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Santo Domingo de Silos entronizado como obispo [Bartolomé Bermejo]
1474-1477, técnica mixta sobre tabla, 242 x 130 cm [P1323].
En 1869 el erudito Paulino Saviron Esteban envía esta magnífica tabla desde Daroca (Zaragoza) al Museo Arqueológico Nacional de Madrid junto con otras piezas, como la puerta mudéjar de la iglesia de San Pedro. En 1920 la tabla pasa al Museo del Prado en un cambio de piezas entre ambos museos. Las cláusulas atípicas del contrato de esta obra, que el 5 de septiembre de 1474 firma el pintor Bartolomé Bermejo con los parroquianos de Santo Domingo de Silos de la ciudad de Daroca, actuando como fianza el pintor Juan de Bonilla, fueron la causa del conflicto sobrevenido, ya que en el mismo texto documental se modifican al alza las medidas del retablo (de trece palmos de ancho y veinte de alto iniciales se pasa a diecisiete palmos de ancho y veintiocho de alto), sin que por ello se aumente en proporción el precio establecido, 2 300 sueldos jaqueses, dejando enunciada su posible revisión hasta alcanzar los 3 000 sueldos, una vez concluida la obra, mediante el sistema de tasación. Sin embargo las dos tandas iniciales de pago se fijan en 1 000 sueldos cada una, como si el precio ya se hubiera tasado en 3 000, pero con la condición de que para la segunda tanda el pintor debería entregar, totalmente acabada de su mano y realizada en la ciudad de Daroca, la tabla central, o sea, el santo Domingo de Silos. En todo el texto flota una sospecha de incumplimiento y se detecta la desconfianza de una clientela tradicional ante la autoestima del pintor, al que desean sojuzgar a los precios y salarios habituales, al margen de su talento y calidad artísticos. Bartolomé Bermejo recibe sentencia de excomunión el 29 de septiembre de 1477, al haber entregado tan solo la tabla central, y se compromete el siguiente 17 de noviembre, ya residente en Zaragoza, a concluir el retablo (el banco o predela, las calles laterales y el ático), constando esta vez como fianza el pintor Martín Bernat, quien en realidad lo acabaría. En esta tabla central, de acuerdo con las capitulaciones, Santo Domingo, abad de Silos entre 1047 y 1073, se representa «como obispo», sentado en un trono gótico, símbolo del poder, y revestido de pontifical, con casulla y capa pluvial, tocado con mitra y con libro abierto en las manos y el báculo en su izquierda, abierto hacia fuera. Se configura así un icono de gran fuerza expresiva y rotundo volumen, frontal, rígido e hierático, de acuerdo con la piedad de la época. La capa pluvial, con bordado de «capilletas», muestra en la cenefa, a su derecha, y de arriba abajo, las imágenes de san Pedro, santa Bárbara, san Andrés y santa Apolonia, y a su izquierda, santa Catalina, san Bartolomé y santa Quiteria, santos de devoción local. En el Museo Colegial de Daroca y en las parroquias de la comarca se conservan ornamentos sagrados de la época similares al representado. Asimismo, según el contrato, se incorporan en el trono las siete virtudes figuradas como esculturas de viva policromía, en la parte superior las tres teologales, con la Caridad en lo alto y bajo ella, la Fe y la Esperanza, a ambos lados; y en los antebrazos del trono, las cuatro cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Por su particular iconografía interesan dos imágenes: la Caridad, que emerge de una hoguera cuyo fuego simboliza el amor y acoge bajo su regazo a un anciano y a un joven, y la Esperanza, con un ramo de flores en la mano izquierda y un medallón con un rostro de perfil en la derecha; por su parte, la Fortaleza se representa con espada protegiendo un desnudo, símbolo del alma, y la Prudencia, con libro en la mano izquierda y un gran velón en la derecha, símbolos de la sabiduría y de la luz que ilumina el camino de los prudentes. Isabel Mateo ha señalado como fuente iconográfica para estas virtudes la Vida de santo Domingo de Gonzalo de Berceo. Bartolomé Bermejo, en un alarde técnico de pintura al óleo, logra en esta obra extraordinarios efectos de transparencias y veladuras, y representa con riguroso detalle las calidades de los objetos: así el broche de la capa pluvial o las perlas de la mitra ofrecen su natural transparencia; el brocado de la capa o los bordados de imaginería en seda y oro de la cenefa reproducen con ine­quívoca nitidez visual sus texturas auténticas. Por lo demás, el pintor, para ofrecer calidades táctiles y efectos claroscuristas sutiles no tiene necesidad de recurrir a la socorrida tradición artesanal de la pintura gótica aragonesa del momento, que usaba para ello el estuco resaltado sobre la tabla; antes, por el contrario, los efectos de relieve y volumen se logran tan solo mediante la virtuosa ejecución de la técnica pictórica al óleo, en una de las obras maestras de la pintura española del siglo XV que emula a sus coetáneas flamencas.

Gonzalo M. Borrás Gualis

Santo Domingo de Silos entronizado como obispo [Bermejo]
Lupa
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