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Felipe iv [Velázquez]
1653-1657, óleo sobre lienzo, 69 x 56 cm [P1185].
El 8 de julio de 1653, Felipe IV escribía, respondiendo a una carta en la que la condesa de Paredes de Nava le daba las gracias por los retratos de su esposa y sus dos hijas, las infantas María Teresa y Margarita: «No fue mi retrato porque ha nueve años que no se ha hecho ninguno, y no me inclino a pasar por la flema de Velázquez, así por ella como por no verme envejeciendo». El rey contaba entonces cuarenta y ocho años de edad, y habían transcurrido nueve desde que Velázquez le hiciera el famoso Retrato de Fraga para celebrar la victoria sobre los franceses en Lérida (Frick Collection, Nueva York). En ese tiempo Felipe había sufrido terribles pérdidas personales: en 1644 la de su esposa, Isabel de Borbón, y dos años después la del príncipe Baltasar Carlos, su único hijo varón y heredero. Algo de felicidad había vuelto a conocer, sin embargo, al casarse con su sobrina Mariana en 1649 y ver nacer a una hija, la infanta Margarita. Pero la falta de heredero varón era una preocupación perenne. A los infortunios personales se sumaban los de la Monarquía española, cuyo gobierno Dios había depositado en sus manos. A la caída de Olivares en 1643, Felipe anunció su propósito de no tener más privado en el futuro y gobernar solo. Aunque de hecho vendría a depender en gran medida de los servicios de Luis de Haro, desde entonces hasta su muerte en 1665 se aplicó con ahínco a los asuntos de Estado. En 1653 los catalanes ya habían vuelto a la obediencia tras doce años de rebelión, pero la sublevación de Portugal continuaba, y también la guerra con Francia. Castilla estaba exhausta, y la correspondencia de Felipe con sor María de Ágreda, a quien acudía en busca de consuelo espiritual, demuestra que el rey se sentía personalmente responsable de la miseria de sus súbditos y los males de la nación y tendía a culparse de ellos por sus pecados. Velázquez volvió de su segunda visita a Italia en 1651, y es probable que pintara este retrato entre 1653 y 1655, año en que la cabeza sirvió de modelo para una plancha del grabador de la corte Pedro de Villafranca. En la National Gallery de Londres se conserva otra versión, también de gran calidad, que parece mostrar al monarca con dos o tres años más. En ambas pinturas se le ve como un hombre de edad avanzada, aunque acaso no hubiera cumplido aún el medio siglo cuando se hizo la del Prado. El rostro cansado y el sombrío traje, cuya negrura se alivia en el retrato de Londres con los oros del Toisón, los botones y el brocado de las mangas, componen una impresión de melancolía para el espectador moderno, que se inclina a ver aquí la imagen de un monarca vencido y desilusionado. Pero es un retrato oficial, pintado conforme a los cánones de la retratística de la corte española, que sirvió de patrón para numerosas copias. Incluso en un retrato oficial el genio de Velázquez supo captar aspectos de la personalidad del rey que serían más patentes para generaciones posteriores que para sus propios contemporáneos.

John Elliott

Bibliografía

  • Brown, Jonathan, Velázquez. Pintor y cortesano, Madrid, Alianza Editorial, 1986.
  • Harris, Enriqueta, Velázquez [1982], Madrid, Akal, 2003.
  • Pérez Villanueva, Joaquín, Felipe IV escritor de cartas. Un epistolario inédito con Velázquez al fondo, Salamanca, Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1986.
  • Portús Pérez, Javier, Velázquez. Guía, Madrid, Museo del Prado y Aldeasa, 1999.
  • Stradling, Robert A., Felipe IV y el gobierno de España, 1621-1655, Madrid, Cátedra, 1989.
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Lupa
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