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Don Juan Bautista de Muguiro [Goya]
1827, óleo sobre lienzo, 103 x 85 cm, firmado a la derecha, inscripción, con pincel, en la mesa: «D.n Juan de Muguiro, por / su amigo Goya, á los / 81 años, en Burdeos, / Mayo de 1827» [P2898].
En 1827, Goya, de ochenta y un años, había vivido en Burdeos con Leo­cadia Zorrilla y su hija, Rosario Weiss, desde 1824. Se relacionó allí desde su llegada con sus familiares políticos, los Goicoechea, y sus amigos, Leandro Fernández de Moratín, Francisco Silvela, o el joven pintor Antonio de Brugada, compañero asiduo de sus últimos días. Con Muguiro tenía Goya un lejano parentesco: Manuela Goicoechea, hermana mayor de su nuera Gumersinda, estaba casada con un hermano de aquél, Juan Francisco Muguiro. En esos años, y ya desde antes de la Guerra de la Independencia, cuando Goya había empezado a aislarse del mundo cortesano, sus retratos se habían ido reduciendo a las personas del círculo de sus familiares y amigos. Quedaban lejos los fastuosos retratos de la aristocracia, de cuerpo entero, que exaltaban la riqueza y el poderío de los representados. Ahora, la burguesía, con toda su energía de nueva clase social, se convirtió en el centro de su atención. Muguiro, banquero y comerciante, tal vez exiliado en Burdeos debido a los servicios prestados al rey José Bonaparte por su firma familiar, «J. Irivaren y sobrinos», desempeñó luego cargos políticos de relieve en la España de Isabel II, siendo, por ejemplo, presidente de las Cortes y senador entre 1836 y 1845. Goya, en la inscripción dedicatoria del cuadro, se define como «amigo» del retratado, quizá para agradecerle con ese término, tan genérico en castellano, gestiones o ayudas recibidas de aquél, que era, además, banquero de su hijo Javier. Unos años antes, Goya había dedicado, así, «a su amigo Arrieta», el retrato que regaló al médico que le salvó la vida durante la enfermedad que le afectó en 1819. El artista presentó a Muguiro para la posteridad en su aspecto más prosaico y mercantil, leyendo una carta recién abierta y sentado junto a un escritorio cubierto de papeles, sobre el que brilla un gran tintero de porcelana verde y dorada. Todo en él inspira confianza, como debe ser en un banquero, sentado con tranquilidad sobre esos reflejos de oro puro que despide la seda de su silla. Es sólido, sobriamente vestido de azul oscuro, trabajador, respetable y austero, aunque su pelo se encrespe con descuido, siguiendo la moda romántica. Una masa de pigmento, como esculpido a golpes del pincel, modela en relieve el rostro luminoso del joven y define la voluntariosa expresión de Muguiro, de mandíbula cuadrada, boca firme y expresión tenaz, que choca con su frente amplia y despejada, como de músico o poeta. Algunos objetos, los papeles, el tintero, o el respaldo de la silla, han alcanzado ya la máxima abstracción formal. Goya en su vejez condensa su técnica en unas pocas pinceladas, dadas con repentinos impulsos de energía, que revelan el esfuerzo de su mano y de sus ojos, casi ciegos, aunque ha quedado intacta, sin embargo, su capacidad portentosa para recrear la materia y la forma. El artista había seguido, completamente solo, por un camino difícil, puro y sintético, sin concesiones al estilo de su tiempo. La materia había cobrado ya una independencia especial, que gracias a la precisa seguridad de sus pinceles se convierte en la cosa misma, lo que nadie hasta entonces, y faltaba aún mucho para ello, había hecho en pintura; ni tan siquiera se había considerado todavía como una de las posibilidades más profundas del arte. Este cuadro fue legado al Prado, en su testamento de 1908, por Juan Bautista de Muguiro y Beruete, II conde de Muguiro, sobrino nieto del retratado. Ingresó en el Museo el 5 de diciembre de 1945, pues a la muerte de su propietario lo tuvo en usufructo su hermano, Fermín de Muguiro.

Manuela B. Mena Marqués

Bibliografía

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