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Residencias reales. Las residencias reales españolas, y fundamentalmente los palacios en los «reales sitios» situados alrededor de Madrid, constituyeron a lo largo de toda la Edad Moderna la razón para el encargo de obras artísticas de carácter mueble, destinadas a su alhajamiento, y por la misma razón el destino de las acumuladas o heredadas, así como los contenedores de las que adquirieron los reyes con afán coleccionista, en la medida que tal espíritu puede diferenciarse de su mero uso suntuario. Puesto que la antigua colección real de pintura y escultura constituye el núcleo esencial del Museo y de ella proceden la mayor parte de sus piezas más insignes, entender esta procedencia resulta esencial para el conocimiento de ciertas obras, y enriquece notablemente la comprensión de su contexto histórico en la mayor parte de ellas. En 1561 Felipe II rompió con la tradición trashumante de los reyes de Castilla, y estableció la corte española de manera permanente en Madrid, aunque sin declaración oficial; de este modo consolidaba la tendencia a residir en esta villa y cazar en los bosques que la circundan, manifestada durante los siglos XIV y XV por los monarcas castellanos de la Casa de Trastamara de modo cada vez más marcado, y confirmada por Carlos V. Al norte de Madrid estos cazaderos eran los bosques de El Pardo y Val­saín, y al sur, el de Aranjuez. En los dos primeros, los derechos regios al vedado de caza se extendían sobre propiedades, tanto comunales como particulares, formando un ámbito reservado a la actividad cinegética real que se extendía sin solución de continuidad desde la villa de Madrid hasta la ciudad de Segovia, y estos privilegios reales habían quedado fijados ya en el siglo XIV por el Libro de la Montería de Alfonso XI. El origen de esas prerrogativas se remontaba a la época de la conquista cristiana de la región a finales del siglo XI, al igual que la consideración de concretas zonas de esos montes como propiedades reales, y en ellas levantaron los monarcas del siglo XIV pabellones de caza con forma de castillo: Enrique III la Casa del bosque en Valsaín, y Enrique IV la Casa Real de El Pardo. Carlos V ordenó a Luis de Vega la completa reedificación de ambas, terminada ya por su hijo, y en la que, por tanto, los rasgos más destacados de su aspecto exterior como toda su decoración inicial corresponden a la época de Felipe II. Por el contrario, el heredamiento de Aranjuez, situado al sur de Madrid en la vega formada por la confluencia de los ríos Tajo y Jarama, había formado parte de los bienes conferidos a la orden militar de Santiago desde la conquista cristiana, sirviendo como una posesión de placer para el gran maestre; uno de ellos, Suárez de Figueroa, construyó en el último cuarto del siglo XIV un palacio, característico del mudéjar toledano. Cuando Isabel I hizo recaer en su marido Fernando V el maestrazgo de las órdenes, Aranjuez quedó incorporado al patrimonio de la Corona; el emperador ordenó ampliar su territorio y empezó a ordenarlo con obras de ingeniería, pero el mayor esfuerzo en este sentido corresponde también a su hijo, así como la construcción de un nuevo palacio junto al viejo de los maestres. Los reales sitios de Valsaín, El Pardo y Aranjuez pueden considerarse, por tanto, herencias medievales que Felipe II perfeccionó siguiendo las líneas marcadas por su padre, del mismo modo que el Palacio o Alcázar de ­Madrid, fortaleza medieval que Juan II ya había ampliado con una consi­derable capilla y un salón rico, pero que Alonso de Covarrubias amplió hasta formar la más amplia y cómoda residencia real en el centro de la Península, comparada con los alcázares de las históricas ciudades de Segovia y Toledo, también a la sazón reedificados. Sin embargo, creaciones enteramente nuevas de Felipe II en torno a Madrid fueron la Real Casa de Campo, enfrente del Alcázar al otro lado del río, y sobre todo el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, situado en la vertiente sur de la sierra de Guadarrama, entre los cazaderos de El Pardo y de Valsaín, así como toda una serie de casas más modestas situadas a lo largo de los caminos entre todos esos reales sitios, para detenerse a descansar durante los desplazamientos; tal era el sentido de La Fuenfría, entre El Escorial y Valsaín, de Vaciamadrid, entre la corte y Aranjuez, de Aceca, castillo preexistente entre Toledo y ese sitio, y también cercano a éste un cuarto real en el convento