los Países Bajos, la situación política y los cambios producidos en su sociedad durante el largo periodo comprendido entre 1581 -en el que se sublevaron la mayoría de las provincias contra Felipe II- y su independencia ratificada en la Paz de West­falia de 1648, quedó reflejada con frecuencia en la medalla durante todo el siglo XVII. Conrad van Bloc comenzó pronto a trabajar para la Casa de Orange en la República Inde­pendiente y su medalla dedicada a Mauricio de Orange está fechada en 1602 con motivo de la toma de Grave. Pieter van Abeele, uno de los mejores grabadores de esta escuela, hizo la del Príncipe de Orange y su madre María Estuardo en 1654. Este artista desarrolló a mediados del siglo una nueva técnica que consistió en unir dos láminas delgadas de plata con retratos repujados en alto relieve. Entre los medallistas alemanes que dejaron retratados a importantes personajes del momento o conmemoraron los principales acontecimientos políticos está Erik Engelbert Ketteler, director de la Casa de la Moneda de la misma ciudad y autor de una de las medallas de la Paz de Münster, de 1648, con la diosa Cibeles conduciendo a dos leones emblemas de España y las Provincias Unidas de los Países Bajos. Sebastián Dadler, orfebre de Augsburgo y Viena y desde 1621 medallista de la Casa de Orange, fue autor de la original medalla conmemorativa de la Paz de ­Westfalia con siete ninfas entre guirnaldas representando a las provincias holandesas. Y Johann Blum, medallista de las Casas de Sajonia, Brunswick y Orange, creó la recordatoria de la boda del príncipe Guillermo de Oran­ge y María Estuardo de 1641. La me­da­lla en Inglaterra comenzó en el si­glo XV de la mano de artistas extranjeros y en la centuria siguiente un buen número de personajes ingleses fue retratado en el continente principalmente por artistas italianos. El primer medallista inglés propiamente dicho fue uno de los más célebres pintores de la época, Nicholas Hilliard, a la vez miniaturista y orfebre. A este artista se atribuye la medalla de Jacobo I, acuñada para conmemorar el tratado de paz con España de 1604. Otros medallistas del siglo XVII en la colección son George Bower, grabador de la Real Casa de Moneda y autor de la medalla dedicada a Carlos II y María de Inglaterra en 1687, y el alemán John Croker que también hizo su aprendizaje en joyería e imitó a los medallistas franceses, como se ve en las diversas medallas de Ana de Inglaterra, que conmemoraron, entre otros episodios, la liberación de Barcelona, la conquista de Cerdeña y Menorca o la victoria de Almenara. Representantes del siglo XIX inglés en la colección son George Mills, varias veces premiado por la ­Royal Academy, el suizo Jean-Pierre Droz y los miembros de la familia Wyon, William y sus sobrinos Alfred Benjamin y Joseph Shepard. La aparición de la medalla en España se debió a la llegada de Pompeo Leoni, ­Jacopo ­Nizzolo da Trezzo y Giampaolo Poggini a Madrid para trabajar para Felipe II a partir de 1556. A finales del siglo XVI apareció en España y luego en los países hispanoamericanos la primera medalla autóctona denominada de Proclamación y jura de los reyes. Esta medalla surgió de la costumbre de distribuir entre el pueblo en las ­ceremonias correspondientes primero monedas y luego medallas con el fin de difundir la imagen del nuevo rey. De las dos ciudades que labraron medallas para la proclamación del rey Felipe III, la colección conserva un ejemplar de Granada fechado en 1599. Por esas fechas llegó a Madrid el escultor italiano Rutilio Gaci, introductor de la medalla barroca en España. Gracias al especial interés que tuvo don Pablo Bosch por este artista, la colección cuenta con medallas de Felipe III y Margarita de Austria -en dos diferentes versiones fechadas en 1609-, la de su sucesor Felipe IV y las tres unifaces dedicadas a Alejandro Rodolfo, al propio Gaci y a su mujer Beatriz de Rojas. Isidro Parraga, platero de oro y a la vez grabador de monedas y sellos y posiblemente fundidor en bronce, nacido en los últimos años del siglo, fue el primer artista español que hizo medallas para la Casa de Borbón. De las dos medallas que realizó, Felipe V y María Luisa de Saboya y Felipe V e Isabel de Farnesio, fechadas hacia 1707 y 1714, respectivamente, la colección guarda ejemplares. El rey Carlos III, venido de Italia, fue el gran impulsor de la medalla española a través