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Eakins, Thomas (Filadelfia, 1844-1916). Pintor estadounidense. Viaja a Europa en sus años de formación. En París estudia entre 1866 y 1869 con maestros académicos que admiran a los pintores españoles del siglo XVII y enseñan a apreciarlos a sus alumnos: Gérôme, ­Léon Bonnat y Thomas Couture. En el verano de 1869 coincide en el estudio de Jean-Léon Gérôme con Mariano Fortuny, el pintor catalán responsable del interés de muchos americanos por España y la pintura española. La huella que dejó en él se puede apreciar en pinturas como William Rush esculpiendo una fi­gura alegórica (1877, ­Philadelphia Museum of Art), que sigue de cerca La elección de la modelo (Corcoran Gallery of Art, Washington) del catalán y, sobre todo, en el deseo de viajar a España y de conocer el Museo del Prado. En parte por razones de salud, viaja a España en 1869, donde pasa unos días de diciembre en Madrid y el invierno en Sevilla. Thomas Eakins quería pintar «grandes cosas con total libertad», como las que encontró en el Prado, y así se lo escribía a su familia en las cartas. Aunque no hizo copias, miró atentamente a Diego Velázquez y a José de Ribera y ­tomó notas; los cuadernos con estos apuntes y los bocetos españoles (de 1869 y 1870) se conservan en la Academy of Fine Arts de Pensilvania. También en el Salón de París de ese año vio el retrato que hizo Henri Regn­ault al General Prim (colección par­ticular, Nueva York). El pintor francés fue otro de los responsables de la atracción americana por España y el Museo del Prado, mientras Juan Prim era un símbolo de la revolución que hizo de España una república con la que ­Thomas Eakins simpatizaba, como se puede leer en un muro de su Escena en una calle de Sevilla (1870, colección particular): «Abajo los Borbones, viva la Liv[ertad]». Retratista fa­moso en Filadelfia, donde se estableció definitivamente en 1870, Thomas Eakins hizo en España uno de sus primeros retratos importantes, Carmelita Requena (1869, Metropolitan Museum of Art, Nueva York), una niña de siete años que encontró en Sevilla bailando por las calles. Atento a la rea­lidad, pensaba que «la pintura es un arte esencialmente concreto y consiste en presentar las cosas reales que existen. Es un lenguaje completamente físico, cuyas palabras son los objetos visibles; un objeto abstracto, invisible, ­inexistente, no puede formar parte de los dominios de la pintura». Su deseo era pintar América (la vida, las ­ideas, el carácter) y animaba a sus alumnos a quedarse allí, sin necesidad de viajar a Europa. Thomas ­Eakins estaba interesado por el progreso y la ciencia (La clínica Gross, 1875, Jefferson Medical College, Filadelfia; Retrato del profesor Henry A. Rowland, 1897, Addison Gallery of American Art, Andover, Massachusetts) y además por el empleo del color para crear efectos naturales de luz y sombra pintando al aire libre. Sin ser un impresionista, le interesa que en sus cuadros se vea la hora del día, el tiempo que hace y la época del año. En esa doble búsqueda, a partir de 1880, hace fotografías, que utiliza para sus cuadros: los alumnos desnudos bañándose en el río, su mujer y él mismo en escenas que juegan con la vieja tradición pictórica de los bañistas.

María de los Santos García Felguera

Bibliografía

  • Goodrich, Lloyd, Thomas Eakins. His Life and Work, Nueva York, Whitney Museum of American Art, 1933.
  • Osborne, Carol M., «Yankee Painters at the Prado», Spain, Espagne, Spanien. Foreign Artists Discover Spain: 1800-1900, cat. exp., Nueva York, The Equitable Gallery, 1993.
  • Thomas Eakins, cat. exp., Filadelfia, Philadelphia Museum of Art, 2001.
 
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