Enciclopedia online

Cristo yacente [Gregorio Fernández]
Madera policromada, 46 x 74 x 191 cm (en dep. en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid) [E576].
Realizado para la Casa Profesa de los jesuitas de Madrid (posteriormente San Felipe Neri), forma parte de una serie numerosa de yacentes del autor con grandes repercusiones en la escultura barroca castellana. El modelo inicial propuesto como primero de la serie fue el encargado por el duque de Lerma para San Pablo de Valladolid (Urrea, 1972), obra situada entre 1609 y 1612, anterior, por tanto, a la espléndida versión del convento capuchino de El Pardo. Los problemas cronológicos y los datos documentales eran puestos en relación con las evidencias estilísticas propias del escultor, especialmente, con los cambios efectuados en su forma de proyectar los rasgos manieristas aprendidos de Leoni o de Francisco del Rincón y la tendencia hacia un naturalismo más maduro que se inició hacia 1616. La pieza sufrió las consecuencias de una errática ubicación desde su destino inicial al Museo de la Trinidad, residencia temporal sustituida en 1860 por la de la iglesia de Atocha, cuyo derribo en 1903 obligó a un nuevo traslado al Buen Suceso y desde allí en 1922 al Prado. No extraña, por tanto, que en las diferentes menciones referidas a ella sea consignada en función del lugar ocupado en cada momento hasta llegar a su destino definitivo en el Museo Nacional de Escultura cuando éste fue creado por decreto de 29 de abril de 1933. La fama de que gozó el escultor prendió rápidamente en los territorios de la vieja Castilla, especialmente tras la muerte de su maestro Francisco del Rincón en el año 1608. Favorecido por Iglesia, cofradías pasionarias, nobleza y Monarquía, el taller de Fernández alcanzó, incluso en vida del escultor, una fama considerable, razón para suponer que las espléndidas variantes propuestas al duque de Lerma como modelos sean las que muestren la evolución de su escultura y la recuperación de añejas tendencias artísticas conectadas con el naturalismo español. En efecto, uno de los componentes renovadores más sutiles de la escultura barroca fue la manera con que asimiló la visión gótica de la realidad y la forma con que tradujo la expresión de los sentimientos en esculturas en las que convivían en perfecta armonía el deleite estético y la honda expresividad religiosa. Por eso, una de las cualidades más originales de Fernández fue la de combinar la ingenuidad seductora de los modelos medievales con la renovación de los tipos iconográficos en sus piedades y yacentes. En las primeras, desprendió a Cristo del tierno abrazo renacentista para devolver en todo su dramatismo el cuerpo inerte de Jesús; en los segundos, despojó de todo componente narrativo el patético instante de su entierro. Acaso, como toda la historiografía ha señalado, esta renovación fuera una de las revoluciones más geniales de modelos consagrados por la tradición, de forma que la muerte de Jesús, contemplada en su solitaria y doliente figura, alcanzó la doble condición de soporte iconográfico (muerte, redención y eucaristía) y de delicado objeto estético, cuyo punto de máxima admiración queda provocado por el hermoso desnudo presentado sobre un blanco sudario que apenas sí cubre su cuerpo. La cualidad esencial de la figura residía tanto en las emociones suscitadas como en la posibilidad de contemplar la desnudez de Jesús y su tratamiento escultórico, algo que a Ceán parecía imprescindible cuando dijo que esta obra de Fernández no se podía gozar «porque la tienen cubierta con una sábana». Ese desnudo a lo divino (Urrea, 1972) muestra los diferentes caminos por los que se desarrolló su escultura y la posibilidad de aproximar los fundamentos de la poesía mística a esa intencionalidad sublimadora de la realidad. En la serie conocida, este proceso se hizo patente desde que en los primeros ejemplos buscara la intensidad dramática que crispa las manos o juega con la linea­lidad, turgencia y movimiento manieristas. Pero desde 1616 (Wattenberg, Martín González), abandonados los sugerentes brillos de la policromía a pulimento, el impacto hispano-flamenco (María Elena Gómez Moreno) cambia radicalmente la manera de afrontar esta iconografía. Federico Wattenberg señaló en esta obra del Prado el abandono de la ornamentación pictórica por una entonación grisácea en el sudario al objeto de intensificar la validez de un fondo más dramático y ahondar en las claves psicológicas de la expresividad. La serenidad que muestra el cuerpo de Cristo es un verdadero trasunto de la muerte como ausencia de vida, provocando una sensación de realidad traducida en la forma de mostrar un cadáver frío, inerte e inmóvil. Esa visión valorada como «ausencia vital que refleja lo espantoso para el alma humana» (Wattenberg, 1963) refleja la calidad de la obra y sirve de pretexto para evocar la belleza dolorida de un cuerpo en reposo similar a las grandes conquistas del renacimiento, aquí resuelto en la dialéctica comprometedora del barroco por la que la complacencia por el desnudo era compensada por los efectos místicos de una perfección humana de origen sobrenatural. Si a los logros iconográficos de Fernández se unen los alcanzados en la perfección formal de este yacente, comprenderemos el nivel alcanzado por la escultura barroca española y su capacidad para resolver las imprescindibles aspiraciones religiosas con que nació y la forma hermosa y delicada con que se ofrecía a la contemplación. La sobriedad de los tipos, la angulosidad de los plegados, las policromías mates y la forma de concentrar los efectos más expresivos en los rostros constituyen algunos de los hitos más sobresalientes del espíritu severo, sobrio y monumental de la escultura barroca castellana. Cristo yacente, de Fernández, fue una de las más geniales aportaciones al ámbito devocional español.

Cristóbal Belda Navarro

Bibliografía

  • Martín González, Juan José, El escultor Gregorio Fernández, Madrid, Ministerio de Cultura, 1980.
  • Martín González, Juan José, Escultura barroca castellana, Madrid, Fundación Lázaro Galdiano, 1971.
  • Urrea Fernández, Jesús, «A propósito de los yacentes de Fernández», Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, xxxviii, Valladolid, 1972, pp. 543-546.
  • Wattenberg, Federico, Museo Nacional de Escultura, Madrid, Aguilar, 1963.
  • Wattenberg, Federico, Museo Nacional de Escultura, Valladolid, 1933.
 
Ministerio de Cultura. Gobierno de España; abre en ventana nueva
España es cultura Spain is culture
Copyright © 2014 Museo Nacional del Prado.
Calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800.
Todos los derechos reservados