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Granja de San Ildefonso, La. El Real Sitio de La Granja de San Ildefonso fue una creación de Felipe V destinada a constituir su residencia permanente; allí quiso vivir retirado junto con su esposa, Isabel de Farnesio, una vez abdicase de la Corona, lo que efectuó en enero de 1724; pero la temprana muerte de Luis I en agosto de aquel mismo año supuso la vuelta del «rey padre» al trono. A partir de entonces La Granja fue sencillamente la residencia favorita del soberano, sobre todo después del viaje por Andalucía en 1729-1734, y no cesó de ser enriquecida con nuevas obras hasta el final de su reinado. Los reyes debían rodearse de objetos dignos de su categoría, y Felipe V no quiso tocar para ello las antiguas colecciones reales, sino adquirir de nuevo cuanto fuese pertinente. Si la magnificencia era propia de un monarca tan «heroicamente» retirado, le correspondía mucho más a aquél que volvía a ceñir la corona. Por consiguiente tanto los jardines como el palacio y sus contenidos fueron ampliados y enriquecidos entre 1725 y 1746. En La Granja los inventarios distinguían entre la colección del rey y la de la reina, ambas bien conocidas gracias a los inventarios realizados en 1746; en otro redactado en 1735 solo se señala lo relativo a la del rey. Los bienes de Felipe V se marcaron con un aspa de Borgoña o cruz de san Andrés, y los de Isabel de Farnesio con la flor de lis, que -siete veces repetida- forma el escudo de su familia. Las pertenencias del rey son importantes sobre todo porque incluyen las esculturas compradas a los herederos de la reina Cristina de Suecia, pero el gusto de la reina se manifiesta tanto en esa concreta adquisición como en el conjunto de todas las que cubrían las paredes en la planta principal de San Ildefonso, desde los arrimaderos hasta las cornisas, con un sentido decorativo propio de la quadreria en un palacio italiano. Su número parecía abrumador a los contemporáneos como Ponz: en 1746 había un total de mil ciento noventa y cuatro cuadros -de los cuales cuatrocientos cincuenta y cinco eran del rey- que llegaron hasta los mil trescientos gracias a los adquiridos por la reina viuda, quien, con motivo de la primera «jornada» estival de Carlos III en este real sitio, en 1766, los dispuso de acuerdo a un nuevo orden en las salas del piso principal que dan al jardín, las que formaban los «cuartos» del rey y de la reina. Ese estado de cosas es el que mejor conocemos gracias al inventario de su testamentaría en 1766 y al realizado por el oficio de la furriera de San Ildefonso en 1774, que ha servido de pauta para el nuevo montaje museográfico del palacio realizado en 2000 por el Patrimonio Nacional con las pinturas de la colección que permanecen en su poder. Isabel de Farnesio sentía una preferencia decidida por la pintura de género flamenca y holandesa, y por los autores italianos clásicos y los clasicistas del seicento; ambas tendencias eran lo que cabía esperar del coleccionismo contemporáneo y estaban reforzadas por sus asesores en la materia, en particular el pintor romano Andrea Procaccini que, contratado por Felipe V, ejerció de dictador artístico y genio universal en La Granja hasta su muerte en 1735. La colección del rey responde a los mismos parámetros que la de la reina, pero es menos rica y personal, aunque está matizada por elementos que subrayan el origen francés del soberano, como la presencia de seis docenas de cuadros de su pintor de cámara Michel-Ange Houasse, conservados en su mayor parte en el Patrimonio Na­cional, pero también en el Prado ([P2264-P2269] algunos de los cuales están en la actualidad atribuidos a Ranc); y varios retratos de familia por Hyacinthe Rigaud (Retrato de Luis xiv); Largillierre (María Ana Victoria de Borbón); y su propio pintor de cámara, Ranc [P2333, P2334]. En general el tono clásico de la colección de Feli­pe V viene dado porque incluye la comprada a los herederos del pintor romano Carlo Maratta por sugerencia de su discípulo Procaccini, con piezas tan características del gusto romano seicentista como La Oración en el Huerto, de Ludovico Carracci; Diógenes buscando a un hombre, de Castiglione; Arco de triunfo, por Domenichino; algunos paisajes [P79, P134-P138] por Dughet, y por Lemaire [P2308]; una batalla [P139], de Falcone; El pintor Andrea Sacchi, por Maratta; El triunfo de David, por Poussin; y las historias de santa Apolonia [P214, P215], por Reni. La pintura italiana -y la clasicista de pintores residentes en Italia- no quedó limitada en la ­colección del rey a los cuadros de la colección Maratta, puesto que también adquirió otras significativas de Bonzi (Cabeza de viejo), Bourdon (San Pablo y san Bernabé en Listra), Aníbal Carracci (Virgen con el Niño y san Juan), Cerquozzi (Cabaña), Giulio ­Romano (La Adoración de los pastores), Sacchi (El pintor Francesco Albani), Malombra (Sala del Colegio de Venecia), Jan Frans van Bloemen «Orizzonte» (Paisaje), Jacques Courtois (Lucha por la posesión de una fortaleza), y en especial un número significativo de Poussin (Noli me tangere, Paisaje con edificios, Bacanal, El Parnaso y Escena báquica). El rey también adquirió obras de flamencos y holandeses, bien paisajes como los de Brueghel de Velours [P1432, P1433, P1885]; escenas