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Fernández, Gregorio (Sarriá, Lugo, 1576-Valladolid, 1636). Escultor español. La tradición artística vallisoletana -que tan altos logros alcanzó en el siglo XVI- y su condición de ciudad preferida por la Monarquía española entre 1601 y 1606, vio florecer un número considerable de artistas llamados a continuar en pleno siglo XVII el esplendor alcanzado anteriormente por Alonso Berruguete, Juan de Juni o Pompeo Leoni. A esta indiscutible realidad se sumaron otros factores de índole religiosa que convirtieron la efímera capital de la Monarquía en núcleo aglutinador de los ideales de la Contrarreforma. Pero el ambiente artístico vivido no podía ocultar que, junto a las raíces naturalistas de un arte demandado por la Iglesia, se desarrolló una intensa reflexión artística que, tras la huella dejada por Juan de Herrera, dio lugar a unos modelos constructivos basados en los tratados de Jacopo Barozzi da Vignola y de Andrea Palladio. Éste era el ambiente de la ciudad de Valladolid cuando Gregorio Fernández llegó en 1605. Esa doble realidad, antes aludida, condicionó la tra­yectoria de un escultor, formado con Francisco del Rincón, como inspiradora de formas basadas en un clasicismo que miraba complaciente los logros de una realidad en la que contendían a la par la necesidad de profundizar sobre los componentes naturalistas de la imagen religiosa y la necesidad de mostrarla en un bello soporte y así valorar la entidad de unas formas perfectamente adaptadas al movimiento continuo de la escultura procesional o al rigor de la mirada exigido por la simétrica compartimentación de los retablos. La unión entre imagen y escenario se dio desde un principio. Las trazas rigurosas de Francisco de Mora (retablo de Nava del Rey, Valladolid, 1611-1612) fueron el soporte ideal sobre el que gravitaron las primeras imágenes de Fernández hasta alcanzar la grandiosa monumentalidad del de la iglesia de San Miguel de Vitoria (1624) o el de la catedral de Plasencia (1625-1632). De esta forma, la escultura conquistaba unos ámbitos de contemplación que convertía la calle central y el ático en lugares ideales para desplegar el poder persuasivo de la imagen convertida en protagonista indiscutible. No es de extrañar que esta armonía alcanzara los logros de otras modalidades escultóricas más complejas que rompieron el cerrado marco del santuario para hacer más real las ficciones evocadas por la pintura. Desde 1612 en que Fernández talló el paso llamado Sitio (tengo sed), la complicada trama de los escenarios móviles trasladó a la calle un teatro inanimado contemplado en movimiento. La escultura debería someterse a puntos de vista cambiantes en los que era tan importante la pericia de la talla y la audacia de la composición como los sentimientos que sugería. De 1614 es el llamado Camino del Calvario; dos años después compuso la famosa Piedad (Museo Nacional de Escultura de Valladolid) (realizado para la iglesia penitencial de las Angustias de aquella ciudad con los dos ladrones y las figuras de la Virgen y san Juan, únicas que permanecen en aquella iglesia) y en 1623 El Descendimiento de la cruz (iglesia de la Vera Cruz, Valladolid). El afianzamiento del naturalismo de Fernández permitió que la escultura alcanzara una realidad sublimada capaz de aunar los valores religiosos que representaba con la belleza corporal expresada en sus Yacentes (1606, convento de Santa Clara de Lerma; 1614, convento de capuchinos del Pardo; otros en la iglesia de la Encarnación de Madrid y Museo Nacional de Escultura, procedente de la casa profesa de la Compañía de Madrid; franciscanas descalzas de Monforte de Lemos o catedral de Segovia), Cristos atados a la columna (Museo Diocesano de Valladolid y convento de la Encarnación de Madrid), Coronados de espinas (Museo de la catedral de Valladolid), Crucificados (Cristo de la luz, Capilla de la Universidad de Valladolid) y el relieve del Bautismo de Cristo (1624, Museo Nacional de Escultura). La corporeidad de las figuras, la sutil policromía a la que contribuyeron pintores como Diego Valentín Díaz, la sutileza del relieve y la plenitud del volumen, fueron muchos de los valores que la historiografía destacó en la obra de Fernández. En temas tan enraizados en la mentalidad española como el de la Inmaculada, Fernández creó un tipo escultórico singular, invariable a lo largo del tiempo. Concebida como imagen frontal, en actitud de recogimiento místico, viste largo manto, con caídas en diagonal, y labores de pasamanería y un pelo exquisito se extiende por sus espaldas. Acaso la de la catedral de Astorga (1626) sea uno de sus más logrados modelos. Escultor preferido por nobles como Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, duque de Lerma, o Rodrigo Calderón, por los reyes Felipe III y Feli­­pe IV, por las grandes cofradías procesionales de Valladolid y las órdenes religiosas, Gregorio Fernández fue cabeza de una escuela de escultura extendida por la corte, por toda Castilla, el norte de España, Galicia y Extremadura.

Cristóbal Belda Navarro

Obras

  • Cristo yacente, madera policromada, 46 x 74 x 191 cm, 1625-1630 [E576].

Bibliografía

  • Gregorio Fernández, cat. exp., Madrid, Fundación Santander Central Hispano, 2000.
  • Martín González, Juan José, El escultor Gregorio Fernández, Madrid, Ministerio de Cultura, 1980.
  • Martín González, Juan José, Escultura barroca castellana, Madrid, Fundación Lázaro Galdiano, 1971.
  • Martín González, Juan José, Escultura barroca en España, 1600-1770, Madrid, Cátedra, 1983.
 
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