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Retablo de las Cuatro Pascuas [Maíno]
La Adoración de los Reyes Magos, 1612-1614, óleo sobre lienzo, 315 x 174 cm, firmado [P886].
Pentecostés, 1612-1614, óleo sobre lienzo, 285 x 163 cm [P3018].
San Juan Evangelista en Patmos, 1612-1614, óleo sobre lienzo, 74 x 163 cm [P3128].
Santa Catalina de Siena, 1612-1614, óleo sobre tabla, 118 x 92 cm, [P3129].
Santo Domingo de Guzmán, 1612-1614, óleo sobre tabla, 118 x 92 cm [P3130].
San Juan Bautista en un paisaje, 1612-1614, óleo sobre lienzo, 74 x 163 cm [P3212].
La Magdalena penitente en la gruta de Sainte-Baume, 1612-1614, óleo sobre tabla, 58 x 155 cm [P3225].
San Antonio abad en un paisaje, 1612-1614, óleo sobre tabla, 61 x 155 cm [P3226].
La Adoración de los pastores, 1612-1614, óleo sobre lienzo, 315 x 174 cm [P3227].
La Resurrección de Cristo, 1612-1614, óleo sobre lienzo, 295 x 174 cm, firmado [P5080].
Las pinturas de este retablo para el convento dominico de San Pedro Mártir en Toledo fueron contratadas por Juan Bautista Maíno el 14 de febrero 1612 y se obligó el pintor a entregarlas acabadas en el plazo de ocho meses y a realizar las historias que ordenare el padre Antonio de Sotomayor, prior del convento. Mientras realizaba los lienzos, Maíno ingresó el 24 de julio de 1613 en la orden de Predicadores, donde fue recibido por el padre Sotomayor; por eso una de las historias, La Adoración de los Reyes Magos, está firmada por el artista con el apelativo de Frater Io. Bat. (hermano o fray Juan Bautista). Desde el punto de vista iconográfico el retablo ofrecía cierta complejidad, pues el tablero principal, de relieve tallado, estaba dedicado a la representación del martirio de san Pedro de Verona, titular del convento, es decir, un santo dominico, y también otros santos dominicos (santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno) en escultura de bulto coronaban el ático junto con las pinturas de medio cuerpo de santo Domingo de Guzmán y santa Catalina de Siena, que flanqueaban una Crucifixión también de escultura. El carácter propagandístico de la orden de Predicadores venía reforzado por la imagen de la Virgen del Rosario que presidía la hornacina. Ahora bien, el padre Sotomayor dispuso que en una iglesia de culto público figuraran también asuntos generales de tipo didáctico, marcados por las cuatro fiestas más importantes del calendario litúrgico de la iglesia: las Cuatro Pascuas de Natividad, Epifanía, Resurrección y Pentecostés; estas cuatro pinturas serían las de mayor relieve y ocuparían los tableros de las calles laterales. Por otro lado, el sesgo particular de la vida monástica, al tratarse del retablo de un monasterio, había de sub­rayarse mediante la presencia de santos que habían consagrado su vida a la quietud del retiro y de la oración: san Juan Bautista, san Juan Evangelista, santa María Magdalena y san Antonio Abad. Éstos quedarían efigiados en pintura en los reducidos bancos del cuerpo inferior y del ático. Las diez pinturas del retablo permanecieron en su sitio originario hasta 1836 en que, con motivo de la desa­mortización eclesiástica, pasaron al Museo de la Trinidad de Madrid y de allí al Museo del Prado, desde donde algunas de ellas fueron depositadas en museos provinciales; en la actualidad, el Prado las ha recuperado en su integridad. Los cuatro lienzos de las calles laterales son de considerables dimensiones, ligeramente más altos los correspondientes al primer cuerpo del retablo, predominando la altura sobre la anchura. En cambio, los soportes de los santos ermitaños son apaisados y de pequeño formato, ligeramente mayores los de la predela que los del ático. Las pinturas de Santo Domingo de Guzmán y Santa Catalina de Siena están recortadas en forma