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Monstruos, enanos y bufones en la corte de los Austrias (a propósito del «Retrato de enano» de Juan van der Hamen) [exposición 1986]
19 de junio-30 de agosto.
Comisaria: Manuela B. Mena Marqués.
Obras: 37.
Catálogo: Alfonso E. Pérez Sánchez, «Monstruos, enanos y bufones», pp. 9-13; Julián ­Gállego, «Manías y pequeñeces», pp. 15-24.
Organizada con motivo de la entrada en el Museo -mediante donación de la Fundación Bertrán a través de la Fundación Amigos del Museo del Prado- del Retrato de enano, de Juan van der Hamen y León, y bajo el comisariado de Manuela B. Mena Marqués, esta exposición constituyó un indudable hito de referencia en la historiografía española sobre ese variopinto grupo de personas que en los siglos XVI y XVII fueron conocidas como la gente de placer de palacio. En la senda que en 1939 había abierto José Moreno Villa con acierto expositivo y enorme riqueza documental, la muestra ayudó a comprender mejor la realidad de los que, por mal nombre, fueron llamados sabandijas palaciegas y cuyo reflejo en la literatura y en el arte españoles del siglo de oro es innegable, llegando a su máxima expresión en la serie emblemática de Diego Velázquez. La historiografía ha discutido hasta la saciedad las razones por las cuales cabría explicar la presencia de personas con graves taras físicas o mentales en la corte hispánica. La hipótesis inicial que suponía que locos, enanos, bufones y demás placenteros no eran más que otra expresión de la supuesta degeneración del gusto propio de los monarcas menores de la Casa de Habsburgo, ha sido despejada al demostrarse que idéntico fenómeno se había dado en otras muchas cortes reales, principescas o provinciales de la Europa de la época. En su lugar, predomina hoy una explicación culturalista que insiste en la carga simbólica que se derivaría de la oposición entre unas figuras que entonces eran consideradas deformes o ridículas y las personas reales, principescas o aristocráticas, cuya perfección y galantería quedaría reforzada al compararse con la ridícula improporción de lo bufonesco. Asimismo, se ha insistido en que esta desgraciada y triste cohorte era mantenida en palacio para demostrar la liberalidad de sus señores, quienes al protegerlos expresarían su magnánima generosidad caballeresca, así como también, sin más, su poder y su riqueza. En cualquier caso, lo cierto es que fueron figuras familiares a los miembros de la familia real desde su nacimiento y que los acompañaron a lo largo de toda su vida, esperándose de ellos que aliviasen la necesaria melancolía que afectaba a los grandes. Como en toda Europa, locos, enanos y bufones entraron en los palacios españoles desde los tiempos de los Reyes Católicos hasta los de Felipe V, abandonándose por regla general estos inquietantes séquitos poco después de comenzado el siglo XVIII. Un momento de especial importancia fue el reinado de Felipe II, cuya estrecha relación con los loquillos palaciegos llegó a ser censurada por su padre el emperador Carlos V, por el especial interés que mostró hacia ellos. Además, el Rey Prudente ordenó a sus pintores de corte que los retratasen en retratos individuales o colectivos que, sin duda, hubieron de pesar en las grandes series palatinas de la centuria siguiente. Pero es, ante todo, gracias al arte de Diego Velázquez que podemos conocer la presencia familiar de la placentería palaciega en tiempos de Felipe IV, cuya corte espléndida acogió a las sabandijas de Palacio bien para mostrar la grandeza moral de los príncipes, bien para recrear en palacio una irrepetible cosmovisión general en la que monstruos, enanos y bufones, tan cercanos a la naturaleza, representarían el primer grado de la humanidad, bien para simplemente dejar recuerdo de una realidad cotidiana, tal como se expresaría en determinadas ocasiones o casos memorables que habrían animado los días de Palacio.

Fernando Bouza

 
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