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Colección Naseiro. Dación BBVA, aceptada por el Real Patronato del Museo del Prado el 20 de junio. de 2006. En julio de ese mismo año, ingresaron en el Museo cuarenta bodegones de autores españoles, veintiocho de ellos del siglo XVII, siete del XVIII, y cinco del XIX. Todos proceden de la colección que el empresario Rosendo Naseiro reunió desde principios de los años ochenta, y fueron realizados por diecinueve autores diferentes, nueve de los cuales no estaban representados en las colecciones del Prado, como es el caso de Pedro Camprobín, Ignacio Arias, Pedro de Medina, Miguel March, Felipe Gabriel Ochoa, José Ferrer, Juan Bautista Romero, Santiago Alabert y José Romá. La selección de las obras incorporadas al Museo se hizo siguiendo criterios de calidad y representatividad. A pesar de la personalidad que alcanzó el género en España y la abundancia de pintores que se dedicaron al mismo, la presencia del bodegón español en el Museo del Prado no era tan destacada como cabría esperar, lo que obedece a razones históricas, historiográficas y de gusto. Las dos principales fuentes históricas de las que se ha nutrido el Museo (las Colecciones Reales y el Museo de la Trinidad) contaban con pocas piezas de este tipo. El «descubrimiento» del bodegón español fue tardío, llegó después de la Guerra Civil, y en consecuencia no fue hasta los años cuarenta del siglo XX cuando algunas de las principales lagunas se fueron llenando con piezas maestras. Con la incorporación de estas cuarenta obras, la visión que se obtiene del desarrollo del género en España tiene ya una variedad de autores, épocas y tipologías, así como unos niveles de calidad dignos de una institución, como el Prado, que constituye la principal depositaria de la memoria pictórica española. Las obras más tempranas del grupo son dos cuadros de Juan van der Hamen, el principal pintor de naturalezas muertas que trabajó en la corte en las primeras décadas del siglo XVII. El Museo ya contaba con una buena representación de obras suyas, pero su Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio (1627), es una obra maestra del género. En cuanto a Plato con ciruelas y guindas, pertenece a una tipología que no estaba presente en la colección de este pintor del Prado, y es una obra que muestra hasta qué punto Van der Hamen no sólo fue un maestro en las composiciones complejas y artificiosas, sino también a la hora de sacar partido a la descripción de un pequeño plato de frutos. Otro de los puntos de referencia del desarrollo de la naturaleza muerta en la corte fue Juan Fernández, El Labrador. A pesar de que alcanzó prestigio entre los primeros escritores españoles sobre arte y de que sus obras fueron apreciadas en Madrid y en la corte inglesa, el número de sus cuadros identificados que han llegado hasta nosotros es escaso, y el Museo del Prado sólo poseía uno, o según algunos dos. Con la colección Naseiro se incorporan dos parejas de cuadros que representan racimos de uvas, un tema en el que se especializó el pintor y para el que empleó una técnica tenebrista, proyectando los racimos y las hojas sobre un fondo oscuro. Por su calidad, su belleza y la coherencia del conjunto, estas obras de El Labrador enriquecen de manera notable el panorama del bodegón cortesano del siglo XVII que mostraba en el Prado. Las uvas también juegan un papel protagonista en el Bodegón ochavado con racimos de uvas (1646), de Juan de Espinosa, un pintor activo en Madrid durante el segundo tercio del siglo XVII. Se trata de una de sus obras maestras, que combina varias frutas distintas con frutos secos, un ave muerta y un recipiente de barro rojo, dispuestos de manera muy sabia, a varias alturas y en varios planos de profundidad, y en los que la iluminación contribuye a crear el efecto espacial, dando lugar todo ello a una de las pinturas más monumentales por su explícita artificiosidad compositiva. En contraste con ese abigarramiento descriptivo, la pareja de pequeños cuadros que representan manzanas y otras frutas nos muestra a un artista capaz de aparentar frescura y espontaneidad cuando el formato y el tema de sus bodegones así lo requieren. Estas dos pequeñas obras están muy cercanas en cuanto a concepto pictórico a Granadas, un lienzo firmado por Antonio Ponce, que fue discípulo y pariente de Juan van der Hamen y, junto con Espinosa, uno de los principales continuadores en la corte de su repertorio temático y sus recursos compositivos. Entre los pintores artistas que pintaron bodegones en Madrid a mediados del siglo, también están representados con sendas obras Ignacio Arias y Gabriel Felipe de Ochoa. Al mismo tiempo que en la corte la naturaleza muerta se consagraba como un género pictórico destacado, y crecía el número de los artistas dedicados al mismo. Así en Valencia desarrollaba su labor Tomás Hiepes, que es el punto de referencia para explicar el desarrollo del género en Levante durante casi todo el siglo. El Prado ya poseía varias obras suyas, pero la incorporación de siete nuevos cuadros procedentes de la colección Naseiro hace plena justicia a la gran variedad temática y formal que define su producción. Frutero de Delft y dos floreros (1642) y Dos fruteros sobre una mesa (1642) son una pareja de cuadros en los que la fruta y los recipientes de cerámica alcanzan un gran protagonismo, y en los que se aprecia muy bien las cualidades que mejor definen la producción de Hiepes, como son su gusto por composiciones monumentales sometidas a un riguroso orden geométrico o su escritura pictórica extraordinariamente precisa y detallada. En el caso de