trapezoidal y miden poco más de un metro de alto por casi la misma anchura. Por regla general, en el desarrollo de los temas Maíno se atuvo «a la verdad de la pintura en la disposición de las historias que serán con todo el decoro que requieren las cosas santas y con todo el estudio y diligencia que cabe en mi caudal y entendimiento, con los adornos de colores los más selectos y costosos que se pueden hallar». Estas frases, aunque escritas en el contrato de otro retablo de Maíno para el monasterio dominico de Espeja (Burgos) en 1621, se pueden aplicar exactamente al de las Cuatro Pascuas. Las historias efectivamente están compuestas con la radical verosimilitud que el pintor había bebido en las fuentes del naturalismo romano de comienzos del siglo XVI. Los pastores de la Adoración son tipos vulgares extraídos de la realidad y los regalos que traen al Niño Jesús están pintados a partir de la observación directa del natural. También los ángeles mancebos que aletean sobre el Misterio se asemejan a los seres poco celestes y demasiado humanos que solía pintar Caravaggio. Pero dentro de este precoz naturalismo no faltan citas de erudición culta, pues uno de los pastores del primer plano toca una flauta, evocando el ­lirismo de la égloga antigua y de la reciente poesía pastoral, mientras el otro, acostado y semidesnudo, adopta la postura de Galo moribundo, ­escultura que Maíno debió de ver y estudiar en Roma. Aunque el colorido brillante, de tonalidades claras y transparentes, está presente en todas las pinturas, se hace particularmente patente en la Epifanía. Aquí el artista ha extremado la selección de las gamas cromáticas más refinadas y costosas, como el rojo púrpura, el azul ultramar, el verde esmeralda y el amarillo mostaza, sobresaliendo el chal de franjas multicolores que viste el rey Baltasar. Una vez más emerge el toque clasicista de quien ha observado las ruinas arqueológicas de Roma: la Virgen se sienta como en un trono en un bloque de piedra perfectamente escuadrado y la cueva, donde tiene lugar la escena, se compone también de sillares y de un arco abovedado en cuyas hendiduras han crecido hiedras y enredaderas. La historia de La Resurrección de Cristo parece la menos afortunada con un Cristo triunfante con resonancias de Guido Reni, pintor con el que, según Jusepe Martínez, estudió Maíno en Roma. El sepulcro se asimila a un sarcófago antiguo y lleva un relieve del profeta Jonás escu­pido por una ballena, prefiguración bíblica usual desde la pintura de las catacumbas. La Pentecostés sobresale por lo movido de su composición y por lo directo y realista de sus personajes, verdaderos retratos. Finalmente las cuatro escenas apaisadas con los santos ermitaños son en realidad espléndidos paisajes donde las figuras, diminutas y orilladas a un lado, apenas tienen protagonismo. Son paisajes idealizados con predominio de fondos acuosos, donde se reflejan los términos circundantes, que confirman el estudio del paisaje romano clasicista por parte de Maíno, entreverado con notas del paisajismo nórdico.

Alfonso Rodríguez G. de Ceballos

Bibliografía

  • Angulo Íñiguez, Diego, y Pérez Sánchez, Alfonso E., Pintura madrileña. Primer tercio del siglo XVII, Madrid, Instituto Diego Velázquez, CSIC, 1969, pp. 308-311.
  • Harris, Enriqueta, «Aportaciones para el estudio de Juan Bautista Maíno», Revista Española de Arte, V, Madrid, 1935, pp. 333-339.
  • Serrera Contreras, Juan Miguel, «Juan Bautista Maíno: notas sobre el retablo de las Cuatro Pascuas», Boletín del Museo del Prado, n.º 10, Madrid, enero-diciembre de 1989, pp. 35-41.
Retablo de las Cuatro Pascuas. Pentecostés. [Maíno]
Lupa
Retablo de las Cuatro Pascuas. Pentecostés. [Maíno]
 
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