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Dama de Elche [anónimo]
Entre mediados del siglo v y mediados del siglo III a. C., piedra caliza, alto 56 cm [E433].
Considerada como la obra más perfecta de la escultura ibérica, esta «dama» está cargada de interrogantes. Ha llegado incluso a ser considerada por John Moffitt una falsificación de fines del siglo XIX, y, aunque este dictamen carezca de base científica -las concreciones calizas que cubren su policromía indican su antigüedad, y en la época de su hallazgo se desconocían ciertos detalles de la vestimenta ibérica que presentan tanto la dama como otras obras halladas más tarde-, lo cierto es que poco más se puede decir con total certeza de esta pieza. En el momento de su hallazgo, llegó a creer algún erudito incluso que el personaje representado era un hombre, y, por lo que a la cronología se refiere, un autor de tanto prestigio como Antonio García Bellido defendió una fecha tan baja como la época augustea. Ciñéndonos a las ideas más comúnmente aceptadas y dignas de consideración, daremos por cierto que el busto hoy conocido como Dama de Elche es cuanto nos queda de una escultura de cuerpo entero, ya que los iberos, como sus maestros los griegos y fenicios, concebían el ser humano como un todo indivisible. En ese sentido, los toscos golpes que podemos observar en la parte inferior de la pieza denotan una talla apresurada, propia de quien, acaso ya a principios de nuestra era, cortó la obra originaria para reutilizarla. Es muy probable que, tras esta mutilación, el busto fuese usado como urna cineraria, sirviendo la cavidad trasera para introducir las cenizas de un ibero romanizado. En cambio, resulta más difícil imaginar la obra en su estado original: pudo ser concebida como un exvoto, imagen de una mujer piadosa en pie (algo así como la Gran dama oferente del Cerro de los Santos, Museo Arqueológico Nacional, Madrid); pero también pudo ser una efigie de diosa sedente, como la conocida Dama de Baza, señora del más allá que sirvió de urna cineraria en una tumba del siglo IV a. C. y que hoy contemplamos en el citado Museo. En cuanto a la fecha, no puede ser anterior -si tomamos como punto de referencia el arte griego- a las innovaciones aportadas al tratamiento de telas por los escultores del siglo de Pericles, durante los años centrales del siglo V a. C. En cambio, resulta difícil situar la cronología más reciente posible: acaso valdría el momento, ya a principios del siglo III a. C., en que comenzó a difundirse por todo el Mediterráneo la estética helenística, totalmente ajena a nuestra escultura. Por lo demás, la pieza hubo de ser tallada en la misma región en que se halló: así lo indican el tipo de piedra y la aparición en Elche de fragmentos escultóricos con un estilo y calidad muy semejantes. La presencia de la Dama de Elche, durante varios lustros, en el Museo del Prado tiene mucho que ver con los vaivenes políticos y bélicos de Europa, e incluso con la propia fama de la pieza, admirada como obra maestra desde el momento mismo de su hallazgo y pronto convertida en símbolo patriótico. El busto fue hallado casualmente cuando, el 4 de agosto de 1897, se realizaban labores agrícolas en los terrenos que poseía el doctor Manuel Campello en la Loma de la Alcudia, junto a Elche. La noticia del hallazgo se difundió pronto, de modo que, cuatro días más tarde, ya publicó un artículo sobre ella Pedro Ibarra Ruiz, archivero local, en el periódico La Correspondencia de Alicante: en su opinión, se trataba de un Apolo. Pero quiso la fortuna que, en esas fechas, se hallase en Elche el insigne hispanista y arqueólogo francés Pierre Paris, invitado precisamente por Ibarra para asistir a las fiestas de la Asunción. Mientras que su amigo difundía la noticia por carta entre diversas personas e instituciones españolas, Paris envió una fotografía al Musée du Louvre, recomendando la compra inmediata de la obra. Efectivamente, logró interesar a sus colegas, quienes buscaron un mecenas -el banquero Noël Bardac-, y, así respaldado, firmó el contrato de compraventa el 18 de agosto. Doce días después, la Dama, que había sido admirada como «reina mora» por los habitantes de Elche, partía para embarcarse en Alicante y, tras una escala en Barcelona, se dirigía hacia Marsella. Ya identificada como parte superior de una estatua ibérica feme­nina por José Ramón Mélida (quien le dedicó, en el año mismo del hallazgo, varios estudios a través de fotografías), la ya bautizada en París como Dama de Elche se convirtió en el centro de una campaña periodística y científica: tomando su ejemplo como base, diversos escritores españoles reclamaron una legislación más dura contra las exportaciones de obras artísticas. Mientras, la pieza, recién llegada al Louvre, fue instalada en la sala de Palmira -relación muy sugestiva desde el punto de vista estilístico-, antes de pasar, en 1904, a presidir la sala de la cultura ibérica. La Generación del 98 iba convirtiendo a la Dama en una personificación de los orígenes de España, con lo que su pérdida era sentida, cada vez más, como un verdadero despojo. De ahí que, ya en 1928, se plantease la vuelta del busto, aunque fuese a las salas de la Casa de Velázquez, institución cultural francesa instalada en Madrid. Pero el Gobierno galo se negó, y volvió a dilatar las conversaciones tras un nuevo intento en 1935. Hubo que esperar a 1940 para que, con posterioridad a la derrota de Francia por Alemania, comenzaran los trámites definitivos de repatriación. Dirigió los primeros tanteos para un «intercambio de obras de arte entre Francia y España» el marqués de Lozoya, entonces director general de Bellas Artes, destacando entre sus agentes Joaquín María de Navascués, quien elaboró en poco tiempo la lista de las obras y documentos que había de reclamar el Gobierno español. El texto del convenio se firmó en París el 21 de diciembre de 1940, y los traslados se efectuaron con rapidez. La Dama, protegida en el castillo de Montauban desde el comienzo de la guerra, llegó a Irún el 8 de febrero de 1941, e ingresó en el Prado dos días después. Momentáneamente, se organizó en la pinacoteca una exposición con las piezas recuperadas, algunas tan importantes como La Inmaculada Concepción de los Venerables o de Soult, de Murillo, varias coronas de Guarrazar y una amplia representación de arte celta e ibérico. Después, muchas de estas obras pasaron al Museo Arqueológico Nacional. Solo la Dama, de entre todas las piezas antiguas, permaneció en el Prado, a petición de su Patronato, y aquí, durante una generación, dio el nombre de «Sala de la Dama de Elche» a la sala 71 -hoy rotonda del Imperio Romano-, ámbito donde fue expuesta junto a las esculturas donadas por Marius de Zayas. Finalmente, a instancias de Martín Almagro Basch, director del Museo Arqueológico Nacional, fue trasladada la Dama en 1971 a esta última entidad museística, recibiendo en ella el número de inventario 1971/10/1.

