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Durero. Obras Maestras de la Albertina [exposición 2005]
8 de marzo-29 de mayo.
Comisario: José Manuel Matilla.
Obras: 91.
Catálogo: Klaus Albrecht Scrhöder, «Alberto Durero en la Albertina», pp.19-25; Ernst Rebel, «Apeles Germaniae. Coordenadas vitales y artísticas» pp.27-39; Pilar Silva Maroto, «Durero en España», pp. 41-76.

En la producción de Alberto Durero encontramos prácticamente todas las disciplinas que un artista podía practicar en una época en la que se estaban sentando las bases del arte de la Edad Moderna. Si fue un consumado pintor, como atestiguan las extraordinarias tablas que conserva en el Museo del Prado, no le fue a la zaga su destreza en el campo del grabado y el dibujo en sus más variadas técnicas. Y no menos importante fue su actividad intelectual como tratadista. Por razones históricas, la obra de algunos artistas permanece ligada a determinadas instituciones. En el caso de Durero se ha de pensar automáticamente en la Albertina de Viena, colección fundada en 1776 por el duque Albert von Sachsen-Teschen que conserva su más nutrida colección de dibujos y estampas. Mediante el generoso préstamo de obras maestras de Durero –cincuenta y ocho dibujos y veintinueve estampas–, que se unieron a las cuatro tablas del pintor conservadas en el Museo del Prado, Autorretrato, Adán y Eva, y Retrato de personaje desconocido, fue posible abordar en esta exposición, con un novedoso planteamiento, los aspectos esenciales de su actividad artística, concebida como un viaje conceptual a través de su obra, articulada en ocho grandes apartados. El primero de ellos «Introspección y aprendizaje» estaba dedicado a la preocupación de Durero, desde sus comienzos, por la representación de la propia imagen, un medio para expresar la concepción que tenía de sí mismo o la que quería proyectar a los demás, destacando entre otras obras el Autorretrato (1498) conservado en el Prado. Al mismo tiempo estas inquietudes se reflejaron en la necesidad de entablar contacto con personas y lugares susceptibles de aportarle un grado de excelencia que le permitiesen trascender artísticamente su Nuremberg natal, viajando para ello por el Alto Rin y el norte de Italia como forma de aprendizaje. De este período se exponía, entre otras, la Bacanal con Isleño de 1494, en la que copiaba una estampa de Mantenga. «Recreación de la naturaleza» mostraba la fascinación del artista por el mundo que le rodeaba y por el modo de representarlo, destacando las obras Liebre (1502), Pájaro muerto (c. 1512) y Ala de una carraca (c. 1500-1512). Su versatilidad artística le llevó a practicar el grabado en sus diferentes técnicas, sobre todo el grabado en madera a la fibra o entalladura y el grabado a buril, convirtiéndose, durante siglos, sus estampas en objeto de imitación, inspiración y copia. El apartado «El arte de la estampa» reunía una selección de grabados, entre la que destacaban San Jerónimo en su estudio, Melancolía I o toda la serie de obras vinculadas con El caballero, la muerte y el diablo. Dentro también de esta técnica, «Imágenes de devoción» reflejaba como Durero, en su formidable asimilación del cambio que se produjo en los usos y las formas de la imagen religiosa en Centroeuropa, dotó a la estampa de una doble posibilidad de lectura, la ilustración del texto sagrado y la expresión de la nueva religiosidad. Entre las series religiosas destacaban El Apocalipsis (1497-1498), La vida de la Virgen y La Pasión grande (1510). El estudio y representación del cuerpo humano desnudo también atrajo al artista durante toda su vida, dedicando a él buena parte de su actividad artística. «Desnudo y proporción» presentaba reunidas, por primera vez en la historia, un excepcional conjunto de sus desnudos, formado entre otros por las tablas de Adán y Eva del Museo del Prado, junto con dibujos y estampas que mostraban el proceso de elaboración del grabado del mismo nombre de 1504. La sección «Dibujo y pintura» reflejaba como el proceso creativo en Durero se caracterizó por el extremado rigor de sus planteamientos, y por la minuciosidad de los diferentes elementos compositivos. En ella se reunió junto el conjunto de dibujos preparatorios para el San Jerónimo del Museu Nacional de Arte Antiga, de Lisboa, destacando el Estudio de cabeza de un anciano. El retrato estuvo presente a lo largo de toda su obra, pero de forma particularmente intensa en los últimos años de su carrera. Así el apartado «Retratos» articuló un conjunto alrededor del Retrato de un caballero del Museo del Prado. Finalmente se dedicaba «Imperio y Reforma» a los últimos años de vida del artista, consagrados a trabajos de enorme entidad y carácter propagandístico para el Emperador Maximiliano I, como el Gran Carro triunfal –su dibujo de mayor tamaño–, o la vista del Puerto de Amberes. Durante los casi tres meses que se prolongó esta muestra se registraron un total de 185 767 visitantes.

José Manuel Matilla

 
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