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Majas, Las [Goya]
La maja vestida, 1800-1805, óleo sobre lienzo, 95 x 190 cm [P741].
La maja desnuda, 1797-1800, óleo sobre lienzo, 97 x 190 cm [P742].
Existen pocas representaciones de una mujer desnuda que, en la historia de la pintura, hayan suscitado tantas interpretaciones novelescas y fantasiosas como La maja desnuda, de Goya. Ahora bien, Charles Yriarte, ya en 1867, hablaba de su «reputación europea», a pesar de que el cuadro había permanecido escondido en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando durante todo el siglo XIX, y fue expuesto por primera vez en el Museo del Prado en 1901. En realidad, no era el tema lo que chocaba a los responsables de los museos madrileños, puesto que, desde 1827, las Venus de Tiziano y de otros artistas célebres figuraban, en su mayoría, en lugares preferentes del Prado. Sabemos que era el primer ministro español Manuel Godoy, príncipe de la Paz, quien poseía Las majas, de Goya, ya que se encuentran registradas con el nombre de Gitanas en el inventario de su palacio en 1808. Más tarde, al ­secuestrar su colección en 1815, la ­Inquisición convocó a Goya para saber quién era la dama y de quién provenía el encargo. No se conoce la respuesta del pintor, pero su hijo ­Javier, en 1832, en la corta reseña biográfica de su padre, señala «las dos Venus que poseía el príncipe de la Paz». En 1843 el escritor francés Louis Viardot, que había visto La maja vestida en la Academia de San Fernando, que estaba, por tanto, fuera del Museo, declara «que ­creían que representaba a la duquesa de Alba» (en 1802). El primer gran biógrafo de Goya, el francés Charles Yriarte, en 1867, se alza contra esta identificación con argumentos convincentes sobre la diferencia total de facciones. Observemos que, en 1800, la duquesa tenía cuarenta años y estaba ya muy enferma. En 1979 se publica un extracto del Diario del grabador de la moneda real, González de Sepúlveda, quien narra cómo en noviembre de 1800 visitó en su palacio al príncipe de la Paz en compañía de Ceán Bermúdez; se sabe que vieron La maja desnuda en un gabinete apartado, con la Venus, de Velázquez, y la copia de Tiziano. Lo que nos da a entender que Godoy se atrevía a mostrar el cuadro de ­Goya a ciertas personalidades contemporáneas y, seguramente, éstas sabían quién era el modelo. No obstante, la leyenda concerniente a la duquesa de Alba continuaba fascinando a los aficionados y críticos de arte, hasta el punto de que, en 1945, el duque de Alba mandó exhumar los restos de su célebre antepasada con el fin de demostrar que sus huesos no correspondían a la anatomía de La maja desnuda. Por otra parte, se había afirmado que, debajo de la cabeza que hoy vemos en el cuadro, había un retrato de la duquesa repintado después. Las radiografías que se hicieron en 1945 en el Prado mostraron que no existía figura alguna debajo y que el rostro de La maja desnuda era original. Ahora bien, en 1870 Pedro de Madrazo, hijo del director del Prado, José de Madrazo, había sugerido -a propósito de La maja desnuda, que seguía escondida en la Academia de San Fernando- que podría tratarse de Pepita Tudó, amante del príncipe de la Paz. En efecto, ésta, condesa de Castillofiel, convertida en una vieja dama muy respetada, acababa de morir en 1869 a la edad de noventa años. El texto de Madrazo escapó totalmente a los historiadores de Goya. Por otro lado, si comparamos los rasgos de una joven pintada por un miniaturista desconocido -obra que se en­cuentra en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid, en el cual se considera que Pepita Tudó es la representada- y sobre todo el Retrato de la condesa de Castillofiel, Josefa Tudó, pintado por Vicente López (colección particular) y proveniente del nieto de Tudó, el parecido con el rostro de Las majas, de Goya, es sorprendente. ¿Pero quién era Pepita Tudó, cuya historia jamás fue contada -probablemente porque pertenecía a un periodo oscuro de la monarquía española- y sobre la cual ni siquiera unos documentos publicados hace treinta años han sido apenas consultados? Josefa Catalán Alemán y Luesia había nacido en 1779 en Cádiz y era de origen catalán. Ya en 1797 su presencia era señalada en la corte de España junto a Godoy, que pidió al poeta Meléndez Valdés, amigo de Goya, que compusiera unos versos en su honor. Era encantadora y tenía dieciocho años. Su padre, oficial superior ennoblecido, fue nombrado gobernador del Buen Retiro en 1801. Pepita Tudó tuvo dos hijos del príncipe de la Paz: Carlos, nacido en 1801 (el mismo año que Carlota, hija única de la condesa de Chinchón, esposa legítima de Godoy y sobrina del rey), y Manuel, nacido en 1805. Según testimonios de archivos publicados solamente hace cincuenta años, la reina María Luisa apreciaba mucho a la Tudó, hasta el punto de hacer que la concediesen, en 1807, el título de condesa de Castillofiel. Durante el arresto de Godoy en 1808 se comportó con gran valor, acompañándole después a él y a los reyes españoles a su exilio en Francia, y luego a Italia. Al morir la condesa de Chinchón en 1828, se casó en Roma con Godoy y no pudo volver a España hasta que murió Fernando VII, quien sentía por ella un gran desprecio. Ahora bien, en cualquier caso, la modelo de Goya es una mujer joven y encantadora que le permitió tratar un tema trillado con una originalidad extraordinaria. Tal vez se inspirase en una Venus antigua cuya copia en mármol (Prado) fue ­traída de Italia en 1651 por Velázquez, y que tiene el brazo derecho por ­detrás de la cabeza y la mano izquierda apoyada en la mejilla, pero, en realidad, se le debió encargar que hiciera un retrato de su modelo. En efecto, tanto la perspectiva del cuerpo como la po­sición de la cabeza prueban que está mirando al pintor de frente, «a los ojos», razón por la cual se incorpora. Goya no ha tratado mucho el tema de la mujer desnuda. Es probablemente por eso por lo que el desnudo de La maja no es muy sensual. En cambio, la factura y la pincelada son espléndidas. El blanco del drapeado y de los cojines anuncia a los impresionistas y, para destacar el cuerpo del fondo liso, la ha instalado sobre un canapé de terciopelo verde, que no aparece en La maja vestida, donde, a pesar de los colores -cinturón rosa y bolero ocre-, la policromía parece menos viva. Uno de los mejores retratistas de todos los tiempos, Goya, quedó fascinado por la expresión atrevida de su modelo, y nos ha transmitido una imagen inolvidable que explica la fascinación ejercida por estas dos Majas sobre los aficionados al arte desde hace un siglo.

Jeannine Baticle

Bibliografía

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  • Tomlinson, Janis A., Goya in the Twilight of ­Enlightenment, New Haven, Yale University Press, 1992, pp. 150-165.
La maja vestida[Goya]
Lupa
La maja vestida[Goya]
 
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