franciscano de la Esperanza, en Ocaña. Otras fueron concebidas como pequeños pabellones de caza, como Campillo y monasterio en El Escorial o la Torre de la Parada en El Pardo. A partir de 1561, una vez asentada la corte en Madrid, Felipe II viajó muy poco fuera de esta constelación de sitios reales, cuyo uso estaba marcado por las características locales de la climatología y de la caza, de modo que Aranjuez era apropiado para la primavera, Valsaín para el verano, El Escorial en otoño y El Pardo en invierno, como ya recomendaba el Libro de la Montería de Alfonso XI. Sin embargo, esa pauta parece haber servido a Felipe II como una regla aproximativa y no como una norma; las temporadas en cada uno de los sitios no eran largas ni fijas, y su frecuentación varió a lo largo del reinado, más animado durante el matrimonio con Isabel de Valois, y progresivamente más centrado en El Escorial y más caracterizado por la inaccesibilidad. También los criterios que rigieron la decoración interior de estos palacios estuvieron en función de su carácter local y de la época de su ejecución. En el Alcázar de Madrid y en El Pardo -así como en Valsaín, aunque de modo menor- las decoraciones fijas con estucos y frescos a la italiana en paredes y bóvedas, y los arrimaderos cerámicos talaveranos creaban un ambiente manierista de mixtas influencias, donde las obras pictóricas de Tiziano y de Moro quedaban ricamente engastadas formando unos espacios abigarrados como correspondía a su uso invernal y, en el caso de Madrid, a su carácter representativo, así como al gusto vigente durante las décadas de 1560 y 1570. En Valsaín ese criterio decorativo parece haber quedado muy suavizado por el tono veraniego y silvestre del lugar. Según avanzaba el reinado, los estucos fueron suplantados en El Escorial por grutescos pintados, y solo en las estancias muy representativas, quedando en las demás las bóvedas estucadas en blanco y confiada toda la decoración a los cuadros sobre las paredes por encima de los arrimaderos cerámicos, como en la «Casa del Rey» escurialense y en el nuevo palacio de Aranjuez, es decir, en su mitad levantada durante este reinado según el proyecto de Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera. Las esculturas de la colección real, tanto las antiguas o presuntamente tales como las nuevas y en especial las de los Leoni, no parecen haber tenido destino concreto en las residencias reales entonces, y se encontraban almacenadas en los sótanos del Alcázar de Madrid al terminar el reinado. Los palacios reales en las demás ciudades de la monarquía continuaron siendo mantenidos por Felipe II y por todos sus sucesores hasta el final del antiguo régimen aunque nunca fueran visitados por el rey, pero sin dar lugar a nuevos encargos pictóricos que al cabo repercutieran de manera significativa en los bienes muebles de la Corona, como tampoco lo habían hecho las obras llevadas a cabo en los Alcázares de Sevilla o en la Casa Real Nueva de Granada. Este sistema se alteró debido al traslado de la corte a Valladolid por Felipe III durante un lustro, entre 1601 y 1606, tras el cual volvió a Madrid. El Palacio Real vallisoletano, formado mediante la pragmática adición, adecuación y reforma de edificios, y la Huerta de la Ribera, casa de campo suburbana junto al Pisuerga, se decoró con una enorme cantidad de obras pictóricas. Incendiado el palacio de El Pardo en 1604, el rey ordenó su reconstrucción y nueva decoración pictórica. Felipe IV, con gusto mucho más refinado que el de su padre, dio lugar a la creación y adquisición de obras para la decoración del Alcázar de Madrid, en varias fases a lo largo de su reinado. Por lo demás, si al principio llevó la colección escultórica de su abuelo a Aranjuez, pronto trasladó tanto ésta como el centro de su interés al nuevo Real Sitio del Buen Retiro, creado a principios de la década de 1630 por iniciativa del conde-duque de Olivares, inmediato pero extramuros de Madrid, como una extensión del cuarto real edificado por Felipe II junto al monasterio de San Jerónimo el Real. Si en el Buen Retiro se acumuló una gran cantidad de pintura encargada a Italia y a los pintores madrileños, y en menor medida a los flamencos, a éstos y a Velázquez correspondió la decoración de la Torre de la Parada en El Pardo, ampliada entonces. Pocos años antes y en el mismo monte se había construido la Casa Real de La Zarzuela, inicialmente para el cardenal-infante don Fernando. Cabe destacar dentro de las actividades coleccionistas