Miguel Ángel Elvira Barba

Bibliografía

  • Blanco Freijeiro, Antonio, Catálogo de escultura, Museo del Prado, Madrid, Museo del Prado, 1957.
  • Cien años de una dama, cat. exp., Madrid, Ministerio de Educación y Cultura, 1997.
  • García y Bellido, Antonio, La Dama de Elche y el conjunto de piezas arqueológicas reingresadas en España en 1941, Madrid, 1943.
  • García y Bellido, Antonio, «Sobre la fecha romana del busto de Elche», Archivo Español de Arqueología, lxvii, Madrid, 1947.
  • La Dama de Elche. Lecturas desde la diversidad, Madrid, Ricardo Olmos, 1997.
  • Mélida Alinary, José Ramón, «Busto ante-romano descubierto en Elche», Boletín de la Real Academia de la Historia, 3.ª época, vol. I, Madrid, 1897, pp. 440-446.
  • Moffitt, John F., El caso de la Dama de Elche. Historia de una falsificación, Barcelona, Destino, 1997.
  • Paris, Pierre, «Buste espagnol de style gréco-asiatique trouvé à Elche», Monuments et Mémoires de la Fondation Piot, vol. IV, París, Académie des Inscriptions et Belles Lettres, 1898.
  • Ramos Folqués, Alejandro, La Dama de Elche, Elche, 1974.
 
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