del extraordinario grabador en hueco Tomás Francisco Prieto, que llegó a ocupar todos los principales cargos en este campo. La colección guarda de este artista un importante conjunto de medallas entre las que se encuentran las dos dedicadas a Fernando VI por la Real Academia de Matemáticas de Barcelona y el Real Colegio de Artillería de Cádiz y Barcelona, dos de la Proclamación en Madrid de Carlos III acuñadas en 1759 y las que a nombre de este mismo soberano conmemoraron la inauguración de la Casa de Correos, la defensa del castillo del Morro de La Habana por don Luis de Velasco y Vicente González y la boda del príncipe de Asturias con María Luisa de Parma. El grabador en hueco y en lámina Jerónimo Antonio Gil, discípulo de Prieto, fue el creador de la escuela de grabado en México y uno de los fundadores de la Academia Real de San Carlos; su producción en ambas especialidades fue excepcional y la colección conserva importantes medallas suyas, como las dedicadas al rey Carlos III que recuerdan el Establecimiento de las colonias de Sierra Morena -con anverso de su maestro- acuñada en Madrid en 1774 y las mexicanas a la Creación del Montepío de Cosecheros de Málaga, de 1776, al Premio de la Academia de Derecho Español y Público de 1778 y al Cuerpo de la Minería de Nueva España, en testimonio de reconocimiento a Carlos III por su creación, de 1784, todas grabadas en México; entre las dedicadas a Carlos IV hay magníficos ejemplares, como la ofren­dada por el Tribunal Real de las Minas de Nueva España en la proclamación del rey de 1789, la que la fundación de la orden de las Damas Nobles dedicó en 1793 a la reina María Luisa y la que con ambos cónyuges en el anverso conmemora el alzamiento del monumento a Carlos IV en México. Todos los grabadores que continuaron trabajando en México están también representados en la colección. El sevillano Francisco Gordillo con las medallas que hizo para Fernan­do VII, México en su exaltación al trono y su proclamación en Valladolid de ­Michoacan, ambas de 1808; Tomás Suria, autor de las conmemorativas a la instalación de la Junta Central de España e Indias y a la concordia entre España e Inglaterra mandada acuñar por el virrey y arzobispo Lizana en 1810; Pedro Vicente Rodríguez, con la que el Consulado de México dedicó a Fernando VII en su restauración; y José María Guerrero y sus medallas ofrecidas a Fernando VII por el Seminario Tridentino de México y el Colegio de México. La medalla se desarrolló durante la primera mitad del siglo XIX en España principalmente bajo las pautas marcadas por la Real Casa de la Moneda de Madrid y por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1804 se creó el Departamento de Grabado y Construcción de Instrumentos y Máquinas para la Moneda, con Pedro González de Sepúlveda como grabador general y su hijo Mariano como segundo; de éstos y del resto del personal relacionado con el grabado de la medalla, el ayudante José Ignacio de Macazaga y los discípulos Isidro Merino, José Muñoz, Rafael Plañiol, ­Remigio Vega y José María Amat, la colección posee buen número de ejemplares. Por su parte, la Academia de San Fernando tuvo una impor­tante participación gracias al establecimiento en 1831 de las clases de grabado de medalla. El director de estudios fue Félix Sagau, antiguo grabador general, y entre los alumnos que allí se formaron estuvieron Luis Marchionni, Eduardo Fernández Pescador y Alberto Estruch. Igualmente fue trascendental la creación en 1857 de la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado en la que trabajaron como profesores algunos de los anteriores alumnos y en la que estudiaron José Esteban y Lozano, Enrique Noney y Gálvez y Victorino González; de todos estos autores la colección también guarda importantes medallas. El paso a la centuria ­siguie­nte está representado en la colección por la obra de varios escultores como el modernista barcelonés ­Eusebio Arnau y Mascort, a quien Pablo Bosch encargó una medalla en homenaje a Emilio Castelar en 1900, los valencianos Francisco Pallás y Ma­riano Benlliure, y el sevillano Lorenzo Coullaut Valera.

Marina Cano Cuesta

Bibliografía

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Felipe II, Jacopo Nizzolo da Trezzo
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Felipe II, Jacopo Nizzolo da Trezzo
 
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