de Felipe IV su actuación para enriquecer la colección pictórica de El Escorial, con la adquisición de nuevas obras con las que se decoraron la sacristía y salas capitulares. Carlos II dedicó gran atención a ese monasterio, encargando a Giordano las pinturas al fresco en las bóvedas de la iglesia y escalera, así como la del salón de baile y fiestas, el Casón, en el palacio del Buen Retiro, y encargos menores en Aranjuez, pero a su reinado se remonta la ruina del palacio de Valsaín, incendiado en 1683. Tras la Guerra de Sucesión, Felipe V inició en 1715 la continuación del Palacio Real de Aranjuez según la pauta herreriana, pero a partir de 1719 concentró sus esfuerzos en el nuevo Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, junto a Valsaín, donde se retiró en 1724 abdicando en su hijo Luis I. Al rea­sumir la Corona en ese mismo año ese palacio cambió de sentido y sus colecciones no cesaron de aumentar hasta el final del reinado. El incendio del Alcázar de Madrid el 24 de diciembre de 1734 dio lugar a la destrucción de unas quinientas pinturas y al almacenaje de las salvadas, que no volvieron a ser colgadas hasta la decoración del Palacio Nuevo. Tras volver de su viaje por Andalucía (1729-1734), Felipe V procedió con regularidad cada vez mayor el ritmo de las jornadas estacionales en los diversos sitios, habitando Aranjuez durante toda la primavera, San Ildefonso en verano, parte del otoño en El Escorial y del invierno en El Pardo, mientras la residencia madrileña era el Buen Retiro. Esta rutina persistió bajo Fernando VI -salvo que durante su reinado no pisó San Ildefonso, residencia de la reina viuda Isabel de Farnesio, quien durante aquellos años construyó además el palacio de Riofrío, al parecer para el infante don Luis- y llegó a su plena perfección bajo Carlos III, quien apenas habitaba en Madrid entre seis y ocho semanas a lo largo de todo el año; menos aún Carlos IV, especialmente al final de su reinado, aunque agregó a la Corona un nuevo sitio real, el de La Florida o Moncloa, inmediato a Madrid. Entre las aportaciones borbónicas durante la primera mitad del XVIII hay que recordar la ampliación del monte de El Pardo, al que se agregaron nuevas propiedades antes nobiliarias como La Quinta, Batuecas y Viñuelas. Carlos IV, al igual que Fernando VI, sentía preferencia por Aranjuez, donde levantó la Real Casa del Labrador, ricamente decorada pero de arquitectura frágil en contraste con las ampliaciones que Carlos III había encargado a Sabatini en los palacios reales de Madrid, El Pardo y el propio Aranjuez. Aparte de obras de mantenimiento y reconstrucción, Fernando VII añadió al patrimonio pequeños palacios como el Casino de la Reina y la posesión de Vista Alegre, en Madrid. La utilización estacional de los reales sitios persistió hasta el destronamiento de Isabel II, pero el ritmo carolino había comenzado a cambiar debido a la moda de tomar baños, durante el reinado de Fernando vii, en localidades termales de la meseta, y a partir de la introducción del ferrocarril en las playas del Cantábrico. A partir de entonces, entre la creación del Museo y su nacionalización en 1868, empieza el proceso, que no ha parado, de reducir el antiguo patrimonio de la Corona, tanto por desamorti­zación como por transferencia de bienes a otras entidades públicas, y marcado por sucesivas leyes reguladoras (1865, 1869, 1875, 1931, 1940, 1982), hasta su actual entidad con la denominación de Patrimonio Nacional, conjunto de bie­nes de titularidad estatal afectados a la alta representación de s.m. el rey y real familia, y a su uso cultural. En el curso de la de­safectación cabe destacar, aparte de la de la propia colección real, de la Alham­bra, del Retiro y de Valsaín a causa de la Revolución de 1868, la cesión de la Casa de Campo, de Bellver y de los Reales Alcázares a los respec­tivos ayuntamientos de Madrid, Palma de Mallorca y Sevilla en 1931, y de los montes de Valsaín transferidos a icona en virtud de la ley de 1982, que causó la enajenación de multitud de propiedades inmuebles en los diversos sitios reales. Patrimonio Nacional administra, asimismo, los reales patronatos, entre los que cabe destacar el de las Descalzas Reales en Madrid (de donde procede La Anunciación, de Fra Angelico, llegada al Museo por iniciativa de don Francisco de Asís) y sobre todo El Escorial, al que pertenecen aún El Lavatorio, de Tintoretto y varias obras de El Bosco.

José Luis Sancho

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