la pareja de Floreros con cuadriga (1643) apreciamos, además de esta predilección por la simetría, la voluntad de colocar los objetos en un plano muy próximo, llenando toda la composición. Por su parte Bodegón de aves y liebre (1643) tiene como punto de partida los bodegones castellanos de cocina, aunque sometidos a la estricta simetría propia del autor; y Dulces y frutos secos sobre una mesa es otro ejemplo de la versatilidad temática de Hiepes y un muestrario de productos de confitería propios de la región levantina. La representación del autor se completa con Pareja con una vid, que retoma un tema frecuente en la corte, aunque ambientado en un exterior. La naturaleza muerta levantina del siglo XVII está representada también por Milano atacando un gallinero, de Miguel March, que cuenta con la presencia de unos versos del pintor en los que hace referencia a la tensión entre representación y realidad que subyace en este tipo de pinturas y que constituyen un documento de gran interés para la construcción de una «historia intelectual» del género en España. Sevilla fue también uno de los principales centros de producción de naturaleza muerta en España a mediados del siglo XVII, gracias a la labor que realizaron artistas como Francisco y Juan de Zurbarán, Pedro Camprobín o Pedro de Medina. De este último se ha incorporado el Bodegón con manzanas, nueces y caña de azúcar (1645) donde se aprecia una atmósfera muy delicada que lo unifica todo. De Camprobín han sido adquiridas cuatro obras, dos de ellas son una pareja de floreros, de composición muy estudiada, en la que se juega con el encanto de las cosas dispuestas según un supuesto azar. Otro es un pequeño florero circular, Jarrón de bronce con rosas, y el cuarto es Cesto con melocotones y ciruelas, extraordinario por la manera, supuestamente casual, de disponer los frutos y recipientes, por la forma tan efectiva como se han incorporado, al fondo, el pocillo de barro y la elegante copa de cristal, y por la maestría con que Camprobín representa la textura aterciopelada de los frutos. A diferencia de lo que es frecuente en las obras de este pintor, ésta se encuentra en un estado de conservación muy bueno, lo que la convierte en una de las piezas donde mejor se aprecian las cualidades que han otorgado a su autor un lugar destacado en la historia del género. El fenómeno más importante relacionado con la naturaleza muerta que se dio en Madrid en la segunda mitad del siglo XVII fue el gran desarrollo que alcanzó la pintura de flores. El principal responsable del mismo fue Juan de Arellano, al que pertenece Florero de cristal (1668), una pieza de gran elegancia en la que además de combinar el aparente desorden con la simetría, consigue transmitir, mediante el concurso del vidrio, el agua y un cromatismo vivaz y armonioso, una sensación de frescura y naturalidad mayor que la que hasta entonces había logrado ningún otro especialista en bodegones en España. Uno de sus seguidores fue Gabriel de la Corte, autor de dos mascarones con flores muy representativos del gusto por la complicación y el abigarramiento decorativo que marcó el género en las últimas décadas del siglo XVII. Luis Egidio Meléndez fue el principal punto de referencia del bodegón español del siglo XVIII, tanto por la calidad de su obra como por su número. El Prado poseía desde sus inicios una colección muy importante del pintor, a la que se ha venido a sumar Bodegón con frutos del bosque, que muestra un plato de cerámica y pequeños frutos dispuestos al aire libre, siguiendo una tipología muy diferente a la que era habitual en ese artista, mucho más amigo de ambientar sus composiciones en un interior que en el exterior. Una minuciosidad descriptiva similar tiene Besugo de Bartolomé Montalvo, donde el pescado aparece se presenta colgado de un cordel, ante un fondo negro, una fórmula que nos retrotrae a los inicios de la historia del género en España. Durante la segunda mitad de siglo XVIII y la primera del siglo XIX la pintura de flores y bodegones alcanzó un gran desarrollo en Valencia, lo que se relaciona, entre otras cosas, con el empuje de una industria textil próspera que propiciaba la representación floral. Entre las obras procedentes de la colección Naseiro figuran diez cuadros realizados por artistas levantinos de esa época. Las dos parejas de floreros de Juan Bautista Romero y Santiago Alabert muestran la delicadeza que se llegó a alcanzar en este campo, mientras que las obras de Miguel Parra, Florero sobre una silla y Cesta de flores y vista del Palacio Real de Valencia, firmadas en 1844, o la Guirnalda de flores con motivo escultórico, de José Romá, nos ofrecen la cara más abigarrada y suntuosa de ese gusto por la representación floral. Entre esos pintores valencianos, no faltan los que se dedicaron a la representación de frutos, como el citado Parra o José Ferrer, cuyos dos bodegones, de 1781, muestran una factura aporcelanada que nos recuerda que su autor estuvo vinculado a la Fábrica de Alcora. La incorporación de estas cuarenta obras constituye un paso importante en la historia de la formación de una colección de bodegones españoles digna del Museo del Prado y ha servido no sólo para que varios pintores y tipologías estén ya representados, sino también para aportar varias obras maestras del género, como algunas de las piezas de Van der Hamen, El Labrador, Espinosa, Hiepes o Camprobín.

Javier Portús Pérez

Bibliografía

  • Lo fingido verdadero. Bodegones españoles de la colección Naseiro para el Prado, cat. exp., Madrid, Museo Nacional del Prado, 2006.
 
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