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Retrato del Renacimiento, El [exposición 2008]
3 de junio-7 de septiembre.
Comisario: Miguel Falomir.
Obras: 126.
Catálogo: Miguel Ángel Falomir, «El retrato del Renacimiento», pp. 17-21; Luke Syson, «Testimonio de rostros, recuerdo de almas», pp. 23-39; Alexander Nagel, «Iconos y retratos», pp. 41-53; Lorne Campbell, «La ejecución del retrato», pp. 55- 69; Jennifer Fletcher, «El retrato renacentista: funciones, usos y exhibición», pp. 71-89; Joanna Woods-Marsden, «El autorretrato del Renacimiento», pp. 91-107; Miguel Falomir, «El retrato de corte», pp. 109-123; Juan Luis González García, «Los límites del retrato», pp. 125-145, y Michael Bury, «Los retratos en estampa en la Europa del Renacimiento», pp. 147-163.

Por su amplitud cronológica (1400-1600) y su vocación paneuropea la exposición supuso la primera aproximación global al retrato del Renacimiento y al retrato como género pictórico autónomo. El recorrido se iniciaba con aquellos elementos que contribuyeron al surgimiento del retrato moderno: de un lado la tradición medieval, representada por las series dinásticas, los iconos y el naturalismo del arte gótico; del otro el redescubrimiento del mundo clásico. Arrancaba así un recorrido por el siglo XV que reflejaba las diferencias tipológicas y conceptuales entre los grandes centros del retrato, Italia y Flandes, la influencia de los modelos flamencos en la Europa meridional, y las estrategias adoptadas para acrecentar la interacción entre público y retrato, un proceso que culminó a principios del siglo XVI e hizo del retrato el género pictórico del Renacimiento capaz de transmitir una más vívida comunicación con el espectador. La exposición reveló dos constantes en la evolución del retrato del Renacimiento. La primera es su progresiva «democratización», pues si al principio sólo se retrataban individuos pertenecientes a estamentos privilegiados, el género acabó abarcando todo el espectro social. La segunda fue un aumento de tamaño. Los primeros ejemplares eran pequeños por estar concebidos para contemplarse y después guardarse en un arcón. Hasta muy avanzado el siglo XV el retrato rara vez colgó en paredes, pero una vez que lo hizo, hubo de aumentar su tamaño para adecuarse a sus nuevas necesidades decorativas. Al ser demandado por sectores sociales tan amplios como heterogéneos, el retrato satisfizo propósitos muy diversos que se tradujeron en una extraordinaria variedad tipológica y conceptual. La exposición incluyó retratos de individuos proclamando sus aficiones intelectuales, sus aspiraciones sociales o sus devociones religiosas, de enamorados y de familias, retratos realizados para seducir, atacar o convencer, imponentes imágenes de poder y sensibles evocaciones de la memoria, incluso juegos ilusionistas que proyectaban al retratado más allá del plano pictórico o distorsionaban su imagen hasta hacerla irreconocible. El retrato brindó además al pintor el campo ideal de experimentación, el autorretrato, y pocas imágenes superan en sinceridad o audacia a algunos de los incluidos en la exposición. En la última sección, dedicada al retrato de Corte, se asistía a la progresiva homogeneización del retrato áulico tras 1550 a partir de los modelos desarrollados por Tiziano y Antonio Moro para los Habsburgo; modelos que, con ligeras variantes, mantendrán su vigencia hasta el siglo XVIII. Éstas y otras cuestiones, como la realización del retrato o el papel de la imprenta en su difusión, fueron tratadas en una exposición destinada a mostrar que el Renacimiento no fue sólo un período de inicio y maduración para el retrato, sino también de sofisticación y pleno desarrollo, hasta el punto de explorar y agotar muchas de sus posibilidades formales y conceptuales.

 
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