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Colecciones del Museo de la Trinidad. El Museo Nacional de Pinturas, llamado usualmente Museo de la Trinidad por el edificio en que estuvo situado, fue consecuencia de las disposiciones desamortizadoras decretadas por Mendizábal en 1835-1836. Por real orden de 13 de enero de 1836 se constituyó una junta que había de encargarse de los objetos artísticos de los conventos afectados por aquellas disposiciones. Otra real orden de 31 de diciembre de 1837 dispuso la organización de un Museo Nacional que reuniese los procedentes de los conventos de las provincias de Madrid, Toledo, Ávila y Segovia. El número de obras reunidas era muy importante y resultaba difícil encontrar un edificio adecuado. Se pensó inicialmente en San Francisco el Grande, pero dedicado éste, al fin, para Panteón de Hombres Ilustres, se eligió el convento de la Trinidad Calzada que hubo de acogerlas, tras obras de acondicionamiento que supusieron la división en dos pisos de la nave de la iglesia y el tejado de las arquerías del claustro. A las obras procedentes de los conventos se unieron las incautadas al infante don Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, que abrazó la causa carlista. El Museo se abrió al público el 24 de julio de 1838, día del santo de la reina María Cristina. Un testigo presencial, José de Madrazo, director del Museo Real, comentó que los cuadros exhibidos no estaban ni forrados ni restaurados por no haber «ni tiempo ni dinero». El Museo se cerró muy pronto para volver a abrirse el 2 de mayo de 1842 bajo la regencia de Espartero, pero una serie de disposiciones que limitaron notablemente el uso del edificio al dedicarlo para otros fines, sobre todo el de Ministerio de Fomento, dificultaron mucho el acceso a los cuadros, amontonados sin cuidado en evidente abandono. En 1862 se nombró subdirector al crítico e historiador Gregorio Cruzada Villaamil que asumió la tarea de revisar los inventarios y proceder a una catalogación más precisa que aquella lista brevísima redactada en 1854 que era todo lo que encontró. Su catálogo se publicó en 1865 cuando ya había cesado como subdirector, al convertir la plaza en funcionarial («facultativa»). El catálogo de Cruzada, meritorio para su fecha, se ocupa, sin embargo, solo de una pequeña parte de la colección, la considerada por él de mayor mérito. De un total de mil setecientos treinta y tres cuadros que figuran en el inventario de 1854 solo catalogó seiscientos tres y advertía que los que pertenecieron al infante le habían sido ya devueltos (en 1861). El Museo había tenido aumentos ajenos a la Desamortización con ciertas adquisiciones y con las obras contemporáneas procedentes de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes iniciadas en 1856 e inventariadas separadamente. Tras la Revolución de septiembre de 1868, se consideró que la fusión de los dos museos, la Trinidad y el Prado, ambos ya nacionales -que había sido planteada en un folleto por Vicente Poleró apenas un mes después de la Revolución-, debía ser realidad. Un decreto del Gobierno de la regencia de 25 de noviembre de 1870 firmado por José de Echegaray, y otro de 22 de marzo de 1872, suprimieron el Museo Nacional y adscribieron sus fondos al Prado, antiguo Museo Real que pasó a llamarse Museo Nacional de Pintura y Escultura. En realidad solo se incorporaron a los catálogos de éste a partir de 1873 ochenta y tres obras, casi todas procedentes del inventario de nuevas adquisiciones iniciado en 1856. La mayor parte se comenzó a distribuir por los más diversos lugares, dando inicio así al «Prado disperso», y muchas más se amontonaron sin apenas cuidado en los ya saturados almacenes del edificio de Villanueva. Con todo ello es preciso advertir que ya el propio inventario de 1854 declara «inservibles» o «casi destruidas» bastantes pinturas, lo que explica que al publicar ese inventario en 1991 y controlar, fotografiándolos, los fondos, se advirtiera la falta de muchos lienzos y el estado lamentable en que se encontraban otros. De los mil setecientos treinta y tres cuadros del inventario de 1857 se devolvieron al infante ciento setenta y cinco. De ciento dos obras consta su destrucción en diversas circunstancias (incendios, acciones de guerra, etc.) bien documentadas; de los depositados fuera del Museo permanecen sin identificar ciento dieciocho y de los que se dieron por inservibles y destruidos dentro del propio Museo, doscientos sesenta y dos. En total se dan por perdidas seiscientas cincuenta y siete obras, entre las cuales no hay ninguna maestra. Serían en su mayor parte lienzos piadosos sin interés artístico, pero en todo caso testimonio de su tiempo y de sus devociones. Procede del Museo de la Trinidad un considerable número de pinturas de gran calidad (los grandes lienzos de El Greco, las tablas de Pedro Berruguete, los lienzos de Maíno, tablas flamencas, etc.) y, sobre todo, como es lógico, un buen conjunto de pintura madrileña del siglo XVII con obras importantes de casi todos los artistas significativos.

Alfonso E. Pérez Sánchez

Bibliografía

  • Cruzada Villaamil, Gregorio, Catálogo provisional... del Museo Nacional de Pinturas, Madrid, 1865.
  • El Museo de la Trinidad en el Prado, cat. exp., Madrid, Museo Nacional del Prado, 2004.
  • Gaya Nuño, Juan Antonio, «El Museo Nacional de la Trinidad. Historia y catálogo de una pinacoteca desaparecida», Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, lv, Madrid, 1947, pp. 19-78.
  • Museo del Prado. Inventario general de pinturas II. El Museo de la Trinidad, Madrid, Museo de Prado, Espasa Calpe, 1991.
Pedro Berruguete, El milagro de la nube
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