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Pintura napolitana. De Caravaggio a Giordano [exposición 1985]
10 de octubre-8 de diciembre.
Comisario: Alfonso E. Pérez Sánchez.
Obras: 163.
Catálogo: Giuseppe Galazo, «Nápoles, ciudad y capital moderna», pp. 13-21; Romeo de Maio, «Pintura y contrarreforma en Nápoles», pp. 23-44; Alfonso E. Pérez Sánchez, «La pintura napolitana del seicento y España», pp. 45-61.
En los meses de octubre a diciembre de 1985, y como aportación española al renovado estudio del barroco napolitano -manifestado desde 1982 en sucesivas exposi­ciones organizadas por la National Gallery de Londres, el Museo Nazionale di Capodimonte de Nápoles y otros museos y galerías europeas y americanas-, el Prado preparó y exhibió, en las salas del Palacio de Villahermosa, adscrito ese mismo año al Museo para ampliación de sus espacios, una gran exposición dedicada a la pintura napolitana del siglo XVII. Se contó con los fondos especialmente ricos del Museo del Prado y con la colaboración del Museo ­Nazionale di Capodi­monte de Nápoles, que aportó un grupo de obras que suplían las lagunas y permitían completar aspectos de reducida presencia en las colecciones españolas. También estuvieron presentes obras procedentes de iglesias, conventos y museos, tanto españoles ­como napolitanos, e incluso algunas de propiedad privada. Se exhibieron ciento sesenta y tres lienzos, algunos dados a conocer por vez primera, y el catálogo, preparado por Alfonso E. Pérez Sánchez y Manuela B. Mena Marqués, incluyó ensayos que comentaban las circunstancias históricas y el peso de la Contrarreforma católica en Nápoles. La exposición, como su título indicaba, comenzaba con las obras de Caravaggio que se conservan en España, más una aportación importante de la Banca Comerciale Italiana: el Martirio de santa Úrsula, una de las últimas obras del pintor. Se reunieron obras de la genera­ción di­recta­mente influida por el maestro ­(Battistello ­Caracciolo, Marullo, ­Finsonius, Finoglio o Artemisa Genti­leschi) junto con Ribera, del que se exhibieron, por vez primera, los paisajes recién descubiertos de la colección Alba, con otras obras importantes. Ribera ejerció una influencia decisiva en el desarrollo de la pintura napolitana, y de los artistas influidos por él, hubo una representación importante (el Maestro del Anuncio a los Pastores, los hermanos Fracanzano, entre otros). La otra corriente paralela a Ribera, marcada por el clasicismo boloñés, estuvo muy bien repre­sentada porlas pinturas que Lanfranco envió desde Nápoles al palacio del Buen Retiro, y por la presencia de obras maestras de ­Massimo Stanzione, Andrea Vaccaro y Cavallino, y del aparatoso barroco de la segunda mitad del siglo. También hubo impor­tantes obras de los bode­gonistas: Recco, Ruoppolo, Della Quosta, Belvedere; y, por último, los maestros absolutos: Mattia Preti y Luca Giordano, que cerraba la exposición con una serie de lienzos espectaculares que incluían absolutas novedades. La exposición, muy elogiada por la crítica, sirvió, además, para despertar el interés del coleccionismo y del mercado por unos aspectos con frecuencia olvidados e incluso menospreciados. Para su instalación, el arquitecto Francisco Rodríguez de Parte­arroyo dispuso una compartimentación del espacio en la planta baja del edificio que se mostró eficacísima en esta y en sucesivas exposiciones, mientras el edificio permaneció adscrito al Prado.

Alfonso E. Pérez Sánchez

 
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