alegóricas (Clerck y Brueghel de Velours, La abundancia y los cuatro elementos); y de género, por Bout [P1380, P1381]. El más representado de esta escuela era Wouwerman [P2154] o lo que entonces se creía ser tal, como Choque de caballería [P2120], actualmente atribuido a Lint. En la colección de la reina, aun siendo muy importante la pintura italiana, salta a la vista, sin embargo, una mayor pasión por la noreuropea y la fascinación ejercida por Murillo durante la estancia de la corte en Sevilla. Entre las obras italianas destacaban las de Amigoni (La Santa Faz y La infanta María Antonia Fernanda, hija de Felipe V), Assereto (Moisés y el agua de la roca), Francesco Bassano (La Adoración de los Magos y La Última Cena), (La Adoración de los pastores [P26], antes atribuida a Jacopo Bassano), Bonito (La embajada turca en Nápoles, año de 1741), Correggio (Virgen con el Niño y san Juanito), Guercino (San Agustín meditando sobre la Trinidad), Maineri (La Virgen y san José adorando al Niño), Nogari (Vieja con una muleta), (La Sagrada Familia [P287], de un seguidor de Pontormo), Reni (El apóstol Santiago el Mayor), Rosa de Tívoli (Pastora con cabras y ovejas), Solimena (Autorretrato), Strozzi (La Verónica), (El arzobispo Pedro, antes atribuida a Tintoretto), Veronés (Magdalena penitente), y Caspar van Wittel (Vista de Venecia desde san Giorgio). Es curioso que la reina creyera tener un Tiziano que en realidad era Velázquez (Don Juan Francisco Pimentel, X conde de Benavente), un Velázquez que se trata del Strozzi y un Murillo cuando se trata de El sueño de Jacob, por Ribera, de quien tenía también San Jerónimo penitente. Murillo era el pintor mejor representado de la escuela española, con casi una treintena de cuadros adquiridos en Sevilla durante el «lustro real»; entre ellos estaban algunas de sus más conocidas obras en el Museo (Sagrada Familia del pajarito, El Buen Pastor, San Juan Bautista niño, Los niños de la concha, Cristo crucificado [P967]; Santa Ana y la Virgen, La Anunciación, La Inmaculada Concepción, Aparición de la Virgen a san Bernardo, La descensión de la Virgen para premiar los escritos de san Ildefonso, San Jerónimo leyendo, Rebeca y Eliezer), pero también había algunas que la crítica actual no acepta (La gallega de la moneda), o que son obras notables de otros pintores como Claudio Coello (El padre Cabanillas). Entre las demás obras españolas llaman la atención dos de Velázquez (el ya mencionado Don Juan Francisco Pimentel, X conde de Benavente y Doña Juana Pacheco, mujer del autor (?), caracterizada como una sibila), una de su discípulo Pareja (La vocación de san Mateo) y Carlos II, por Carreño. Pocas obras francesas tenía, y entre ellas retratos de familia, como el Felipe V, de Rigaud, o el Fernando VI, siendo príncipe de Asturias, de Ranc, pero también nada menos que dos Watteau [P2353-P2354]. Entre los pintores españoles contemporáneos solo cabe mencionar a Tobar y a Valero Iriarte [P1162-P1163]. La adquisición en 1725 por Felipe V de la colección de escultura antigua que había sido de la reina Cristina de Suecia es un aspecto tan importante que merece capítulo aparte; sin embargo, es preciso reseñar aquí que los reyes la destinaron a La Granja desde el principio, y que para ello orde­naron a Procaccini levantar una gran galería que ocupaba un ala entera de las cuatro con las que se amplió el primitivo palacio; pero las obras de ese espacio se alargaron de tal modo que aún no estaban terminadas cuando Felipe V murió, y, por tanto, las estatuas estuvieron paradójicamente almacenadas durante más de veinte años, hasta que la reina viuda dispuso por fin su colocación en la hilera de salas de la planta baja del palacio, donde encontraron acomodo en 1750. A la galería estaba destinada también la serie de Alejandro cuya realización encomendó Juvarra a siete artistas diferentes italianos, como Conca [P101] y uno francés. Carlos III encargó a Bayeu y a Maella la nueva decoración al fresco en la real colegiata, algunos de cuyos bocetos conserva el Prado; pero aunque pasó aquí todos los veranos de su reinado, cuidó de no cambiar nada del palacio, sino dejarlo como en tiempo de su madre. Carlos IV mantuvo esta «jornada» estival, pero sus sitios favoritos eran San Lorenzo y Aranjuez, y a éste mandó trasladar casi cuatrocientos cuadros, además de esculturas clásicas y jarrones del jardín, dos de los cuales decoran la puerta alta de Goya en el Museo. Quedaron en La Granja unas setecientas cincuenta pinturas según el inventario de 1794, donde aparecen con la misma numeración correlativa que en 1774, aunque sin señalar en qué salas estaban. Durante los años siguientes hasta 1808 se realizaron algunas alteraciones poco documentadas, trasladando más pinturas a Aranjuez y al Palacio de Madrid, y como a éste llevaron otras los franceses, resulta algo confusa la historia del éxodo artístico de San Ildefonso, que enlaza ya con la creación del Museo.

José Luis Sancho

Bibliografía

  • Palacios reales de La Granja de San Ildefonso, Riofrío y Museo de Caza, Madrid, Patrimonio Nacional, 1983.
  • Sancho, José Luis, y Aparicio, Ramón, Real Sitio de La Granja de San Ildefonso y Riofrío, Madrid, Patrimonio Nacional, 2001.
 
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