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Enciclopedia online

Hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés, Los [Fortuny]
1874, óleo sobre lienzo, 44 x 93 cm, firmado [P2931].
Mariano Fortuny y su familia pasaron el verano de 1874 en Portici, cerca de Nápoles, alquilando una villa junto a la playa. A través de la numerosa correspondencia recogida por su amigo, el barón Charles Davillier, sabemos que en ese momento el pintor, alcanzada la seguridad económica pero cansado a la vez de los condicionantes que le imponía el mercado, estaba ansioso por desarrollar su verdadera personalidad y pintar los temas que le apetecieran, haciéndolo además a su aire. En esas fecundas vacaciones el artista trabajó intensamente, produciendo numerosos apuntes y estudios a pluma, a la acuarela o al óleo, en preparación de dos grandes composiciones, La playa de Portici (un apunte para la cual, Desnudo en la playa de Portici, forma parte de las colecciones del Museo del Prado) y El matarife árabe. El 13 de octubre de ese año, cinco semanas antes de su muerte, el pintor escribía a su amigo Goyena reproduciendo en una de las páginas el cuadro de La playa de Portici y en otra, trece de los óleos realizados en poco más de tres meses. En el centro de estos últimos destaca un croquis de Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés. En esta pintura, el artista representó lo que pudo ser un simple momento intrascendente de esas plácidas y felices vacaciones, sin más anécdota que sus hijos María Luisa y Mariano sobre un larguísimo diván, la primera tumbada indolentemente resguardándose los ojos del sol con un abanico y el segundo sentado, con el torso desnudo y las piernas cubiertas por una tela de seda azul ricamente bordada. Completan la composición tres grandes almohadones -verde, anaranjado y negro-, la pared tapizada de seda azul celeste con mariposas y finas ramas, unas plantas frente a una celosía que abre a un espacio oscuro a la izquierda del todo y una muñeca en el suelo, apoyada contra el canapé. La obra presenta un tratamiento pictórico desigual, con determinados detalles, como las piernas de la niña, primorosamente elaboradas, mientras que su cara se nos presenta con una indefinición un tanto sorprendente, que acaso se deba a la intención de reproducir la incapacidad de la vista de fijar los detalles del rostro cuando éste se encuentra en posición horizontal. En otras áreas encontramos novedosos procedimientos, como en la penumbra tras las plantas, donde parece que el artista raspó la materia recién aplicada para que la textura de la tela de soporte diera lugar a una sutil veladura de fondo sobre la que destacaran los toques, de tonalidades semejantes a las del fondo pero de pastas densas, de la vegetación. Tal como indica Davillier, el cuadro quedó inconcluso y, en efecto, podemos ver que la muñeca está simplemente esbozada y, también en el ángulo inferior izquierdo, aparecen unos trazos que pudieran corresponder a algún elemento que se pensara añadir a la composición; asimismo en el suelo únicamente se indica la perspectiva de las baldosas que el pintor tenía previsto detallar, tal como aparece en el croquis incluido en la ya mencionada carta. De todas formas, la obra constituye un excepcional ejemplo de la personalidad nada convencional del artista, libre de todo condicionamiento comercial, de lo que él consideraba la verdadera pintura. Fortuny tuvo, al parecer y según se desprende de otra nota escrita en agosto de 1874 a su amigo Martín Rico, intención de regalárselo a su suegro posiblemente con motivo de su matrimonio con Rosa Guardiola (14 de noviembre de 1874), pero lo cierto es que el cuadro permaneció en su taller hasta su fallecimiento, el 21 de noviembre de 1874. En abril del año siguiente figuraría, bajo el número 114 y con el correspondiente sello de testamentaría, en la venta de sus bienes, celebrada en el hotel Drouot de París, siendo adjudicado por 30 500 francos. Fue la segunda pieza más valorada de la subasta, superada únicamente por los 49 800 francos de La playa de Portici -n.º 1-, y por encima de los 27 000 francos del Patio de la alberca -n.º 57-, los 24 100 del Patio bajo de la Alhambra -n.º 55-, los 20 000 de la Salida de la procesión de la iglesia de Santa Cruz de Madrid en tiempo de lluvia -n.º 33-, o también los 30 000 francos del gran jarrón nazarita de reflejos metálicos -n.º 42-, actualmente en el Museo del Ermitage de San Petersburgo. A pesar de ello, el cuadro continuó en poder de la viuda del pintor, Cecilia de Madrazo, y luego pasó al hijo de ambos, Mariano Fortuny Madrazo, quien lo legaría al Museo del Prado, donde ingresó en 1952.

Santiago Alcolea Blanch

Bibliografía

  • Catálogo de las pinturas del siglo xix. Museo del Prado. Casón del Buen Retiro, Madrid, Ministerio de Cultura, 1985, pp. 80-81.
  • Davillier, Baron, Fortuny, sa vie, son œuvre, sa correspondance, París, Auguste Aubry, 1875, pp. 122-138.
  • Federico de Madrazo y Kuntz (1815-1894), cat. exp., Madrid, Museo del Prado y El Viso, 1994, n.º 63.
  • González López, Carlos, y Martí, Montserrat, Mariano Fortuny Marsal. 1838-1874, Barcelona, Ràfols, 1986, t. II, p. 56, n.º RT-1.02.74.
Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés [Fortuny]
Lupa
Los hijos del pintor, María Luisa y Mariano, en el salón japonés [Fortuny]
 
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