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Compañía para el grabado de los cuadros de los Reales Palacios. Entre las funciones que se encomendaron al grabado en la España ilustrada, la reproducción de pinturas fue uno de sus objetivos fundamentales. La difusión del buen gusto y el fomento de las bellas artes estaba en la base de este interés, pero también, y no en menor grado, el deseo de dar a conocer a españoles y extranjeros la riqueza de las colecciones artísticas de España, y especialmente las que a lo largo de los siglos había reunido la Corona. En 1776 Antonio Ponz ponía de manifiesto la lamentable carencia de estampas españolas que reprodujeran el patrimonio pictórico de las colecciones nacionales, muy al contrario de lo que ocurría en el extranjero, donde «se podrían citar infinitas colecciones de obras estampadas, en prueba de quan atrasados nos hallamos en esa línea […] y entre nosotros ni aun una vez han tenido esta dicha las mas singulares». A su juicio, la culpa de este hecho radicaba en el lamentable interés de los españoles por las estampas de devoción, unido a la carencia de buenos grabadores capaces de acometer estos proyectos, y por último, a la falta de iniciativa en ese sentido. Ponz hacía referencia a las estampas que venían de fuera y que en España se convirtieron en modelos, tanto para los grabadores como para sus discípulos. En este contexto se acometieron simultáneamente los primeros proyectos de reproducción de pinturas en España: el que de forma privada realizó Goya, copiando algunos cuadros de Velázquez (1778) y el de Juan Barcelón y Nicolás Barsanti por encargo del Estado entre 1777 y 1785 para reproducir los Trabajos de Hércules pintados al fresco por Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro. El relativo éxito de estas obras condujo a la constitución en 1789 de la Compañía para el grabado de los cuadros de los Reales Palacios, cuyos socios eran en su mayor parte miembros de la nobleza madrileña. Pese a tratarse de una empresa privada, sin embargo, gozó desde un principio del apoyo real, pues no en vano el primer accionista era el príncipe de Asturias, obteniendo además inmediatamente la autorización de Carlos IV para que los dibujantes comenzasen a copiar los cuadros de las colecciones reales. Parece que en un principio fue Francisco Bayeu el encargado de supervisar los aspectos referidos a los dibujos preparatorios y Manuel Salvador Carmona, al grabado, si bien más tarde Francisco de Saavedra asumió el encargo de los dibujos y las láminas. Puesto que el proyecto contemplaba entre sus postulados básicos la difusión internacional de las estampas, era conveniente contar con los mejores grabadores que fuese posible, tanto de España como del extranjero, por lo que se solicitó a José Nicolás de Azara y a Fernán Núñez encargasen a grabadores italianos y franceses, respectivamente, la realización de algunas láminas. Desde un principio la Compañía tuvo problemas económicos, pues la venta de estampas era escasa y no respondía a las expectativas previstas, debido a que el comercio de entonces no estaba acostumbrado ni a este tipo de estampas de gran formato y buena calidad ni al sistema de venta -en cuadernillos- cuya potencial clientela eran «profesores y amantes de las artes», y, por tanto, diferente del público mayoritario que podía hacer rentable el proyecto. Por otra parte, los gastos de producción de los dibujos, de las láminas y de la estampación eran elevados. Todo ello condujo a la quiebra de la sociedad y a la entrega de los bienes -enseres, dibujos, láminas y estampas- a la Calcografía a cambio del pago de las deudas contraídas. La Compañía llegó a publicar veinticuatro láminas entre 1791 y 1797, quedando sin publicar veintiséis, que lo serían a lo largo del siglo XIX. El proyecto supuso un primer paso para el ulterior desarrollo del grabado en España, y aunque los resultados no fueron tan satisfactorios como se esperaba, se debió no solo a razones intrínsecas a las propias estampas, sino también a la falta de demanda del mercado nacional, más interesado en la adquisición de estampas, devocionales, como ya señaló Ponz, o de contenido popular que en la compra de estampas «cultas», cuyos posibles compradores no pasaban de ser una minoría en una sociedad en la que la clase media era apenas inexistente. El estudio de las veinticuatro láminas que fueron publicadas ratifica en parte las críticas efectuadas en su tiempo con respecto a los temas, pues son religiosas catorce de ellas y de las diez restantes nada menos que ocho son obras de Velázquez, lo que responde al interés que despertaba la obra del pintor entre los ilustrados. No ha de sorprendernos, por tanto, el elevado número de sus pinturas reproducidas -junto a las de Murillo-, pues a las razones de índole reivindicativo de la escuela nacional, se suman las que convierten sus obras en modelos imitativos para el aprendizaje y difusión del buen gusto artístico. Frente a esta presencia española, entre las láminas publicadas solo hubo cabida para cuatro pintores extranjeros, de los que dos estaban profundamente ligados a la corte española en el pasado y el presente: Moro y Mengs. Las ediciones de la Compañía fueron en descenso desde 1791 hasta 1797, pasando de los mil cien ejemplares de las láminas del primer año a los exiguos cuatrocientos del último, y ello parejo al paulatino decrecimiento de las ventas, lo que motivó que quedaran sin editar veintiséis láminas ya grabadas. En éstas se puede observar la amplitud del abanico de artistas ­reproducidos, aunque centrado casi exclusivamente en los maestros italianos, con especial presencia de los venecianos, y por supuesto de la escuela española. Entre ellas se encontraban seis pinturas de Velázquez, grabadas en París a partir de dibujos realizados por artistas españoles.

José Manuel Matilla

Bibliografía

  • Carrete Parrondo, Juan, El grabado calcográfico en la España ilustrada, Madrid, Club Urbis, 1978.
  • Carrete Parrondo, Juan, «El grabado y la estampa barroca», El grabado en España. Siglos XV al XVIII, «Summa Artis», Madrid, Espasa Calpe, 1987, t. xxxi, pp. 201-393.
  • Catálogo general de la Calcografía Nacional, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1987.
  • Matilla, José Manuel, «De la propaganda real a la interpretación del artista. La reproducción de la pintura a través de las técnicas tradicionales del arte gráfico», Velázquez en blanco y negro, cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 2000, pp. 82-94 y 210-215.
  • Portús Pérez, Javier, y Vega, Jesusa, La estampa religiosa en la España del Antiguo Régimen, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1998.
  • Vega, Jesusa, Catálogo de estampas, Madrid, Museo del Prado, 1992, pp. 222-233.
  • Vega, Jesusa, «Pinturas de Velázquez grabadas por Francisco de Goya, pintor», Velázquez en blanco y negro, cat. exp., Madrid, Museo del Prado, 2000, pp. 25-74.
 
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