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Cuadernos de Italia [José del Castillo]
1761-1762, en tres volúmenes, encuadernación moderna, con hojas de papel verjurado blanco, de 180 x 115 mm, y dibujos a pluma y a pincel con aguadas de bistre, sepia y tinta de bugallas; otros, a lápiz negro o sanguina. Filigranas: ancla en un círculo, estrella encima y F debajo, en algunas, estrella en el círculo, encima, la cruz y debajo la F. El papel procede de las papeleras de Fabriano, en Italia. Inscripción autógrafa del volumen I: «Joseph del Castillo Roma, y Noviembre de 1761/ Tiene este libro 129 ojas». Inscripción autógrafa del volumen II: «Soy de Joseph del Castillo/ Roma, y Agosto 30 de 1762/ Soidesevero/ Corral Roma Agosto/ tiene este Libro/ 138/ ojas». Inscripción autógrafa del volumen III: «Libro comprado p.a la Villegiatura/ de Genzano Ano de 1762/ a 6 de Oct.e./ Joseph del Castillo/ Tiene este libro 145 ojas/ originales» [D5540-D5979 y D6024-D6027].
El Museo del Prado adquirió en 1990, procedente de una colección privada española sin conexión alguna con el artista, tres volúmenes pertenecientes, por las firmas que aparecían en las primeras hojas de cada uno de ellos y por el estilo de los dibujos de sus páginas, al pintor José del Castillo, aunque aún permanecen inéditos. La encuadernación moderna alteró profundamente la que sería la apariencia original de estos pequeños álbumes o libretas, sin duda encuadernados con sencillez, con cubiertas o tapas de pergamino similares a las del Cuaderno italiano, de Goya, fechado solo diez años después, en 1771. Es un raro ejemplo, de gran interés artístico y documental, de un cuaderno de artista en su viaje por Italia, lleno de documentación importante para el conocimiento de los intereses estéticos de su tiempo, así como para el conocimiento de su autor. Las inscripciones, dibujos y apuntes que aparecen en las hojas de estos tres cuadernos indican que fueron comprados por José del Castillo durante su segunda estancia en Italia, de 1758 y 1764, adonde había regresado nuevamente, después de varios años de trabajo en España junto a su maestro, Corrado Giaquinto. El uso de este tipo de cuaderno, fabricado especialmente para artistas, que ­recibía en italiano el nombre de ­taccuino, era común y generalizado, sobre todo en Italia. Se había venido utilizando por los artistas desde el siglo XV, cuando el dibujo, en el renacimiento, adquirió una función nueva y más libre, como preparatorio de obras de pintura y escultura, pero también para recoger con técnica rápida y abreviada composiciones de interés para su autor, así como sus propias ideas. De pequeño formato, ligeros y con un número no muy elevado de hojas, estos cuadernos po­dían llevarse con facilidad en el bolsillo, siempre dispuestos para su uso rápido, cuando descubrían algo de su interés. Existen precedentes de los cuadernos de Castillo, que revelan la pasión de los artistas extranjeros por apuntar lo visto en Italia, como el utilizado por el flamenco Van Dyck, en el siglo XVII, y hay ejemplos posteriores, como el del francés Édouard Manet. El arte italiano del renacimiento y del barroco igualó en sus preferencias estéticas a los artistas de siglos y países muy diversos. En todos estos «cuadernos de Italia», incluido el de Goya, vibra el interés de sus autores, jóvenes pintores aún con su carrera por hacer, por la belleza de las formas de los artistas del pasado, que supo­nían para ellos una fuente inagotable y siempre viva de composiciones, figuras, expresiones y actitudes. Los tres Cuadernos de Italia, de José del Castillo, llevan su firma bien visible en las páginas de cada uno de ellos, lo que recuerda también las firmas de Goya en su Cuaderno italiano. Son escasos los dibujos independientes, firmados, de ambos artistas, pero en estas libretas tan modestas, sus nombres parecen revelar su especial apego a las mismas y su fascinación por guardar los valiosos recuerdos italianos. Dos de los Cuadernos de Castillo están firmados en Roma. El tercero es curioso, pues el artista anota que lo ha comprado «para la Villegiatura de Genzano», a principios de octubre. El pequeño pueblo a las afueras de Roma, a orillas del lago Nemi, era un lugar de recreo, de villegiatura, bien conocido por los artistas, donde, por ejemplo, en el siglo XVII había tenido su casa de campo el conocido pintor Carlo Maratta. José del Castillo había comprado para su viaje a Genzano el tercero de los tres cuadernos, precisamente en el que aparecen dibujos que se salen de los temas habituales en los dos anteriores. Hay estudios de árboles y una serie de apuntes de pájaros, evidentemente tomados del natural, y algún paisaje o edificio clásico que podrían ser también de los alrededores de Genzano. Castillo, sistemático y organizado, dedicó, sin embargo, sus cuadernos a copiar un número elevado de obras de arte, demostrando su aplicación y el buen uso que hizo de su beca de estudios. Los cuatrocientos cuarenta y cuatro dibujos de sus tres cuadernos son, casi en su totalidad, estudios de figuras y composiciones vistas en Roma. Sin embargo, pudo seguir utilizando alguno de sus cuadernos en Madrid, pues en uno de ellos aparecen unas cuentas referidas al traslado de obras a Palacio y a cartones de tapices, que indican ya su regreso a la corte. Los maestros del clasicismo romano del siglo XVII, admirados en los ambientes académicos, constituyen un número elevado de lo copiado por Castillo, pudiéndose identificar copias de Rafael, Aníbal Carracci, Pietro da Cortona, ­Maratta, Niccolò Berretoni, etc. Le interesó, por ejemplo, especialmente, dejar constancia en su cuaderno de la serie completa de los óvalos con los profetas, de la nave mayor de la basílica de San Juan de Letrán, conjunto pintado por el grupo de los artistas más prometedores de la Roma de principios del siglo xviii, y también, de las grandes esculturas de los apóstoles, ejecutadas asimismo por los escultores más notables de ese momento, algunas según diseño de Carlo Maratta. Curiosamente, Goya, unos años después, también dibujó en su Cuaderno italiano uno de estos apóstoles. De ese mundo de la estatuaria barroca tomó Castillo muchos ejemplos más. En alguna ocasión destacó una sola figura de lo que era un conjunto monumental, como La Caridad, de la tumba del papa Alejandro VII en el Vaticano, de Bernini. En otras, una escultura en concreto le interesó de modo especial, como la bellísima Santa Susana, del flamenco Duquesnoy, en la iglesia romana de Santa María de Loreto, de la que tomó numerosos apuntes desde varios puntos de vista. No son de menor interés los dibujos de ejemplos de la Antigüedad clásica, otra de las fuentes de conocimiento de los artistas jóvenes de la segunda mitad del siglo XVIII, de los que copió Castillo, ­entre otros, relieves del Ara Pacis de Augusto, y esculturas completas, en las que parece interesarle, sobre todo, documentar exactamente la ­belleza y orden de los plegados y los ropajes. Una de las páginas del segundo cuaderno fechado presenta un retrato de un joven artista, acomodado en la base de una columna gigantesca, con un perrito dormido en su regazo. Sostiene en su mano izquierda un cuaderno, en el que copia lo que está ­observando con placer. Quizá fue un autorretrato, pues en la parte baja escribe su nombre, o tal vez de alguno de sus compañeros de la Academia, como Maella, pensionado en Roma en los mismos años que Castillo, de 1758 a 1765, pero es una «instantánea» curiosa y tierna de su mundo de estudiante. En varias páginas del mismo segundo cuaderno, el artista copia minuciosamente, en latín, un texto sobre la historia de ­Hércules, el fundador mítico de la dinastía española, cuya figura iba a centrar los frescos de Mengs en los techos de las más importantes salas de Palacio. En otras páginas, Castillo anota algunos palacios, iglesias y lugares de Roma, donde seguramente realizó copias. Nombra, entre otros, los palacios Pamphilj, Mattei, Madama, Borghese, Conti, Orsini, Chigi, Altieri, De Carolis, Rospigliosi, Salviati y el jardín del Palacio Spada. Entre las iglesias anota, por ejemplo, Santa Ana de Funari, San Ambrosio, San Pedro en Montorio, Santa María de la Scala y Santa Prisca. Son todos lugares de elevado interés artístico, en los que se conservaban colecciones de pintura y escultura, cuadros de altar y frescos, que formaron el bagaje artístico de los jóvenes pensionados de la Academia de San Fernando.

Manuela B. Mena Marqués

Bibliografía

  • Adriani, Gert, Anton van Dyck. Italienische Skizzenbuch, Viena, A. Schroll & co., 1940.
  • Mena Marqués, Manuela, «Cinco son las Llagas», El «cuaderno italiano», 1770-1786: los orígenes del arte de Goya, Madrid, Museo del Prado, 1994, pp. 22-25.
  • Pignatti, Terisio, Il Quaderno di disegni del Canaletto alle Gallerie dell'Accademia di Venecia, Milán, Daria Guarnati, 1958.
 
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